La distancia de una nota

La musica que la mueve

El conservatorio estaba casi vacío.
Las luces del pasillo parpadeaban con aquella pereza de final de tarde, como si el edificio mismo estuviera cansado y bostezando.
Charlie había subido para recoger unos cables que había olvidado, pero en cuanto dobló la esquina del pasillo de danza, sintió algo.

Era como cuando una nota vibra antes de sonar.
Un presentimiento.

Se detuvo frente a la puerta del estudio 6.
No había luz en el interior, salvo una única lámpara encendida al fondo.
La puerta estaba entornada.

Y entonces la escuchó.

Su música.
Su canción.
La variación que había compuesto para ella.

Sonaba desde un pequeño altavoz, en volumen bajo, íntimo, casi secreto.

Charlie tragó saliva.
Abrió la puerta despacio.

Y el mundo se detuvo.

Lily estaba en el centro del estudio,
bailando.

No como en los entrenamientos.
No como en clase.

Sino como si estuviera sola en el universo.
Como si no existiera nada más que el pulso de la música,
su respiración
y la vibración suave del suelo bajo sus puntas.

Su moño estaba medio deshecho, mechones sueltos pegados a su cuello por el sudor.
La luz cálida de la lámpara caía sobre su piel, haciéndola brillar.
Cada músculo de su cuerpo se marcaba de forma suave con los movimientos.

Y en mallas negras,
con ese top ajustado…

Charlie sintió un calor seco subirle desde el pecho hasta la garganta.

Joder.

Era… demasiado.

Demasiado hermosa.
Demasiado intensa.
Demasiado real.

Eso no lo pensó un artista.
Lo pensó un hombre.

Lily giró justo cuando el piano hacía un cambio suave.
Y lo vio.
Lo vio reflejado en el espejo.

Se detuvo en seco, respirando rápido,
el pecho subiendo y bajando de forma que a Charlie se le escapó el aire.

—No sabía que estabas aquí —dijo ella, aún mirando por el espejo.

—Yo… tampoco sabía que tú estabas —respondió él.

Ella bajó la mirada, avergonzada.

—Lo siento.
No sabía si querías que la escuchara otra vez.

—Lily —murmuró él—.
Puedes escuchar todo lo que quieras.
Siempre.

Ella se giró hacia él.

La sala estaba en silencio.
Pero no un silencio vacío:
un silencio que pesaba, que vibraba, que parecía estar lleno de electricidad.

Charlie dio un paso dentro.
Luego otro.

No sabía si debía acercarse tanto.
No sabía si era buena idea.
Pero no podía evitarlo.

—Eso que estabas haciendo… —dijo él—
era precioso.

Lily bajó la mirada, respiración aún agitada.

—Solo estaba probando cosas…
con tu música.

“Tu música.”
Dos palabras que le quemaron bajo la piel.

Charlie inspiró hondo.
Necesitaba decirlo.
Necesitaba admitirlo.

—Es tuya, Lily.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—Esa música.
—Dejó escapar el aire—.
Es tuya.
Tú… la inspiras.
La mueves.
La haces existir.

Lily dio un paso hacia él sin darse cuenta.

—Charlie…

Él no se movió.
No podía.

Ella estaba a menos de un metro.
Lo suficiente para ver cómo el sudor le resbalaba por la clavícula.
Lo suficiente para notar el calor que emanaba de su cuerpo.
Lo suficiente para que cada pensamiento decente quedara aplastado por otros más peligrosos.

Joder.
Si se acercaba un centímetro más, perdería el control.
No haría nada malo, lo sabía, pero su cuerpo estaba al borde de algo que no quería ignorar.

Ella se humedeció los labios con la lengua, sin darse cuenta.

Charlie sintió el corazón detenerse durante un latido.

—Cuando bailo con tu música… —dijo Lily, con la voz temblorosa—
siento cosas que no sé explicar.

Él tragó saliva.

—Yo también —respondió.

Ella frunció el ceño suavemente, como si no entendiera.

—¿Cuando yo bailo?

—Cuando te veo —corrigió él.

Un silencio latiendo entre ellos.
Un silencio vivo.
Afiebrado.

Ella dio otro paso.

Él también.

Ya no estaban a un metro.
Estaban a un suspiro.

La respiración de Lily chocaba con la suya, entrecortada.
Él podía oler el perfume leve de su piel mezclado con el calor del esfuerzo.
Ella podía sentir el temblor en las manos de Charlie aunque él no las hubiera levantado.




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