La distancia de una nota

Una puerta abierta y dos corazones distraidos

El día amaneció gris, con esa clase de luz apagada que hace que todo parezca más silencioso de lo normal.
Charlie llegó al conservatorio con el portátil a la espalda y las manos en los bolsillos, intentando convencer a su cabeza de que no estaba buscándola.
Ni pensando en ella.
Ni esperándola.

Pero claro.
Su corazón era un pésimo mentiroso.

Subió las escaleras hasta la planta de danza, donde aún quedaban restos de resina en el suelo del día anterior.
El edificio estaba extrañamente tranquilo, como si ese fuera uno de esos días en los que todo se suspende un poco.

Cuando pasó por delante del estudio 4, vio que la puerta estaba entreabierta.

Y escuchó música.

No una melodía programada,
ni el eco de un calentamiento,
sino algo más delicado:
una pista suave, un piano grabado, con respiraciones y pequeñas imperfecciones.

La reconoció al instante.

Era la variación de la canción que había estado tocando la semana pasada.
La que Lily había escuchado.

Charlie se quedó quieto, con la mano en la manilla,
porque la idea de que ella estuviera bailando su música lo detuvo por completo.
Como si abrir la puerta fuera un acto demasiado íntimo.

Pero la puerta ya estaba un poco abierta.

Y Lily ya estaba bailando dentro.

No era una coreografía completa.
Era algo más libre, casi improvisado.
Un movimiento que seguía los acordes, sus respiraciones, el silencio entre nota y nota.
Su cuerpo se veía más suelto que de costumbre, más ligero, como si hubiera aprendido a aflojarse desde las vacaciones.

Charlie apoyó la espalda contra el marco, sin entrar.
No quería interrumpirla.
Solo verla.

Pero Lily lo vio reflejado en el espejo.

Se detuvo con una media vuelta, el pecho subiendo y bajando con una respiración que todavía seguía el pulso de la música.

—Estás ahí —dijo, sin sorpresa, sin molestia—.
Pensaba que estabas en el estudio con Leo.

Charlie se rascó la nuca, incómodo pero sonriendo.

—Leo no madruga ni aunque le prometan millones.

Ella rió suavemente y paró la música.

—Entra —dijo—.
No me importa.

Charlie lo hizo despacio, como si el aire fuera más denso al cruzar el marco.

—Estabas bailando eso —murmuró él, señalando el altavoz pequeño.

Lily asintió.

—Sí.
Me… no sé.
Me gusta cómo suena.
Me ayuda a soltar cosas.

Charlie tragó saliva.
No sabía qué responder a eso sin exponerse demasiado.

—Pensé que era muy imperfecta aún —dijo él.

—Precisamente por eso —sonrió ella—.
Está… viva.
Respira igual que yo.

Charlie se apoyó contra la pared.

—Bueno… supongo que eso la hace especial.

Lily lo miró con esos ojos suyos que parecían analizarlo sin juicio, solo con una curiosidad suave y constante.

—¿Quieres trabajar aquí un rato?
Tengo la sala libre hasta las diez —propuso.

Charlie dudó.
Pero ella añadió:

—Te prometo que no te molesto.

—No me molestas nunca —respondió él demasiado rápido.

Ella parpadeó, sorprendida,
y luego bajó la mirada, escondiendo una sonrisa muy pequeña.

Charlie abrió el portátil y empezó a ajustar unos archivos en silencio.
Lily volvió a la barra para estirar, y el sonido de sus movimientos llenaba la sala más que la música.

El ambiente tenía algo nuevo.
Algo tibio.
Algo que se movía entre ellos sin hacer ruido.

Después de unos minutos, Lily se giró hacia él.

—Charlie… ¿tú por qué compones?
—preguntó de repente—.
De verdad.

Él levantó la mirada.
No esperaba una pregunta así tan temprano.

—No sé —respondió, sincero—.
Es como… respirar.
Algo que tengo que hacer aunque no siempre sepa por qué.

Lily asintió, mirándolo con una atención que él no estaba acostumbrado a recibir.

—Me gusta cómo hablas de la música —dijo ella—.
La tratas como si fuera una persona.

Charlie se rió bajito.

—A veces es más fácil hablarle a la música que a la gente.

Ella suspiró.

—A mí me pasa lo mismo con la danza.

Hubo un silencio muy suave,
como una manta.

—Pero contigo… —añadió ella sin levantar la mirada—
contigo no me cuesta tanto hablar.

Charlie sintió cómo algo se le deshacía en las costillas.
Como si su cuerpo reconociera algo que su cerebro aún no estaba listo para procesar.

—Me alegra —dijo—.
Mucho.




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