La distancia de una nota

Lo que nadie dice

El campus parecía más gris aquel día.
No el gris triste, sino ese gris de mitad de invierno que hace que todo parezca envuelto en un filtro frío.
Charlie caminaba con las manos en los bolsillos, los auriculares sin música y la mente todavía atrapada entre el ensayo de ayer y la melodía que había estado editando hasta tarde.

La clase de teoría se desarrolló como siempre:
el profesor hablando demasiado rápido,
Leo dibujando caricaturas del profesor en los márgenes del cuaderno,
y Charlie mirando la ventana como si su cabeza estuviera en otro lado.

Cuando la clase terminó, Leo guardó las cosas de golpe.

—¿Hoy vas a sobrevivir o te vas a evaporar en un suspiro? —preguntó con voz dramática.

Charlie parpadeó, volviendo a la realidad.

—Estoy bien —dijo, aunque no estaba seguro de qué significaba “bien” ese día.

Mientras salían del aula, Leo siguió hablando de una idea para una canción, una de esas que empezaba genial y terminaba en nada porque decía veinte cosas en un minuto.

Charlie asentía, pero parte de él estaba en otro lugar.
Quizá en el piano.
Quizá en la sala de danza.
Quizá en un giro que había visto más de lo que quería admitir.

A mitad del pasillo, la vio.

Lily caminaba con el abrigo abierto y las puntas asomando por el costado de la mochila.
Tenía la cara seria, concentrada, y apenas cojeaba lo suficiente como para que un ojo atento lo notara.

Nadie más lo notaba.

Charlie frenó sin pensarlo, como si su cuerpo hubiera reaccionado antes que su cabeza.

—¿Qué pasa? —preguntó Leo, siguiendo su mirada.

Charlie negó rápido.

—Nada.
—¿Te has quedado colgado mirando a una bailarina?
—No. —Demasiado rápido.

Leo sonrió como si acabara de ganar una apuesta no declarada.

Lily pasó a unos metros.
No los vio; estaba demasiado metida en su mundo, con el ceño ligeramente fruncido.
Su paso era regular, pero Charlie reconoció el cambio en el apoyo:
un detalle casi invisible,
una tensión en el tobillo,
un gesto mínimo.

El mismo gesto que tenía en el ensayo cuando intentaba ocultar que algo le tiraba.

Charlie sintió un cosquilleo incómodo en el pecho.
No sabía si decir algo.
No sabía si tenía derecho a decir algo.

No dijo nada.

Leo lo miró de reojo mientras caminaban.

—Estás raro.

—No estoy raro.

—Estás raro.

Antes de que Charlie pudiera responder, su móvil vibró.
Era un mensaje del coreógrafo.

“Ensayo a las 17:00. Ven si puedes. El titular sigue enfermo.”

Charlie suspiró.

Leo lo miró y dijo:

—Eso significa que la verás otra vez, ¿no?

Charlie se quedó quieto un segundo.
No porque fuera una gran revelación,
sino porque sintió ese pequeño tirón interno que venía sintiendo desde hacía días.

—Es un ensayo, Leo. Trabajo.
—Claro —dijo Leo con una sonrisa torcida—. Trabajo.

El resto del día pasó como si alguien hubiera bajado el brillo del mundo un punto.
Clases, pasillos, ruido, gente.
Pero Charlie tenía la mente en otro sitio.

En la música.
En la sala de danza.
En ese tobillo que ninguno de los profesores había notado,
pero que él había escuchado como un cambio en el ritmo.

En cómo ella no se permitía quejarse.

Ni a nadie.
Ni siquiera a sí misma.

Cuando el campus empezaba a quedarse sin luz, Charlie caminó hacia el edificio de danza.
El viento le enfriaba las manos; aún así, sentía los dedos tibios.
Como si el piano lo estuviera esperando.

Al doblar la esquina vio a Lily apoyada contra la pared, ajustándose la cinta de la punta derecha.
El movimiento era rápido, pero había una rigidez que él ya había aprendido a identificar.

Ella levantó la vista justo cuando él se acercaba.

—Hola —dijo ella, con ese tono neutro que no sabía si era timidez o concentración.

Charlie dudó un segundo.
Un segundo apenas…
pero suficiente para pensar si tenía derecho a decir algo.

Al final, las palabras salieron antes de que pudiera decidirlo.

—¿Cómo va el tobillo?

Lily parpadeó.
El gesto fue pequeño, casi imperceptible, pero la sorpresa estaba ahí.

—¿Qué… tobillo?

Charlie señaló con la mirada, no con el dedo, como si no quisiera ser invasivo.

—El derecho. Ayer apoyaste distinto en el compás ocho.
Se encogió de hombros—. Pensé que… quizás te dolía un poco.

Lily se quedó unos segundos más quieta de lo habitual.
No se tensó, no se molestó, solo procesó la frase.




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