La distancia de una nota

Donde falta algo

El edificio de danza tenía una vibración distinta aquel día.
Una especie de electricidad estática que anunciaba que la rutina no iba a sentirse igual.

Cuando Lily entró a la sala, vio al pianista titular sentado frente al piano, ordenando las partituras con un gesto meticuloso.
El sonido que probó fue exacto.
Preciso.
Frío como una cuchilla recién afilada.

Lily tensó la mandíbula apenas un segundo.

No dijo nada.
Nunca decía nada.

Pero ese silencio no era el mismo que cuando Charlie tocaba.

—Empezamos —dijo el coreógrafo, golpeando las manos una vez.

El pianista marcó el calentamiento.

Todo era… correcto.
Matemático.
Sin un solo error técnico.
Pero algo no casaba.
Algo que los bailarines no podían nombrar con palabras,
pero su cuerpo sí lo denunciaba.

Los hombros parecían más rígidos.
Los relevés menos vivos.
Los giros más tensos.

Y Lily…
Lily no respiraba igual.

Cuando llegó la diagonal, el coreógrafo habló con más fuerza:

—¡Quiero fluidez! ¡Quiero intención! ¡No máquinas!
Miró a Lily.
—Tú también.

Ella asintió, aunque no sabía muy bien cómo dar más si la música no le daba nada para agarrarse.

Se lanzó.

El primer giro… seco.
El segundo… corto.
En el tercero, la música cambió de matiz —solo una micra—
pero suficiente para que ella cayera del plié con el pie mal alineado.

Lily apretó los dientes.
No dijo un “ay”.
No se quejó.

El coreógrafo resopló.

—Otra vez.

Ella volvió a colocarse, clavando los pies en el suelo como estacas.

El pianista repitió el compás.

Lily giró.

Y en mitad del giro, algo estalló dentro:
no dolor,
no miedo,
sino frustración pura.
El tipo de frustración que solo surge cuando el cuerpo quiere una cosa
y la música le exige otra.

Se detuvo en seco.

No terminó la diagonal.

Toda la sala la miró.

El coreógrafo, sin comprender, preguntó:

—¿Qué ha sido eso?

Lily respiró hondo, con la espalda rígida como un arco tensado.

—Lo siento —dijo, controlando la voz—. El tempo… no encaja.

Un murmullo leve cruzó el grupo.
Era raro que ella cuestionara algo.
Era rarísimo que hablara en mitad de un ejercicio.

El pianista titular la miró por encima de las gafas,
como si hubiera oído una blasfemia.

—El tempo está escrito —dijo él, seco.

Lily elevó la barbilla apenas medio centímetro.
Un gesto pequeño.
Pero en ella equivalía a un rugido.

—Quizá está escrito —respondió—.
Pero no se siente.

El coreógrafo abrió la boca.
Era la primera vez que veía esa grieta en su alumna más disciplinada.

—Lily —empezó—, sabes que…

Pero ella no lo dejó terminar.

—Si lo hago con este tempo, fuerzo el tobillo —dijo, fría, precisa—.
Y no es la primera vez que lo digo.

No lo había dicho nunca.
Pero tampoco estaba mintiendo.

Hubo un silencio denso.
El tipo de silencio que solo ocurre cuando alguien que nunca explota…
lo hace por fin.

El pianista frunció el ceño.

—El tempo es correcto —repitió, ofendido.

Lily bajó los ojos un instante.
Luego los volvió a levantar, afilados.

—Correcto no significa vivo.

El coreógrafo se quedó paralizado.
Y algo en su mirada cambió.

La observó en silencio.
Observó cómo se apoyaba ligeramente más en un pie.
Cómo respiraba con el pecho, no con el vientre.
Cómo intentaba mantener su columna perfecta aun cuando la música la había dejado sin sostén.

Entonces lo entendió.

—Mañana no usamos partitura —dijo el coreógrafo de repente—.
Miró a Lily.
—Usamos ritmo.

El pianista se quedó mudo, indignado.

—¿A qué se refiere?

El coreógrafo respondió sin apartar los ojos de Lily:

—Llamaré a alguien que entiende cómo se mueve ella.

Ese “alguien” no se nombró.

Pero todos lo entendieron.

Y Lily, sin girarse, bajó la cabeza apenas un segundo.
Un reconocimiento silencioso.
Una exhalación de alivio que nadie más escuchó.

Más tarde, cuando todos recogían, el coreógrafo se acercó a ella en voz baja.

—No sabía que te dolía.

Lily respondió con honestidad recortada:




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