La calefacción de la cafetería del campus estaba puesta demasiado fuerte, como siempre.
Lo primero que hizo Charlie al entrar fue quitarse la bufanda y guardar los auriculares en el bolsillo.
Tenía las manos algo rígidas todavía del ensayo, pero necesitaba café.
Urgentemente.
El lugar estaba casi lleno:
estudiantes con abrigos húmedos, mochilas amontonadas, olor a canela mezclado con café quemado.
Charlie pasó la vista por la sala en busca de una mesa libre.
Nada.
Suspiró.
Iba a pedir el café para llevar cuando escuchó una voz conocida:
—¿Vas a hacer cola o estás dudando de tu existencia?
Era Leo, sentado solo en una mesa pequeña, rodeado de apuntes, vasos vacíos y un croissant mutilado.
Hizo un gesto exagerado con las manos.
—Charlie Miller. Pense que te habías mudado al estudio.
—Podría —respondió Charlie, acercándose—, pero vengo por cafeína.
Leo señaló la silla enfrente de él.
—Siéntate. Tengo espacio y un croissant que ya se rindió ante la vida.
Charlie iba a sentarse cuando, de reojo, vio el detalle que lo congeló medio segundo.
A dos mesas de distancia, con un té humeante y un bloc de dibujo abierto, estaba Lily.
Tenía los cascos puestos, pero solo uno en la oreja.
Con el lápiz hacía líneas suaves, casi como si estuviera siguiendo un ritmo propio.
Charlie tragó saliva y se sentó sin mirar demasiado.
—¿Qué tal el ensayo? —preguntó Leo.
Charlie abrió la boca, pero antes de responder, alguien se acercó a su mesa.
—¿Puedo sentarme aquí?
Charlie levantó la vista.
Lily.
Con su taza, su bloc y esa calma que parecía no romperse nunca.
Leo parpadeó dos veces, sorprendido pero no incómodo.
—Claro —dijo Charlie demasiado rápido.
—Gracias —respondió ella, y ocupó la silla libre al lado de Leo, frente a Charlie.
Se acomodó el jersey y dejó el bloc sobre la mesa.
El lápiz cayó con un golpecito leve.
—Está lleno —añadió, como si necesitara justificarlo.
Leo sonrió.
—Bienvenida al rincón de los supervivientes.
Ella alzó una ceja, divertida.
—¿Eso se supone que somos?
—Hacemos lo que podemos —respondió Leo con solemnidad teatral.
Charlie sonrió sin querer.
Lily sacó un auricular y lo dejó caer sobre su clavícula, descansando allí.
—¿Tú también vienes del ensayo? —preguntó ella, mirando a Charlie.
—Sí. —Se frotó la nuca, incómodo sin saber por qué—. Me han pedido que cubra otra vez.
—Tiene sentido —dijo ella mientras removía el té—. La música fluye mejor contigo.
Leo giró la cabeza hacia Charlie lentamente, con expresión de “¿perdona?”.
Charlie sintió calor en las mejillas.
No sabía qué responder.
—Bueno… —tosió—. Intento no estorbar.
—No estorbas —dijo Lily, sin titubeos.
Silencio.
Uno cómodo.
Leo levantó un dedo hacia ella:
—Yo soy Leo, por cierto.
—Lily —respondió ella.
—Lo sé —dijo Leo, guiñando un ojo—. Campus pequeño. Mucho talento en pocos metros cuadrados.
Ella rió.
Una risa suave, pero real.
Charlie no podía dejar de mirarla de vez en cuando.
No de forma obvia.
Pero cada vez que ella acomodaba el pelo detrás de la oreja, o pasaba una página del bloc, algo en él hacía clic.
Lily hojeó su cuaderno.
No eran dibujos perfectos:
líneas sueltas, ideas a medio nacer, figuras que parecían cuerpos sin terminar.
—¿También dibujas? —preguntó Charlie sin pensarlo.
Ella levantó la vista, un poco sorprendida.
—Sí. No es profesional. Me ayuda… a entender.
—¿El movimiento? —aventuró él.
Ella sostuvo su mirada un segundo más de lo normal.
—Sí.
Leo golpeó el croissant para llamar la atención.
—Y yo entiendo los dramas académicos con bollería. Todos tenemos nuestros métodos.
Lily sonrió.
Charlie rió.
Leo triunfó.
La conversación no fue profunda, ni larga, ni dramática.
Hablaron de profesores estrictos, de lo horrible que era la calefacción del campus,
de cómo la cafetería siempre se quedaba sin cucharillas,
y de por qué los casilleros del edificio de danza olían a desinfectante con personalidad propia.
Pero era la primera conversación normal.
Sin música.
Sin coreografías.
Sin presión.
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Editado: 01.01.2026