La distancia de una nota

Lo que se deshace por dentro

La cafetería estaba casi vacía a esa hora.
Solo quedaban un par de estudiantes repasando apuntes, y una pareja discutiendo en voz baja sobre un proyecto.

Lily sostuvo su taza caliente entre las manos, como si necesitara algo que la anclara a tierra.
Nina estaba sentada frente a ella, con las piernas cruzadas y el cuaderno de dibujo en el regazo, haciendo pequeñas líneas sin forma.

Ninguna hablaba.

Nina fue la primera en romper el silencio.

—Desde ayer estás… distinta.

Lily levantó una ceja.

—¿Distinta?

—Sí.
Miró el vapor que salía de su taza—. Como si algo te hubiera movido un poco hacia un lado.
No para mal. Solo… movido.

Lily inhaló hondo.
El aroma del café le llenó la nariz.
Pero no la relajó.

—No sé de qué hablas.

Nina sonrió, suave.

—Pues yo sí.

Lily apretó un poco la taza.

—Solo escuché una melodía.
Eso no cambia nada.

Nina dejó de dibujar.

—Lily… esa melodía te hizo llorar por dentro.

Lily cerró los ojos un milisegundo, molesta consigo misma porque su cuerpo había sido tan transparente.

—No lloré.

—No con los ojos —respondió Nina—.
Con el cuerpo.
Tus hombros se soltaron como si te hubieran quitado un peso.
Eso no pasa porque sí.

Lily tragó saliva.

Ella no era de hablar.
No era de nombrar lo que sentía.
No era de admitir vulnerabilidad.

Pero algo se había abierto desde la noche anterior.
Una puerta pequeña.
Una grieta que ya no podía ignorar.

—Fue… extraño —susurró—.
Sentí que…
se acomodaba algo dentro de mí.

Nina apoyó el codo en la mesa, atenta.

—¿La música?

Lily asintió.

—Mi cuerpo… reaccionó.
Como si ya conociera esa melodía.
Como si la hubiera estado buscando sin saberlo.

Nina sonrió con la calidez de alguien que entiende más de lo que dice.

—Eso pasa cuando la música te reconoce antes que tú a ella.

Lily levantó la mirada.

—¿Y qué se supone que significa eso?

—Que no es casualidad —respondió Nina—.
Ni coincidencia.
Ni técnica.

Silencio.
Uno denso, necesario.

Lily apretó los labios, incómoda.

—No entiendo por qué me afecta tanto.
No debería.

—Porque nunca te permites respirar —dijo Nina, sin dureza—.
Esa música… te dio permiso.

Lily bajó la mirada.
Sus dedos jugaban con el borde de la taza.

—No sé qué hacer con eso.

Nina tomó un sorbo de té y respondió:

—No tienes que hacer nada.
Solo sentirlo.
Dejarlo estar.
Y cuando llegue el momento… decidir qué haces con lo que te abrió.

Lily pensó en la actuación de invierno.
Pensó en el examen que vendría después.
Y la melodía volvió a recorrerle la columna, aunque la cafetería estuviera en silencio.

—Nina —murmuró—.
¿Y si no estoy preparada?

Nina sonrió suave.

—Entonces prepárate bailando.
No huyendo.

Lily exhaló.
Por primera vez en mucho tiempo, su pecho parecía un poco menos rígido.

El estudio estaba desordenado.
Cables, partituras, una taza de café frío y la pantalla del ordenador encendida con la última versión del proyecto.

Charlie estaba sentado frente al teclado, tocando la misma frase una y otra vez.
Cada repetición era diferente:

  • una más suave,
  • otra más tensa,
  • otra más abierta,
  • otra como si dudara.

Parecía estar intentando recordar algo que nunca había vivido.

Leo entró sin llamar, como siempre.

—Hermano… si sigues tocando eso vas a hacer un agujero emocional en la pared.

Charlie no dejó de tocar.

—No estoy en modo emocional.

—Claro —dijo Leo, tirando su mochila al sillón—.
Y yo no tengo hambre nunca.

Charlie siguió tocando un par de compases más y luego se detuvo, dejando caer las manos sobre los muslos.

Leo se acercó al teclado, mirando la pantalla.

—¿Versión L? ¿Cuál vas ya? ¿Diez?

—Cuatro —respondió Charlie, casi avergonzado.

Leo chasqueó la lengua.

—Tío. Esa melodía se te está subiendo a la cabeza.

Charlie se frotó la frente.

—No es la melodía.




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