La distancia de una nota

Donde el cuerpo habla lo que ella no dice

El estudio principal estaba iluminado por focos fríos que hacían brillar el suelo como si fuera vidrio.
Las bailarinas del grupo ya estaban terminando el ensayo general para la actuación de primavera.
La profesora pasaba entre ellas con un cuaderno en mano, marcando correcciones con la precisión de un bisturí.

Lily respiraba hondo, el pelo recogido, las puntas apretadas, los músculos tensos como cuerdas afinadas demasiado rápido.

Sonaba la música.
Ella giró.
Saltó.
Cayó.

Y en el aterrizaje… algo falló.

Apenas un milímetro.
Un desajuste mínimo.

Pero suficiente.

Su tobillo respondió con una punzada seca, rápida.

Lily apenas lo mostró; la profesora avanzaba hacia otra alumna.
Ella apretó la mandíbula y siguió.

El salto siguiente salió peor.
La caída, más inestable.

La profesora levantó la vista.

—Lily, concéntrate. Estás demasiado tensa.

Ella tragó saliva.
No dijo nada.
No sabía si podía.

El ensayo terminó con la música apagándose de forma abrupta.
Las demás recogieron sus cosas entre risas individuales, que a Lily le sonaron como ruido blanco.
Se sentía fuera de sí.
Como si su mente fuera una habitación con eco.

Cuando el estudio quedó casi vacío, Lily intentó repetir el salto.
Solo uno más.
Para demostrarse que podía, que el error había sido casual.

Intentar, al menos, recuperar el control.

Tomó impulso, subió…
y al caer, el dolor se encendió con más fuerza.

—Joder —susurró, entre dientes.

Se detuvo.
Respiró.
Intentó apoyar el pie otra vez.
Le dolió.
No lo suficiente como para asustar a un médico, pero sí para asustarla a ella.

Odiaba esa sensación.
Ese límite.
Ese recordatorio de que era humana.

Sola en el estudio, apoyó la espalda en la pared y deslizó el cuerpo hacia el suelo, dejando las piernas estiradas.
El tobillo latía bajo la malla.
No lloró.
Pero su respiración era irregular, como si contuviera algo que no sabía sacar.

Entonces alguien llamó suavemente a la puerta.

Lily levantó la cabeza.

Charlie.

Asomó medio cuerpo en el marco, con una mano en la mochila y los auriculares colgando del cuello.
Tenía el pelo un poco despeinado, la sudadera arrugada, y ese gesto suave que hacía cuando estaba preocupado sin querer.

—¿Puedo…? —preguntó él, entrando despacio.

Ella intentó enderezarse.

—Estoy bien.

Él la miró un segundo, con esa manera de mirarla que siempre parecía ver más de lo que ella decía.

—No lo estás.

Lily apretó los labios.

Charlie dejó la mochila a un lado y se agachó frente a ella, quedando a su altura.
No tocó nada todavía, pero la cercanía hizo que ella sintiera un calor extraño en el pecho.

—¿Qué ha pasado? —preguntó él.

—Nada. Ha sido… un mal aterrizaje.

Charlie bajó la mirada al tobillo.

—¿Puedo ver?

Ella dudó.
Un segundo.
Dos.

Y luego asintió.

Él se acercó con una delicadeza que hizo que Lily contuviera la respiración.
Sus manos envolvieron su tobillo con cuidado, apenas presión.
Pero suficiente para que la piel de ella se erizara.

—Dime si te duele —susurró.

Ella no entendía por qué su voz sonaba así: baja, templada, como si el estudio se hubiera encogido.

Charlie movió su tobillo un poco hacia un lado.

Lily inhaló entre dientes.

—Ahí.

Él asintió.

—No parece nada grave.
Probablemente solo tensión.
Has estado entrenando demasiado.

Ella bajó la mirada hacia el suelo.

—No es suficiente.

Charlie levantó la vista.

—¿Qué?

—Nadie lo dice, pero lo sé.
No soy suficiente.
No estoy al nivel que debería.
Si fallo en el ensayo general…
—tragó saliva—
fallo en todo.

Charlie la miró como si le hubieran abierto el pecho delante de él.

—Lily… —susurró—
eso no es verdad.

Ella sonrió sin humor.

—Lo es.
Tengo que ser mejor.
Siempre mejor.
No puedo… permitirme esto.

Charlie frunció el ceño, suave.

—No eres una máquina.

—No puedo ser otra cosa —dijo ella, casi sin voz—.
Si no soy perfecta, ¿qué soy?

Él se acercó un poco más.
Lily sintió que el aire se hacía más cálido, más denso.




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