El conservatorio olía a invierno esa mañana.
A calefacción que apenas funcionaba, a polvo en suspensión, a madera pulida.
Charlie llegó antes que nadie al estudio de danza porque tenía que entregar unas partituras, pero en cuanto abrió la puerta del pasillo sintió la presencia antes incluso de verla.
Lily.
El estudio 2 estaba iluminado con esa luz mortecina de las nueve de la mañana.
La puerta estaba entreabierta, como si la sala respirara.
Charlie escuchó un golpe suave: una punta chocando contra el suelo.
Se asomó.
Y el corazón se le cayó al estómago.
Ella estaba calentando sola.
Con mallas negras, top ajustado y el moño recogido de forma imperfecta.
Nada extraño para una bailarina.
Pero para él… era otra cosa.
La forma en que el tejido se ceñía a su cintura,
cómo su espalda se arqueaba con un movimiento preciso,
cómo la línea de sus piernas se estiraba cuando levantaba el brazo…
Todo era un problema para su autocontrol.
Porque verla así —con todo su cuerpo hablando sin palabras—
le encendía algo dentro.
Algo que llevaba semanas intentando ignorar.
Lily lo vio reflejado en el espejo y sonrió.
—Estás madrugando demasiado, ¿no? —preguntó.
Charlie carraspeó, intentando hacer como que no se había quedado mirándola como si fuera una obra maestra.
—Tenía que dejar esto… —levantó las partituras—.
Y… no sabía que estarías aquí.
—No suelo —dijo ella, girándose hacia él—.
Pero hoy necesitaba practicar algo.
¿Puedo pedirte un favor?
Charlie tragó saliva.
—Claro.
Lily dudó, algo raro en ella.
—¿Podrías… mirarme?
Quiero preparar un fragmento para mi examen.
Solo es una parte.
Necesito saber si se entiende.
Charlie sintió que el mundo le cambiaba de gravedad.
—Sí —respondió—.
Claro que sí.
Ella puso la música.
Una pista clásica, limpia.
Luego se colocó en el centro, respiró… y empezó.
Charlie se obligó a mirar como un profesional.
A analizar ritmo, líneas, equilibrio.
Pero era mentira.
La realidad era que verla bailar así, tan cerca, tan en silencio, tan concentrada…
lo reventaba por dentro.
Sus movimientos eran precisos pero suaves, como si algo dentro de ella se hubiera ablandado en las últimas semanas.
Cuando giró, una de sus manos se acercó al suelo; cuando saltó, su silueta trazó una curva perfecta.
Y entonces un paso no cayó como ella quería.
Tropezó apenas.
Nada serio.
Pero Lily frunció el ceño.
—No me sale esa parte —murmuró—.
La transición de la cadera… siento que está mal.
Charlie se acercó despacio, como si temiera acercarse demasiado.
—A ver —dijo, colocándose a su lado—.
Haz el movimiento lento.
Ella lo intentó.
Pero otra vez algo no encajó.
—Creo que es la postura —dijo él.
Lily se detuvo.
—¿Me… lo enseñas?
Charlie respiró hondo.
Demasiado hondo.
—Claro.
Se colocó detrás de ella.
Despacio.
Muy despacio.
Lily se enderezó al sentirlo cerca.
Él levantó una mano—no dudó, pero sí esperó un segundo.
—¿Puedo? —preguntó, con la voz más baja de lo normal.
—Sí —susurró ella.
Charlie apoyó la mano en su cintura.
Un punto de contacto mínimo.
Suave.
Casi académico.
Pero para los dos, el mundo cambió de eje.
La piel de Lily ardió bajo sus dedos.
Su respiración se aceleró tan apenas que él lo notó.
Y él también sintió un escalofrío subirle por la columna, como si la cercanía fuera demasiado, demasiado perfecta.
—Es aquí —murmuró él, guiando con delicadeza—.
No empujes hacia atrás.
Deja que caiga… así.
Ella siguió la indicación.
El movimiento salió fluido.
—Eso es —dijo él, sonriendo sin querer.
Ella volvió la cabeza un poco.
Muy poco.
Pero lo suficiente para verlo de cerca.
—Gracias —susurró.
Él retiró la mano, aunque su piel seguía temblando por dentro.
—Lo haces muy bien —dijo—.
Solo necesitabas soltar la tensión.
—La de la cadera o… la otra? —bromeó ella, bajito.
Charlie se quedó paralizado.
Y Lily se puso roja de inmediato.
—No quise decir eso —añadió—.
No así.
Lo siento.
Él se rió, suave, con una ternura que la dejó aún más nerviosa.
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Editado: 01.01.2026