Lily salió de la clase de historia con los hombros tensos,
el cuello rígido y la respiración más alta de lo normal.
Había dormido mal, había repasado mentalmente el ensayo una y otra vez,
y seguía sintiendo esa mezcla en el pecho:
mitad rabia,
mitad vergüenza,
mitad alivio.
El pasillo estaba lleno de estudiantes cambiando de aula,
pero todo le llegaba amortiguado,
como si caminara dentro de un cristal grueso.
Una voz apareció a su izquierda.
—Tu paso es de “hoy no quiero hablar con nadie”.
Lily se detuvo.
Nina estaba sentada en el borde de un radiador, calentándose las manos con un termo.
Tenía el moño aún más despeinado que por la mañana.
—No es eso —respondió Lily, mecánica.
Nina la miró un segundo,
ya con esa habilidad suya de ver más de lo que la gente quiere mostrar.
—Tu espalda dice que sí.
Lily frunció apenas las cejas.
Nina dio un golpecito en el sitio vacío a su lado, invitándola a sentarse.
Lily dudó.
Ella no se sentaba así con gente.
Nunca.
Pero su cuerpo estaba agotado de mantenerse perfecto todo el día,
así que cedió.
Se sentó.
Nina apoyó el codo en la ventana, observándola.
—¿Ensayo difícil?
Lily tragó saliva.
Ese nudo seguía ahí.
—Algo así.
—¿Quieres contarlo?
—No.
Nina sonrió un poco, sin molestarse.
—¿Quieres que me calle?
Lily soltó una exhalación suave,
algo parecido a una risa escondida.
—Tampoco.
Un silencio agradable cayó entre ellas.
Nina abrió el termo, y el aroma a té caliente llenó el aire.
—¿Te dolió? —preguntó Nina, sin mirarla directamente.
Lily necesitó cinco segundos enteros antes de responder.
—No.
Nina asintió lento.
—Entonces… te tocó más otra cosa.
Lily cerró los ojos un instante.
No tenía energía para fingir.
—No soporto cuando algo no fluye —susurró—.
Y ayer… nada fluía.
Nina movió el pie en pequeños círculos, escuchándola.
—¿No fluía por ti?
—No.
Pausa.
—No por completo.
Nina se dio vuelta y la miró de lleno, como si la estuviera leyendo.
—A veces el arte es diálogo —dijo—.
Si uno de los dos habla más bajo… no puedes hacer magia.
Lily sintió un escalofrío leve.
Nina sonrió, casi en un susurro:
—Aunque creo que tú sí sabes con quién fluye.
Lily abrió los ojos, sorprendida.
Se tensó.
—No es eso.
—No lo dije por “eso” —dijo Nina, encogiéndose de hombros—.
Lo digo porque ayer tu cuerpo estaba intentando traducir una música que no hablaba tu idioma.
Lily no supo qué contestar.
Pero supo —muy dentro— que Nina había entendido más de la cuenta.
Nina se puso en pie, agarró su termo y su cuaderno.
—Si algún día quieres que te acompañe al ensayo… puedo.
No miro técnica.
Solo emociones.
Soy útil para eso.
Lily se quedó sentada unos segundos más.
Cuando Nina se alejó,
Lily notó que la rigidez en su pecho había bajado un poco.
Muy poco.
Pero algo había cambiado.
Como si alguien le hubiera movido el espejo solo un centímetro…
y eso bastara para que el reflejo se viera distinto.
El estudio estaba casi vacío cuando Charlie entró.
El sol de la tarde entraba por las ventanas en líneas doradas, iluminando motas de polvo que parecían flotar sin rumbo.
Charlie dejó la mochila,
encendió el ordenador,
conectó el teclado,
abrió la carpeta de proyectos.
“Versión L — 3.1”.
La pantalla brilló con la forma irregular de la onda de sonido.
Una melodía a medio nacer.
Una emoción que aún no tenía nombre.
Charlie apoyó las manos en el teclado…
pero no tocó.
Algo en él vibraba distinto.
Como si su cuerpo también hubiera sentido el cambio del día anterior.
—¿Qué pasó? —preguntó una voz detrás de él.
Leo.
Siempre Leo, entrando sin avisar,
como si fuera parte del mobiliario del estudio.
Charlie no levantó la vista.
—Nada.
—Te conozco —respondió Leo—.
“Nada” en tu idioma significa “mucho”.
Charlie apretó la mandíbula.
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Editado: 01.01.2026