La distancia de una nota

Regreso, invierno y algo que no se dice

El conservatorio volvía a despertar después de dos semanas de silencio.
Las paredes olían a polvo tibio, a calefacción antigua, y al eco de cientos de pasos que volverían a llenarlo en unas horas.

Charlie entró con las manos en los bolsillos,
Leo a su lado, hablando sin parar.

—Hermano, tengo material.
Material serio.
Canciones.
Ideas.
Un EP entero.
Bueno, medio EP.
Bueno… tres canciones y un coro.
Pero material, tío.
Material.

Charlie sonrió sin dejar de mirar el vestíbulo.
Demasiado lleno.
Demasiado ruidoso.
Demasiado posible.

Leo lo notó.

—¿La estás buscando, verdad?
—le soltó sin anestesia.

Charlie fingió que no.

—¿A quién?

—Claro, claro. A nadie. A la decoración navideña—.
Leo rodó los ojos—. Qué casualidad que estás mirando por donde ella suele entrar.
Veremos si mis sentidos estaban equivocados…

La puerta de cristal del conservatorio se abrió.

Y ella entró.

Lily llevaba un abrigo largo gris,
el pelo suelto con ondas suaves,
los auriculares colgando del cuello,
las mejillas rosadas por el frío.

Como si el invierno la hubiera pintado con demasiada ternura.

Charlie no se movió.
Su cuerpo sí.

Lily avanzó entre estudiantes,
Nina a su lado gesticulando sobre algo que había pasado en vacaciones.
Pero ella no estaba escuchando.
Sus ojos se movieron buscando algo.

O alguien.

Hasta que lo vio.

Y se detuvo por un segundo.
Muy pequeño.
Pero suficiente.

Charlie sintió un tirón en el pecho.
Como si el mundo se reorganizara sin pedir permiso.

Nina sonrió al verlo.

—¿Vas tú o va ella? —susurró a Lily.

Lily la ignoró… o eso intentó.

Caminaron hacia el centro del vestíbulo al mismo tiempo.
Como dos personas que no querían correr,
pero tampoco sabían frenar.

Cuando estuvieron a un metro,
se quedaron quietos.

El resto del edificio desapareció.

Nina y Leo retrocedieron un poco,
disimulando mal.

Charlie habló primero.

—Hola.

Lily asintió, respirando hondo.

—Hola.

Qué palabra tan pequeña
para todo lo que habían sido esas dos semanas.

—¿Qué tal… las vacaciones? —preguntó él, intentando sonar normal.

—Caóticas.
Pero… bien.

Lo dijo mirándolo con una suavidad nueva,
como si estuviera evaluándolo,
como si estuviera viéndolo por primera vez después de mucho tiempo sin verlo.

Él tragó saliva.

—La foto que me enviaste… —empezó ella.

Charlie sonrió leve.

—Emma te manda saludos.
Y dice que va a tenerte miedo cuando sea famosa.

Lily soltó una risa suave.
Una de esas que no salían fácil.
Una que Charlie recordó demasiado bien.

—Dile que no hace falta que me tenga miedo —respondió.

Un silencio,
pero uno hermoso.

Entonces Lily bajó la mirada a sus manos.
Las movió un poco, como si buscara algo que no encontraba.

Charlie lo notó todo.

—¿Estás bien? —preguntó él, más bajo.

Ella levantó los ojos de golpe.

—Sí.
Solo…
Es raro volver.

—Sí —repitió él—.
Es raro.

Hubo un segundo en el que ninguno habló.
Solo respiraron,
y en ese respirar había tanto que no podían decir…

Hasta que Lily se movió un paso hacia él.

—Charlie.

—¿Sí?

Ella dudó.
Pero luego lo dijo igual.

—Me alegra…
que estés aquí.

La frase le atravesó.

Charlie inspiró lento.

—A mí también —dijo—.
Más de lo que esperaba.

Se quedaron así,
mirándose,
con la distancia justa para que los dos sintieran que podrían cerrar ese espacio si quisieran.

Pero no todavía.

No hoy.

Aunque estaban cerca.

Muy cerca.

Cuando alguien chocó con ellos accidentalmente,
Lily dio un pequeño paso atrás.
Charlie levantó una mano por instinto
—para evitar que tropezara—
y su dedo tocó apenas la muñeca de ella.

Un roce tan pequeño.
Tan rápido.
Pero tan eléctrico
que ella inhaló,
y él se congeló.




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