El día siguiente empezó sin nada especial, pero tenía ese tipo de energía rara que te sigue aunque intentes ignorarla.
Charlie llegó con el portátil a cuestas porque después de clase prometió a Leo escuchar las versiones nuevas de sus canciones.
Había dormido fatal, no por ansiedad… sino por algo que no sabía cómo explicar.
Era esa sensación de querer que llegue un día sin saber por qué.
O sí saberlo.
Pero no admitirlo.
En el estudio de danza, Lily ya estaba calentando cuando él entró.
No lo vio al principio.
Estaba concentrada, con una mano en la barra y la otra sujetando su propio hombro, respirando hondo antes de una secuencia.
Charlie se quedó un segundo de más mirándola.
No por deseo (aunque también).
Sino por algo más suave:
la manera en que su cuerpo cambiaba cuando bailaba,
esa calma que aparecía en su espalda,
esa tensión hermosa en su cuello,
como si todo lo que no podía decir estuviera escondido en su físico.
Ella lo vio de reojo y sonrió, apenas.
Pequeña, discreta, pero real.
—Buenos días —murmuró.
—Buenos días —respondió él.
El profesor entró y el ensayo comenzó con la rutina de siempre.
Pero algo había cambiado:
cada vez que Lily terminaba una diagonal, buscaba a Charlie entre los músicos.
Y cada vez que Charlie marcaba un cambio de tempo, buscaba a Lily.
Ni uno se escondía ya.
Después de la clase, mientras todos recogían, Lily tardaba en encontrar una zapatilla dentro de su bolsa.
Charlie pasó junto a ella y se detuvo sin pensarlo.
—¿Quieres que te espere? —preguntó.
Ella levantó la mirada.
Parecía querer decir que no era necesario…
pero luego respiró.
—Sí.
Espérame.
Salieron juntos al pasillo, el mismo de la tarde anterior, pero con la luz más anaranjada, como si el edificio supiera que ese sitio empezaba a pertenecerles.
Lily caminaba un poco más cerca que ayer, sin darse cuenta.
Charlie llevaba el portátil en la mano como si fuera un escudo incómodo.
—¿Qué tal fue el ensayo de música? —preguntó ella.
—Bien. Leo está… motivado.
Muy motivado.
Exageradamente motivado.
Ella rió.
—¿Eso es bueno?
—Creo que sí.
Me pidió que le produzca varias canciones.
Tiene ideas.
Tiene… ganas de que algo pase.
Lily lo miró con un brillo que él no esperaba.
—Te pega —dijo—.
Lo de producir.
Tienes esa forma de escuchar…
como si pudieras ver dentro.
Charlie paró un momento.
No físicamente, pero sí en la respiración.
—¿Dentro de qué?
—Dentro de la gente.
Él se quedó callado.
Ella también, pero no incómoda.
Solo esperando.
—¿Y… tú qué tal? —preguntó él al final—.
¿Todo bien en tu casa?
Un gesto le pasó por la cara, una sombra que se fue rápido.
—Fue… intenso —admitió—.
Mi madre estaba un poco abrumada con todo.
A veces siento que… no sé.
Que tengo que ser la que mantiene la calma.
La que organiza.
La que no molesta.
Eso último salió sin querer.
Ella frunció el ceño, como si no hubiera querido decirlo tan claramente.
Charlie se acercó medio paso.
Nada exagerado.
Solo lo suficiente para que ella lo notara.
—No tienes que ser eso aquí —dijo él—.
Ni conmigo.
Lily lo miró.
Ese tipo de mirada que no dura un segundo, sino varios.
Una que pesa.
Una que dice cosas.
—Lo sé —susurró.
Cuando llegaron a la salida, Lily tiró de la bufanda para ajustársela.
Esta vez sí se le enganchó en la cremallera.
—Espera —dijo Charlie, sonriendo sin poder evitarlo.
Ella se quedó quieta mientras él acercaba las manos y la liberaba con paciencia.
Su pulgar rozó su clavícula de nuevo.
Ella contuvo un suspiro.
Él lo escuchó.
—Gracias —dijo ella, suave.
—Te juro que esta bufanda te odia —bromeó él.
Ella se rió.
Y esa risa le aflojó algo en el pecho.
—¿Vas a practicar ahora? —preguntó ella, señando su portátil.
—Sí. Leo quiere enseñarme unas pistas nuevas.
Está convencido de que va a ser famoso antes de verano.
—Puede que lo sea —dijo Lily—.
Tiene… esa energía.
—Sí. La energía de un terremoto.
Ella sonrió.
Y luego añadió algo que no esperaba ni ella misma:
—Si… algún día quieres enseñarme lo que estás produciendo…
me gustaría escucharlo.
Charlie sintió un golpe suave en el estómago.
Uno bonito.
—Cuando quieras —respondió él—.
De verdad.
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Editado: 01.01.2026