La distancia de una nota

Donde todo vuelve a encajar

El estudio de danza estaba más silencioso de lo normal.
Ese silencio expectante que aparece cuando todos saben, sin decirlo,
que el ensayo puede ir de una forma distinta.

Charlie llegó puntual.
El coreógrafo estaba revisando notas en una libreta,
y los bailarines estiraban en pequeños grupos.

Cuando Lily entró,
no miró a nadie.
Ni siquiera buscó a Charlie.
Pero su postura tenía algo nuevo:
calma tensa,
expectación silenciosa,
como si su cuerpo supiera antes que ella lo que iba a pasar.

Charlie se sentó frente al piano.
Respiró.

Tocó la primera nota.

Fue suficiente.

Una sola nota,
y el aire en la sala cambió de densidad,
como si alguien hubiera abierto una ventana dentro del pecho de todos.

El coreógrafo levantó la vista al instante.

Los bailarines también.

Lily no lo miró,
pero su columna se estiró un milímetro más,
como si la música la hubiese encontrado.

El calentamiento fluyó.
Las diagonales, fluidas.
El ritmo, vivo pero suave.
El grupo se movía con una sincronía que no habían visto en días.

En un momento,
cuando Lily falló ligeramente un apoyo,
Charlie bajó el tempo una fracción.
Imperceptible para cualquiera.

Excepto para ella.

Ella levantó la mirada un instante,
como si él la hubiese sostenido con un dedo invisible.
Charlie respondió con una nota más cálida.
Nada más.

Pero fue suficiente.

A mitad del ensayo, el coreógrafo dio una palmada.

—Lily, Miller.
Vamos a trabajar la parte central, vosotros dos solos.

Un par de bailarines se miraron entre sí.
Era raro que el coreógrafo pidiera algo así.
Muy raro.

Charlie tragó saliva.
Lily se acercó al centro, seria, recogiendo su moño alto.

El resto del grupo se sentó a un lado de la sala.

Charlie abrió la partitura,
pero el coreógrafo la apartó.

—Sin papel —dijo—.
Tocad como lo hacéis… cuando no os miro.

Charlie parpadeó.
Lily también.

Pero ninguno protestó.

Charlie apoyó las manos en el teclado.
Ella tomó posición frente al espejo.

La música comenzó.

No era perfecta.
No era técnica.
Era… sincera.
Era la melodía que él tocaba cuando pensaba en ella sin querer.
La que guardaba el pulso de su respiración.
La que se adaptaba a sus pausas,
a sus tensiones,
a su tobillo,
a sus silencios.

Lily se movió.

Primero con cautela,
como comprobando si podía confiar.
Luego con más soltura,
como si esa música la conociera desde dentro.

El coreógrafo los observaba sin parpadear.

La diagonal final salió limpia.
Precisa.
Hermosa.

Uno de los bailarines murmuró:

—¿Pero esto de dónde sale…?

Nadie respondió.

Porque nadie lo sabía.

El ensayo terminó.

Los bailarines recogieron en silencio,
comentando en voz baja lo que acababan de ver.

El coreógrafo se acercó.

—Lo que ha pasado hoy… —miró a ambos—
se queda aquí.
Y mañana seguimos exactamente igual.

No esperó respuesta.
Se marchó.

Y quedaron solos.

Lily guardaba sus puntas con movimientos lentos.
Charlie recogía la partitura que no habían usado.

Ella fue la primera en romper el silencio.

—Gracias.

Él levantó la mirada.

—No hice nada.

Ella negó una vez, muy leve.

—Sí hiciste.

La frase cayó entre ellos como una cuerda tendida.
Delicada.
Tensa.
Real.

Lily se colgó la mochila.
Pasó junto a él y, sin detenerse,
añadió en voz baja:

—Hoy… ha vuelto a fluir.

Charlie sintió que la respiración se le detenía un segundo.

Cuando ella salió por la puerta,
la sala pareció más vacía que nunca.

Y más llena, también.

Porque algo había vuelto a encajar.
Tal vez porque siempre había pertenecido ahí.




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