El ensayo había terminado hacía quince minutos,
pero desde fuera seguía saliendo una luz tenue por la rendija de la sala de danza.
Charlie caminaba por el pasillo con la mochila al hombro, todavía con el pulgar adolorido por repetir demasiado el mismo acorde.
Había olvidado su botella de agua, así que volvió para recogerla antes de que cerraran.
El silencio del edificio siempre tenía un peso distinto al final del día.
Los pasillos se volvían más largos,
las luces más suaves,
el aire más frío.
Al acercarse a la puerta de la sala, escuchó algo.
No música.
No pasos.
Algo más suave.
Una respiración cortada entre esfuerzo y frustración.
Charlie se asomó apenas, cuidando de no hacer ruido.
Y allí estaba Lily,
completamente sola,
en mitad del estudio vacío.
Sin música.
Sin coreógrafo.
Sin grupo.
Repetía un salto en diagonal que durante el ensayo no había salido fluido.
Cada vez que caía, la punta derecha absorbía más peso del que debería.
Ella ajustaba el tobillo,
respiraba hondo,
y volvía a intentarlo.
Una.
Y otra.
Y otra vez.
Charlie no sabía cuánto tiempo llevaba ahí.
No quería interrumpir.
No quería que pensara que la estaba vigilando.
Pero tampoco podía ignorar el gesto que escondía entre cada movimiento:
ese pequeño temblor invisible que solo alguien que había estado escuchando su ritmo podía reconocer.
Lily dejó caer los brazos,
exhaló con cansancio
y se inclinó hacia adelante para estirar.
El silencio era tan grande que Charlie sintió que cualquier ruido sería una intrusión.
Aun así, cuando ella volvió a colocarse en posición,
la decisión salió sola.
—No tienes que repetirlo hoy.
Lily se giró tan rápido que casi perdió equilibrio.
Lo vio allí, en el marco de la puerta,
con la mochila colgando,
y un gesto que no era ni sonrisa ni disculpa.
Algo intermedio.
—Yo… —ella apartó un mechón suelto detrás de la oreja—. No te había visto.
—Lo sé —respondió él, entrando despacio—. Solo… pasaba por aquí.
Lily asintió.
No parecía incómoda, pero sí sorprendida.
Como si no estuviera acostumbrada a que alguien la viera en ese estado entre vulnerable y obstinada.
Charlie señaló suavemente hacia el centro de la sala.
—Te va a salir. Solo estás cansada.
Ella frunció un poco el ceño.
—Tengo que perfeccionarlo.
—Hoy has dado todo el ensayo —dijo él, con una calma que a Lily la desarmó un poco—. Si fuerzas más, mañana te va a doler.
Ella abrió la boca para negar,
pero él añadió, más bajo:
—Lo vi.
Lily se quedó quieta.
Él no dijo “tu tobillo”.
No dijo “te duele”.
No dijo nada que sonara a acusación.
Solo “Lo vi”.
Ella tragó saliva.
—¿Cuánto viste? —preguntó, como si la respuesta importara más de lo que aparentaba.
Charlie se encogió de hombros.
—Lo suficiente para saber que ya hiciste más de lo que deberías.
El silencio que siguió no era tenso.
Era… nuevo.
Lily bajó la mirada al suelo pulido.
—No me gusta fallar en cosas que sé hacer.
Charlie dio un paso, pero no entró del todo a su espacio.
Solo lo necesario para que la distancia no pareciera tan grande.
—No estás fallando. Estás cansada.
Pausa.
—Eso también es parte del trabajo.
Lily levantó la vista.
Por primera vez, no estaba a la defensiva.
—A veces parece que tú no te cansas —dijo ella, con una sinceridad que no esperaba confesar.
Charlie soltó una risa suave, casi inaudible.
—Me canso mucho.
Miró el piano cerrado al fondo de la sala.
—Solo lo disimulo bien.
Ella dejó escapar un suspiro, diferente a los anteriores.
No frustrado.
No agotado.
Sino… rendido, como si soltar un poco no fuera tan grave.
—Voy a parar por hoy —admitió, aunque parecía que le dolía decirlo.
Charlie asintió, sin triunfo ni juicio.
—Buena idea.
Lily recogió sus cosas lentamente, como si cada gesto significara aceptar que había llegado a su límite.
Al pasar junto a él, se detuvo un segundo.
—Gracias.
Charlie la miró, sorprendido por ese agradecimiento que no tenía nada de formalidad.
—De nada.
Y esta vez, ella sí sostuvo su mirada un instante más antes de salir al pasillo.
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Editado: 01.01.2026