La distancia de una nota

Donde el silencio elige por ellos

El conservatorio estaba casi vacío cuando Lily cerró la puerta del estudio siete.
El aire del pasillo tenía un frío seco, de esos que se te quedan prendidos en la piel, sobre todo cuando vienes de un lugar caldeado por esfuerzo y respiraciones agitadas.

La luz amarilla del techo parpadeaba cada pocos segundos, como si ella no fuera la única cansada aquella tarde.

Había sido un día extraño.
Su cuerpo se sentía pesado, como si cada músculo reclamara el descanso que ella le negaba.
Pero su pecho…
su pecho iba encendido, latiendo con un ritmo que no reconocía, moviéndose entre el nerviosismo y una especie de alivio que no sabía explicar.

La imagen de Charlie tan cerca seguía pegada en su mente, como si no pudiera despegarla ni queriendo.

Él tocándola cuando casi cae.
Él mirándola como si entendiera cosas que nadie más entendía.
Él diciendo que la veía por quién era y no por lo que lograba.

Eso…
eso sí que la había descolocado.

Llevó la mano a su nuca, intentando soltar un poco la tensión.
Pero la tensión no venía de su cuerpo.

Venía de él.

Bajó despacio las escaleras hasta la planta baja.
El eco de sus pasos sonaba distinto… como si el edificio, en lugar de vacío, estuviera conteniendo la respiración.

Cuando giró por el pasillo hacia la salida principal, lo vio.

Charlie estaba apoyado en la pared, una pierna doblada, la otra estirada, las manos en los bolsillos de la sudadera.
Su mochila tirada a un lado, como si llevara un buen rato allí.

La escena tenía algo cinematográfico:
él esperándola en un edificio casi vacío,
las luces parpadeando,
el silencio alrededor,
esa calma rara antes de algo que no sabes nombrar.

Cuando él levantó la mirada, algo se encendió suavemente en sus ojos.
No una sonrisa completa.
Algo más contenido, más vulnerable.

—Te estaba esperando —dijo.

Lily se detuvo a dos pasos de él.

—No hacía falta… —murmuró ella, aunque la voz le salió más suave de lo que pretendía.

—Me apetecía —respondió él sin pensárselo demasiado.

Ella sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

Charlie dio un paso hacia adelante.
Solo uno.
Pero fue un paso claro, decidido, que redujo la distancia en un suspiro.

—¿Cómo está el tobillo? —preguntó.

Ella se encogió de hombros.

—Molesta un poco. Nada grave.

Charlie asintió, pero su mirada descendió, no al tobillo, sino a su postura, a la forma en que ella apoyaba el peso más en una pierna que en la otra.
Siempre detallista.
Siempre observador.

Lily sintió la urgencia de moverse, de hacer algo con las manos.
Se quitó la chaqueta del brazo, intentando ponerse la manga, pero el cierre se quedó atascado a la mitad.

—Genial —bufó.

Charlie dio otro paso.
Ahora estaba lo bastante cerca como para que ella sintiera el calor de su cuerpo mezclarse con el frío del pasillo.

—Déjame —dijo él, extendiendo la mano.

Ella dudó un instante.
Luego cedió.

Sus dedos se rozaron cuando él tomó el cierre.
Ese toque mínimo fue como una chispa subiendo por su antebrazo hasta clavarse en su garganta.

Charlie tiró suavemente de la cremallera.
Pero cuando llegó a la altura de su clavícula, sus nudillos tocaron la base de su cuello.

Ella inhaló.

Él también.

Y no retiró la mano de inmediato.

Su rostro quedó cerca del de ella, lo suficiente para que Lily pudiera sentir su respiración mezclándose con la suya.

Cuando él habló, lo hizo como si tuviera miedo de romper el aire entre los dos.

—Lily…

Ella levantó la mirada.
Y esa simple acción pareció desbaratarlo.

Los ojos de Charlie bajaron a su boca por un instante.
Fue breve.
Muy breve.

Pero Lily lo vio.
Y lo sintió en la forma en que su estómago se apretó.

—No sé qué estamos haciendo —murmuró él, sin separarse.

—Yo tampoco —respondió ella, sin moverse.

No había música.
No había gente.
Solo ese silencio que ya no era incómodo, sino urgente.

Charlie levantó una mano hacia su rostro.
Despacito.
Como si le costara acercarse.

Ella cerró los ojos un segundo cuando la yema de su dedo rozó su mejilla.
El gesto era tan suave que apenas parecía real.
Pero su cuerpo reaccionó como si lo fuera.

Cuando los abrió, lo vio tan cerca que un movimiento mínimo los uniría.

—Dime que lo quieres —susurró él, la voz rota de contención.

Lily no lo pensó.
No lo razonó.
No lo analizó.




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