La distancia de una nota

El cuerpo antes del escenario

El edificio de danza tenía un olor particular en diciembre:
una mezcla de resina, tela húmeda, perfume barato y nervios.
Los pasillos estaban llenos de mantas tiradas en el suelo, puntas gastadas, medias rotas, sprays para el cabello y termos de café casi vacíos.

La función de invierno estaba a tres días.
Y aunque todavía quedaban ensayos,
ese día estaba dedicado a preparativos internos:
pruebas de vestuario,
marcaje de luces,
alineamientos de grupo,
notas del coreógrafo
y —para Lily—
la lucha silenciosa entre la exigencia y lo que había empezado a sentir desde que escuchó esa melodía.

El vestuario estaba escondido en el ala más antigua del edificio,
donde las ventanas eran estrechas
y las puertas tenían placas metálicas con números caídos.

Lily entró y el frío del suelo le recorrió las puntas de los pies.
Dentro, dos costureras discutían sobre la altura ideal del dobladillo en uno de los tutús.
Había perchas con chaquetas de ensayo, faldas de tul gris, vestidos largos para otros números, cinturones elásticos, y cajas llenas de pedrería que siempre terminaba cayéndose en el escenario.

Una de las costureras se giró apenas:

—Lily, cariño, ven. Vamos a ver cómo te queda el segundo vestuario.

Ella dejó su mochila a un lado y se acercó.
El vestido estaba colgado:
tul blanco,
capa ligera en los hombros,
una falda que flotaba a cada paso.

Era hermoso.
Perfecto.
Demasiado perfecto para alguien que se sentía tan quebrada por dentro.

—Súbetelo, cielo —dijo la costurera.

Lily entró al probador.
Mientras se lo ponía, notó cómo su respiración se volvía más tensa,
no por el vestido,
sino por lo que representaba:
perfección.
La expectativa del público que venía cada invierno.
La necesidad de ser impecable siempre.

Cuando salió, la costurera abrió los ojos.

—Ay, madre… sí que estás hecha para esto, ¿eh?

Lily sonrió con educación.

La mujer ajustó el cierre, alisó la tela, miró la caída del tul.

—Camina un poco.

Lily dio un paso.
Luego otro.
El vestido flotaba a su alrededor.

Pero algo dentro de ella estaba rígido.

La costurera se dio cuenta.

—¿Estás bien, cielo?
Parezco tu madre, pero te veo tensa.

—Solo cansada —mintió Lily, suave.

La costurera sonrió, como quien entiende más de lo que dice.

—Las mejores bailarinas son las que más cargan sin decirlo.

Lily no supo si aquello era un halago o una advertencia.

Más tarde, el coreógrafo reunió al grupo en el escenario pequeño del conservatorio.
Los focos estaban apagados,
pero varios técnicos ajustaban luces blancas desde arriba.

—Hoy no bailamos —anunció el coreógrafo—.
Hoy pensamos.
Visualizamos.
Respiramos.

Un murmullo cruzó a los bailarines,
pero nadie protestó.
Ese tipo de sesiones eran típicas antes de una función grande.

El coreógrafo caminó entre ellos.

—Quiero que imaginéis la música.
No la que sonará oficialmente.
La música en vuestra cabeza.
La que os sostiene.

Lily tragó saliva.

Fue imposible no pensar en esa melodía.
En cómo su cuerpo la recordó sin haberla bailado nunca.
En cómo la había sentido vibrar en las costillas.
En cómo había querido moverse sin que nadie lo viera.

El coreógrafo siguió dando instrucciones,
pero su mente se quedó suspendida allí,
donde el piano de Charlie la había encontrado.

Cuando la sesión terminó,
Nina apareció apoyada en una de las columnas del pasillo.
No estaba en danza,
pero su presencia ya era habitual en ese ala del edificio.

—Ese vestido te queda como si lo hubieran cosido para ti —dijo, mirándola de arriba a abajo.

Lily se tensó un poco.

—Es solo vestuario.

—Ajá.
Y la “melodía que te sigue desde ayer” es solo una canción —respondió Nina, seca.

Lily frunció los labios.

Nina sonrió.
—Tranquila. No te estoy pinchando.
Te estoy mirando. Que no es lo mismo.

Lily dejó escapar un suspiro.

—Es… mucho.
Todo.
La actuación. El ensayo de mañana.
El coreógrafo.
El tobillo.
Y…

Nina ladeó la cabeza.

—Y él.

Lily apretó las manos en los costados.

—No es “él”.
Es…
la música.

Nina se acercó y le colocó un mechón detrás de la oreja.

—La música es él, Lily.
Tú escuchaste su alma antes de escuchar su voz.




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