La distancia de una nota

Ensayo general: Lo que se rompe para poder fluir

El estudio principal del conservatorio parecía un hormiguero esa tarde:
técnicos moviendo focos, bailarines pasando secuencias sin música,
el coreógrafo caminando a paso rápido con un walkie,
y un olor a tensión mezclado con polvo de telón.

Era el ensayo general de la función de invierno.
El día en que nada suele salir bien…
pero tiene que parecer que sí.

Leo estaba sentado en la última fila de butacas,
masticando un chicle mentolado y observando el caos como quien mira un documental de fauna salvaje.

—Esto es mejor que un partido de baloncesto —murmuró.

Nina apareció a su lado con un termo de té y el moño torcido.

—¿Y eso que aún no han empezado —respondió, sentándose—.
Dame diez minutos y ya verás cómo alguien llora.

Leo sonrió.
—¿Lily?

Nina negó.

—No.
Ella llora por dentro.
Las demás lloran por fuera.

Lily estaba en el centro del escenario, estirando con una disciplina casi militar.
Su postura perfecta, su gesto concentrado.
Pero algo en su respiración no encajaba.

Desde ayer,
desde esa melodía,
su cuerpo estaba más despierto
y al mismo tiempo más frágil.

El coreógrafo dio una palmada fuerte.

—¡Bailarines a posición!
¡Técnicos listos!
¡Música, preparados!

Charlie se acomodó en el piano,
ajustando la altura del banco.
Cuando levantó la mirada,
se encontró con los ojos de Lily…
y en ese instante supo que el ensayo no iba a ser sencillo.

Ella estaba hermosa,
pero también tensa.

Como una cuerda de violín a punto de romperse.

El ensayo comenzó con torpeza:

  • un foco falló y parpadeó como una bombilla cansada,
  • un bailarín se saltó la entrada del segundo ocho,
  • el coreógrafo gritó “¡no es tan difícil!” tres veces,
  • y Charlie tuvo que repetir el mismo compás cuatro veces seguidas.

Leo apoyó los codos en las rodillas.

—Van a explotar —dijo, divertido.

Nina bebió un sorbo de té.

—Solo espero que Lily no se rompa primero.

Leo la miró, intrigado.

—¿Por qué ella?

Nina siguió observando.

—Porque es la que más carga.
Las demás fallan por cansancio.
Ella falla por miedo.

La primera parte del ensayo terminó con un silencio incómodo.
El coreógrafo se pasó las manos por el pelo.

—Vamos a la pieza principal.
Y por favor,
por favor,
que alguien me dé un buen ensayo.
Uno solo.

Lily respiró hondo.
Charlie apoyó los dedos en el teclado.

El inicio fue perfecto.
Suave.
Preciso.
Limpio.

La música y la danza avanzaban como dos líneas paralelas que finalmente encontraban su punto de unión.

Hasta que llegó la diagonal.

El giro principal.
El que Lily podía hacer incluso dormida.

Pero ese día…
algo falló.

Tal vez el tobillo,
o la tensión,
o la presión,
o el silencio que la devoraba desde dentro.

Lily giró,
giró,
giró…
y en el último segundo,
su pie se deslizó apenas.

Cayó de rodillas.

La sala inhaló al unísono.

Charlie dejó de tocar de inmediato,
como si el piano se le hubiese congelado entre las manos.

Leo se incorporó en su asiento.

Nina susurró:

—Ay, no…

El coreógrafo cerró los ojos un instante,
harto,
cansado,
frustrado.

—Lily —dijo con voz baja pero dura—.
No estamos para errores de principiante.

Ella bajó la cabeza,
el pulso acelerado,
el orgullo ardiendo.

—Lo siento —susurró.

El coreógrafo no contestó.
Se dio media vuelta y empezó a revisar unas notas.

Lily apretó los dientes.
Se levantó sola,
sin ayuda.
Salió del escenario sin mirar a nadie.

Ni a Charlie.

El pasillo estaba frío, silencioso, iluminado por luces que zumbaban suavemente.
Lily se apoyó en la pared y cerró los ojos, intentando respirar.

Estaba enfadada.
Con el coreógrafo.
Con su tobillo.
Con la función.
Con sí misma.

Sobre todo consigo misma.

Unas pisadas suaves se acercaron.
Ella no necesitó mirar para saber quién era.

Charlie apareció despacio,
sin hacer ruido.

—Lily…

Ella se limpió la mejilla, aunque no había lágrima.




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