La distancia de una nota

La melodia que la elige

El pasillo del edificio de música estaba casi vacío a esa hora.
Las luces tenían un brillo tibio, como si el campus empezara a bajar la intensidad del día.
Nina caminaba con su termo de té vacío y un cuaderno lleno de notas y garabatos.

Había acompañado a Lily parte de la tarde,
y aunque no habían hablado explícitamente del ensayo del día anterior,
Nina había visto suficiente en su postura para saber que algo dentro de ella seguía moviéndose.

Iba a bajar por las escaleras cuando una melodía le congeló el paso.

No era una melodía común.
No era un calentamiento.
No era una pieza clásica reconocible.

Era un sonido que vibraba,
que bajaba y subía como si estuviera respirando.
Una música que parecía hecha para alguien concreto,
no para una sala.

Nina retrocedió dos pasos,
mirando de dónde provenía.

Aula 203.
Puerta entreabierta.

Miró a los lados.
No había nadie.

Dejó escapar un susurro incrédulo:

—¿Qué… es esto?

La música siguió subiendo,
cálida,
envolvente,
tierna sin ser blanda,
dolorosa sin ser trágica.

Un sonido vivo.

Nina cerró los ojos un segundo, impresionada.
Luego abrió los ojos tan rápido que casi se mareó.

Lily.

Sin saber por qué, empezó a caminar casi corriendo hacia el final del pasillo.

—Lily. ¡Lily! —la llamó desde lejos.

Lily estaba atando una sudadera a la cintura, lista para irse.

Se giró.

—¿Qué pasa?

Nina llegó hasta ella, respirando un poco más fuerte de lo normal.

—Ven.
No preguntes. Ven.

Lily frunció el ceño.

—Nina, estoy cansada, no—

—Lily —dijo Nina, con una seriedad que no había usado hasta ahora—.
Tienes que oír esto.

No había manera de decirle que no.

Volvieron al pasillo.
La música seguía.

Y cuando Lily la escuchó por primera vez,
se detuvo en seco.

No fue un gesto mental.
Fue físico.
Una detención del pecho.
Una vibración en los brazos.
Un calor extraño subiendo por la espalda.

Algo dentro de ella reconoció el pulso antes que su cerebro.

Nina la miró de reojo.

—¿Lo ves?
Lo sabía.

Lily no respondió.
Su mirada estaba clavada en la puerta 203,
en esa rendija de luz cálida y sonido tenue.

Caminaron hacia la puerta.

Lily sintió que cada paso la llevaba hacia algo que no sabía si quería encontrar.

Nina empujó la puerta apenas,
sin abrirla del todo.

Dentro,
Charlie estaba sentado al piano,
de espaldas a ellas.

Tocaba con los ojos cerrados,
como si estuviera descifrando un secreto.
Su respiración acompañaba cada frase musical.
Su cuerpo se inclinaba con suavidad,
siguiendo un hilo invisible.

Era la Versión L.
No la primera,
ni la segunda,
ni la ocasionada por casualidad.
Era la última, la profunda,
la que él había perfeccionado la noche anterior…
sin pensar en quién podría escucharla.

Lily sintió cómo el mundo se le reducía al sonido.

Ese sonido.

Su cuerpo, exhausto, se relajó sin permiso.
El peso en su pecho se aflojó.
El tobillo que llevaba días tenso se alineó solo.
Sus hombros bajaron.
Su respiración cambió de ritmo.

Era una melodía que la encontraba.
Que la entendía.
Que la sostenía justo donde se rompía.

Ella no movió los pies.
Pero su cuerpo bailó un segundo por dentro.

Nina susurró:

—Esto es tuyo, Lily.
Aunque no lo sepas.

Lily tragó saliva.
No podía apartar la vista de él.

La melodía terminó con un gesto suave,
una nota sostenida que se apagó en la sala.

Charlie dejó las manos sobre las teclas,
inmóvil.

Fue entonces cuando escuchó la respiración detrás de la puerta.

Se giró.

Y las vio.

Primero a Lily.

Luego a Nina detrás de ella.

Charlie se quedó de piedra.
Sus mejillas se encendieron al instante,
como si lo hubieran pillado confesando algo sin palabras.

—Yo… —balbuceó—. No sabía que—.
Se aclaró la garganta—. Hola.

Nina abrió la puerta del todo con su desparpajo natural.

—Perdona, pero…
—miró a Lily como si hablara por ella—
¿Sabes lo que acabas de tocar?




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