La distancia de una nota

Cuando el cansancio abre puertas

El estudio siete era pequeño, casi estrecho, con una ventana alta que dejaba entrar una luz fría, azulada.
El suelo tenía marcas de suelas gastadas, de horas y horas de práctica de generaciones anteriores.
A Lily siempre le había gustado ese lugar porque estaba alejado de todo. Nadie pasaba por allí si no era estrictamente necesario.

Estaba sola.
O eso esperaba.

Respiró hondo.
Flexionó el pie.
El tobillo respondió con una punzada leve, molesta.
No era una lesión grave; lo sabía. Pero la frustración le pesaba más que el dolor.

Repitió un giro sencillo.
Su pie osciló.
Tuvo que apoyarse en la barra para no tambalear.

—Genial… —murmuró para sí.

Volvió a intentar.
El movimiento salió peor.
Sintió cómo la rabia le subía desde el pecho hasta la garganta.

Se sentó en el suelo, apoyando la espalda en la pared.
Llevó las manos al cabello y se soltó el moño, dejando caer los rizos a los lados del rostro.
Respiró fuerte, intentando contener algo que no quería nombrar.

El pasillo estaba silencioso.

Hasta que no lo estuvo.

Unos pasos suaves se acercaron.
La puerta se abrió un poco.

—¿Lily?

Ella levantó la cabeza.

Charlie apareció, sosteniendo la puerta apenas con dos dedos, como si temiera romper algo.

—¿Puedo… entrar? —preguntó, la voz baja.

Ella dudó un segundo.
No quería que la viera así.
Pero parte de ella —una parte que la asustaba por lo fácil que se rendía ante él—
quería que entrara.

—Sí —respondió.

Charlie cerró la puerta y se sentó en el suelo a su lado, dejando su mochila a un lado.
No demasiado cerca.
Pero tampoco lejos.

—¿El tobillo? —preguntó.

Ella asintió, sin ganas de mentir.

—Me duele un poco.
No es grave. Solo… estoy cansada.

Charlie apoyó los brazos sobre las rodillas.

—No tienes que demostrar nada ahora —dijo, suave.

Lily sonrió sin ganas.

—Siempre tengo que demostrar algo.
Si no a los demás, a mí misma.

Charlie la observó un segundo.
Y ese segundo fue suficiente para que ella sintiera que él veía más de lo que debía.

—¿Te puedo acompañar mientras sigues? —preguntó él.

Ella exhaló por la nariz.

—¿Aunque sea aburrido?

Él sonrió apenas.

—Me gusta verte bailar.

Ella sintió un latido irregular en el pecho.

Se levantó despacio, apoyándose en la barra.
Charlie no se movió.
Sólo la siguió con la mirada, como si necesitara memorizar cada gesto.

Intentó un giro simple.

El tobillo cedió un poco.
Solo un poco.
Pero suficiente para perder estabilidad.

Charlie se levantó instintivamente.

—¿Estás…?

Ella negó, respirando entrecortado.

—Estoy bien. Solo… el cansancio.

Pero cuando dio un paso atrás, su cuerpo dio un tirón extraño.
Ella se tambaleó hacia un lado.

Charlie reaccionó más rápido de lo que pensó.

La sujetó por el brazo.
Su mano se ajustó a su piel, firme, cálida.
El impulso la acercó a él más de lo que era razonable.

Su pecho quedó a centímetros del de él.
La respiración de Charlie chocó contra su clavícula.
Los dedos de ella se aferraron sin querer a su camiseta para no caer.

Se quedaron así.

Inmóviles.

Ni uno ni otro se apartaron.

El silencio se volvió espeso, caliente, casi eléctrico.

—Perdón —murmuró Lily, sin apartarse realmente.

Charlie tragó saliva.

—No tienes que pedir perdón por nada —respondió él, con la voz más baja de lo normal.

Ella alzó la mirada.
Él también.
Y por un instante, la tensión entre ellos fue tan intensa que parecía que el aire estuviera temblando.

Ella se apartó primero.
Despacio.
Como si le costara más de lo que debería.

—Me siento estúpida —dijo ella, poniéndose un mechón detrás de la oreja—.
Si no puedo con esto… ¿cómo voy a llegar a la actuación? La de primavera.

Charlie negó con la cabeza, dando un paso hacia adelante.
No para tocarla, sino para que ella lo sintiera cerca.

—Lily… estás agotada.
Tu cuerpo no es un enemigo.
Está pidiendo descanso.

Ella apretó los labios.

—No sé descansar.

Charlie sonrió con tristeza.

—Ya me di cuenta.




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