El conservatorio en enero tenía un frío raro:
uno que no venía del clima, sino del eco de las paredes esperando a que los estudiantes volvieran a llenarlas de ruido.
Todo olía a calefacción vieja, a suelos encerados y a esa mezcla de arte y cansancio que solo las escuelas de artes superiores tienen.
Charlie llegó temprano.
Leo protestó todo el camino.
—Tío, ¿quién llega antes el primer día?
La gente normal se queda en cama recordando que odia madrugar.
Charlie no respondió.
Estaba escuchando los pasillos.
O más bien… estaba esperando escuchar algo concreto.
Leo lo miró de reojo.
—Vale, está bien, seamos honestos.
Estás buscándola.
Charlie abrió la boca para negarlo.
No le dio tiempo.
La puerta del conservatorio se abrió
y Lily entró.
Pelo suelto.
Abrigo largo.
Bufanda suave.
Auriculares colgando del cuello.
Mejillas rojas por el frío.
Era como si diciembre hubiese decidido quedarse pegado a ella.
Lily lo vio en el mismo instante.
Se detuvo un segundo muy pequeño,
pero que Charlie sintió como un latido más.
Nina la empujó con el codo.
Leo le dio una palmada a Charlie en la espalda que casi lo mata.
Y aun así, se acercaron.
Charlie estaba probando acordes en una sala abierta.
Una melodía suave, inacabada,
una variación de la canción que casi terminó en Navidad.
Lily pasó por el pasillo y, sin pensarlo, entró.
—Eso… no lo había escuchado —dijo tranquila, apoyándose en el marco.
Charlie levantó la mirada.
No sonrió del todo, pero los ojos sí.
—Lo rehice anoche.
A veces, cuando lo toco, me acuerdo de…
—iba a decir “tu respiración antes de la diagonal”,
pero lo cambió—
…cómo te movías en el escenario.
Lily sintió que algo se le aflojaba por dentro.
—Tiene algo —susurró ella—.
Como si… abrazara.
Charlie se rió bajito.
—Tú haces que suene así.
Ella lo miró, sorprendida.
No apartó la vista.
—No estoy haciendo nada.
—Estás escuchando —repitió él.
Los dos se quedaron en un silencio que no dolía.
No tensaba.
Era un silencio… cómodo.
Extrañamente cómodo.
Lily estaba estirando en el suelo de la sala de danza.
A ella le gustaba llegar diez minutos antes para preparar su cuerpo.
Charlie había entrado a dejar unas partituras al profesor.
La vio, sentada en el suelo, masajeándose el tobillo.
Su primer instinto fue ignorarlo.
Su segundo fue acercarse.
Lo hizo.
—¿Otra vez ese tobillo? —preguntó él, arrodillándose frente a ella.
Ella se tensó un segundo,
pero no lo apartó.
—Está bien —mintió ella.
Charlie frunció el ceño.
Con una delicadeza casi exagerada,
acercó la mano.
No la tocó.
Solo se aproximó.
—¿Puedo…? —preguntó, sin moverse más.
Ella dudó.
Solo un instante.
Luego asintió.
Él acercó la mano al tobillo.
No lo agarró.
Solo lo examinó.
La cercanía era suficiente para que Lily sintiera su respiración,
para que Charlie sintiera el calor de su piel.
—Lily… estás forzándolo —murmuró.
Ella levantó la mirada.
Sus ojos estaban demasiado cerca.
—Es solo cansancio.
—Es tu cuerpo.
No una máquina.
Ella tragó saliva.
—Es mi herramienta.
Charlie negó.
—Eres tú.
Y tú importas más que cualquier herramienta.
Ese “tú importas” hizo que Lily se quedara en blanco.
Él también lo sintió.
Era demasiado.
Pero no se arrepintió.
Se quedaron un segundo
mirándose desde muy cerca.
Demasiado cerca para lo que se suponía que eran.
Cuando el profesor entró,
ambos se apartaron como si el aire hubiera cambiado de forma.
Pero la tensión quedó ahí.
En esa franja de suelo.
En ese centímetro de piel que casi se tocó.
Nina estaba comentando algo absurdo,
Leo exageraba todo,
y por primera vez,
Lily y Charlie se rieron juntos de verdad.
Una risa compartida.
No tímida.
No suave.
Real.
Lily se llevó una mano a la boca para contenerse.
Charlie tuvo que mirar a otro lado para no sonreír como idiota.
Pero luego se miraron.
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Editado: 01.01.2026