El backstage donde todo tiembla
El conservatorio parecía otro edificio esa noche.
Las luces eran más frías, más teatrales, como si el aire cargado de invierno hubiera entrado por las puertas y se hubiera quedado suspendido en los pasillos.
El backstage era un océano:
Lily caminaba entre todo aquello como si cada ruido la golpeara directamente en el estómago.
Llevaba el primer vestuario:
un tul gris claro que parecía flotar incluso cuando estaba quieta.
El maquillaje le marcaba suavemente los pómulos,
pero no ocultaba el leve temblor de sus manos.
Nina apareció detrás de ella con un termo humeante y un moño deshecho que no parecía pertenecer a ninguna pauta estética reconocida.
—Te buscaba —dijo—. Pareces a punto de evaporarte.
Lily respiró hondo.
—Estoy bien.
Nina levantó una ceja, sin siquiera intentar fingir que le creía.
—Eso es mentira nivel profesional —respondió—.
Sujeta esto. —Le pasó el termo—. Es té. Del caro. Del que cura almas sin pedir permiso.
Lily lo sostuvo entre las manos.
El calor era un pequeño ancla en medio del caos.
—Gracias —murmuró.
Nina la observó un segundo más.
Luego bajó la voz:
—Él ya está aquí.
Lily parpadeó.
El corazón le dio un salto torpe.
—¿Charlie?
—¿Qué otro “él” hay en tu vida artística ahora mismo? —dijo Nina, como quien habla de un secreto obvio.
Lily apretó el termo, intentando que su respiración no cambiara.
Pero sí cambió.
Se volvió más rápida.
Más consciente.
—¿Dónde? —preguntó.
Nina señaló con la cabeza hacia el extremo derecho del backstage.
—Allí. Ajustando la partitura como si estuviera negociando un tratado de paz con el piano.
Charlie estaba inclinado sobre el teclado,
probando intervalos,
ajustando dinámicas que solo él entendía.
Llevaba camisa negra y unas mangas remangadas que dejaban ver venas tensas en los antebrazos.
Leo estaba a su lado, sentado sobre una caja de utilería, con el pelo despeinado y una sonrisa que delataba que disfrutaba del caos ajeno.
—Respira, Miller —decía Leo—.
No vas a resolver la paz mundial si ese mi bemol entra dos milésimas tarde.
Charlie lo ignoró.
—El teatro tiene otra reverberación. Necesito ajustarlo.
—Hermano —dijo Leo—.
Lily va a bailar igual aunque desafines un universo entero.
Charlie se tensó.
—No voy a desafinar.
—Exacto —respondió Leo, triunfante—.
Eso es lo que te tiene así.
Charlie lo miró con una mezcla de desesperación y humor resignado.
—No empieces.
—Ya empecé —dijo Leo—. Y no pienso parar.
Lily y Nina se acercaron despacio,
como si atravesaran un puente invisible entre el mundo de las luces y el de la música.
Charlie las vio venir.
Primero vio a Nina, lo cual era lo normal.
Luego vio a Lily.
Y ahí todo cambió de volumen.
El ruido backstage se apagó un poco,
o quizá fue solo su mente intentando darle espacio a la imagen frente a él:
Lily, con el vestuario gris claro,
las mejillas ligeramente rosadas,
las manos aún temblando alrededor del termo.
Charlie tragó saliva.
Se puso de pie sin darse cuenta.
—Hola —dijo Lily, con un hilo de voz que solo él parecía escuchar.
Charlie hizo un gesto suave con la cabeza.
—Hola.
Leo intervino al instante, sonriendo con descaro:
—Vaya, si no es la estrella de la noche.
Lily rodó los ojos.
—No empieces tú también.
Nina le dio un codazo a Leo.
—Respeta el momento, idiota. Que están los dos a punto de implosionar del estrés.
Charlie carraspeó, incómodo.
—¿Estás… lista? —preguntó a Lily.
Ella quiso decir sí.
Quiso decir que estaba tranquila.
Quiso decir que podía con todo.
Pero no mintió esta vez.
—No lo sé.
Charlie tardó un segundo en responder.
Luego dijo:
—No tienes que saberlo.
Solo tienes que respirar conmigo cuando empiece.
Era casi una instrucción profesional.
Casi.
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Editado: 01.01.2026