La distancia de una nota

Charlie, navidad y una casa llena de ruidos

El tren hacia Nueva Jersey estaba lleno de gente con abrigos pesados, bolsas de regalos y caras agotadas pero felices.
Charlie viajaba con los auriculares puestos,
mirando por la ventana como si la noche negra del exterior pudiera responderle algo que él llevaba días intentando entender.

El compás que le había dado a Lily seguía guardado en su teléfono.
A veces lo abría sin querer.
A veces sin darse cuenta.
A veces porque lo necesitaba.

Cuando llegaron al andén, su madre lo abrazó tan fuerte que casi le quita el aire.

—¡Mi músico favorito! —dijo, plantándole un beso en la mejilla.

Su hermana pequeña, Emma, vino detrás con un gorrito de renos.

—¿Has traído más música rara?
Papá dice que suena a robots llorando.

Charlie soltó una risa suave.

—Dile a papá que es arte avanzado.

—PAPÁAAAA —gritó Emma al instante— ¡Charlie dice que eres antiguo!

Su padre apareció por detrás de ella con una risa cansada.

—No pongas palabras en mi boca, enana.

Charlie abrazó a su padre, y por un instante sintió la comodidad de volver a casa.
Esa sensación tibia que no sentía tan a menudo desde que empezó en el conservatorio.

La casa olía a canela, a calefacción demasiado alta y a los restos de galletas que seguramente Emma había decorado fatal.

Pero él estaba… inquieto.

Como si hubiera dejado algo en Nueva York.
O alguien.

Por la noche, cuando todos dormían o hacían ruido en el piso de abajo,
Charlie se encerró en su cuarto.

Su habitación no había cambiado mucho:

  • pósteres viejos de músicos,
  • un piano eléctrico medio desafinado,
  • ventanas empañadas,
  • cables por todas partes,
  • y una manta doblada sobre la silla que llevaba años sobreviviendo.

Abrió el portátil.
El programa de producción musical se encendió con un zumbido conocido.

Y sin planearlo, estaba trabajando.
No en una canción nueva.
No en un proyecto de clase.
Sino en eso.

La melodía.
La suya.
La que había nacido de forma accidental pero inevitable cuando pensaba en Lily.

Intentó escribirla completa.
Fracasó en cinco minutos.

Se masajeó la frente, frustrado.
¿Por qué era tan difícil terminar algo que parecía tan claro cuando ella estaba cerca?

Suspiró.
Abrió el móvil.
Miró su nombre en la lista de contactos.
No sabía si escribirle.
No quería molestarla.
Tampoco quería sonar idiota.

Al final, escribió:

Charlie: ¿Llegaste bien?

Dudó tanto en darle a enviar que el mensaje casi se borró solo.

Lo envió.

Se quedó mirando el móvil sin mover ni pestañear.

Nada.
Un minuto.
Cinco.
Veinte.

Se levantó para quitarse el abrigo y dejar de parecer un imbécil esperando respuesta.

Cuando volvió a la cama, el móvil vibró.

Lily: Sí. Perdona. Mi casa es un caos ahora mismo. Y tú?

Charlie sonrió sin querer.
No grande.
Pero real.

Charlie: También estoy ya en casa. Espero que descanses.

Ella tardó un par de minutos.
Lo justo para hacerlo sufrir.

Lily: Lo intentaré. Buenas noches, Charlie.

Charlie apagó el teléfono y se dejó caer sobre la cama,
mirando el techo blanco,
escuchando el ruido del horno abajo y las risas apagadas.

Y pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta:

¿Desde cuándo una simple buena noche pesa tanto?

Los días pasaron lentos.

Su familia hacía planes constantemente:
comprar regalos,
ver a los primos,
arreglar luces navideñas,
discutir sobre quién quemó las galletas.

Charlie estaba presente… pero no del todo.

Pasaba cualquier rato libre encerrado en su habitación,
con cascos enormes,
añadiendo capas de sonido,
probando texturas,
grabando microsegundos de piano,
editando una y otra vez el mismo acorde que no encontraba su sitio.

Emma irrumpió una tarde sin tocar la puerta.

—¿Puedo escucharlo? —preguntó, colgándose en el marco.

Charlie entrecerró los ojos.

—¿El qué?

—La canción que haces cuando crees que nadie te ve.

Él se rió, incómodo.

—No sé si es una canción todavía.

Emma se dejó caer sobre la cama.

—¿Es para alguien?




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