El conservatorio a esas horas parecía otro lugar.
Las luces del pasillo estaban en modo ahorro, dejando zonas enteras en penumbra, como si alguien hubiera arrancado trozos de claridad del edificio.
La mayoría de estudiantes ya se había ido; sólo quedaban los músicos solitarios, los bailarines insomnes, y algún profesor que corregía apuntes demasiado tarde.
Charlie empujó la puerta principal con el hombro y entró, sacudiéndose el frío de la calle.
Llevaba los auriculares colgando del cuello, el portátil dentro de la mochila, y la cabeza hecha un lío.
Desde el beso, su mundo tenía otro color.
Otro peso.
Otro ritmo.
Toda la tarde había intentado trabajar desde su habitación, pero cada secuencia de acordes le devolvía al mismo lugar:
La respiración de Lily en su boca.
La forma en que había tirado de su camiseta.
La frase “Dime que lo quieres” escapándose de él sin permiso.
Era ridículo.
Era increíble.
Era demasiado.
Era real.
Por eso estaba ahí.
Para ver si podía despejar la mente componiendo algo solo.
O, al menos, intentarlo.
Subió las escaleras despacio, como si no quisiera hacer ruido.
Al pasar por el segundo piso, reconoció un sonido que se colaba por la rendija de una puerta entreabierta.
No era música.
Era respiración.
Respiración agitada.
Charlie se detuvo.
Algo dentro de él supo, antes de que su cabeza lo comprendiera.
Se acercó a la puerta.
El estudio doce.
Uno que normalmente quedaba vacío, porque estaba ligeramente fuera de la ruta principal.
La luz interior era tenue.
Asomó apenas la mirada.
Y el aire se le quedó atrapado en los pulmones.
Lily.
Bailando.
Pero no era un baile técnico, limpio, ni estudiado.
Era… algo distinto.
Más libre.
Más íntimo.
Más ella.
Los rizos estaban sueltos, cayéndole por los hombros en ondas oscuras que brillaban por el sudor.
La camiseta de tirantes se le pegaba al cuerpo, marcando la línea suave de su espalda cada vez que giraba.
Las medias de danza delineaban sus piernas con una precisión casi dolorosa: largas, firmes, tensas y elegantes, moviéndose con un control que él no podía comprender del todo.
Charlie tragó saliva.
Tuvo que apartar la mirada un segundo, como si verla tan libre, tan ella, le quemara por dentro.
Nunca la había visto así.
Nunca había visto a nadie así.
Y por un instante —breve, incendiario— deseó caminar hacia ella y perderse ahí mismo.
Y entonces lo escuchó.
La melodía.
Su melodía.
La melodía L.
La primera versión.
Casi cruda.
Sin pulir.
La que había compuesto una noche sin dormir, pensando en ella sin admitirlo.
Esa misma melodía llenaba el estudio, reproducida desde un pequeño altavoz en la esquina.
Ella estaba bailándola.
Él tragó saliva.
—Joder… —susurró sin voz.
Lily giró, bajó, se estiró en el aire como si su cuerpo entendiera la música mejor que él mismo.
Parecía flotar en los compases que él había escrito.
Como si cada nota la hubiera estado esperando.
La melodía le pertenecía.
Ella era la traducción física de ese sonido.
Charlie dio un paso atrás, sin querer interrumpir.
Su corazón latía tan rápido que parecía querer salir por el cuello.
Lily terminó un giro y se detuvo, respirando hondo, con las manos sobre las rodillas.
El pelo le caía por la cara.
Fue entonces cuando lo vio.
—Charlie… —dijo, sorprendida, con la voz entrecortada.
Él levantó las manos, nervioso, como si lo hubieran pillado robando algo.
—No quería espiarte.
Lo juro.
Yo sólo… escuché algo.
Y…
Ella se incorporó, buscando aire, intentando recomponerse.
—¿Cuánto tiempo has estado ahí?
—No lo sé.
—Se pasó una mano por la nuca—.
Lo suficiente como para… ver esto.
Ella desvió la mirada, avergonzada, recogiendo un mechón detrás de la oreja.
—No sabía que vendrías.
—Yo tampoco —dijo él, sonriendo un poco, sin poder evitarlo.
El silencio entre ellos no era incómodo.
Era… denso.
Lleno de cosas sin decir.
Lily apagó el altavoz.
La melodía murió en un chasquido suave.
Pero el silencio no fue mejor.
Charlie dio un par de pasos dentro del estudio.
—Lily…
¿Desde cuándo bailas esa melodía?
Ella respiró hondo.
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Editado: 01.01.2026