El estudio de danza siempre tenía un olor particular por las mañanas:
una mezcla de resina, madera vieja, sudor seco y algo más… algo como electricidad.
Quizá eran las luces del techo, o los cuerpos encendidos desde la primera clase.
Quizá era simplemente que ese lugar nunca dormía del todo.
Lily entró con el bolso colgando del hombro y las ojeras marcadas de una noche poco generosa.
Había intentado descansar, pero cada vez que cerraba los ojos, una imagen aparecía:
Charlie, apoyado en el marco de la puerta, diciendo con esa voz baja:
“Si me quedo… no me voy a querer ir.”
Y el pecho le hacía boom otra vez.
Suspiró.
El estudio estaba vacío; era demasiado temprano incluso para los más obsesivos.
Dejó el bolso en la esquina, se recogió el pelo en un moño imperfecto y se colocó frente al espejo.
El tobillo seguía sensible, no como un dolor punzante sino como un recordatorio leve, casi dulce, de la noche en que bailó su melodía.
La melodía que no podía sacarse de la cabeza.
Encendió el altavoz, pero no puso música todavía.
Primero calentó.
Le gustaba sentir su cuerpo despertar sin estímulo externo: los músculos tensándose, el equilibrio calibrándose, la respiración empezando a encontrar ritmo.
El mundo entero parecía suspenderse cuando bailaba.
Pero esa mañana algo estaba alterado.
No era su cuerpo.
Era su mente.
La puerta del estudio, aunque cerrada, parecía tener vida propia.
Una parte de ella esperaba verlo aparecer.
Otra parte se moría de miedo por si realmente lo hacía.
Terminó el calentamiento, respiró hondo y puso “L”.
La melodía.
La suya.
La de él.
La que ahora parecía más peligrosa que cualquier salto.
El primer compás llenó la sala.
El piano suave.
El pulso contenido.
La emoción escondida en cada nota.
Y Lily se movió.
Al principio despacio, como si tanteara la temperatura del agua.
Luego más fluido.
Luego más intenso.
El espejo devolvía una imagen que casi no reconocía:
sus mejillas encendidas, la respiración corta, la línea de sus piernas tensándose con una limpieza que hacía semanas no lograba.
La música la sostenía desde dentro.
Pero entonces…
el pomo de la puerta giró.
Ella congeló un giro a medio camino.
El silencio cayó como un golpe.
La puerta del estudio se abrió apenas unos centímetros.
Charlie asomó la cabeza con una sonrisa suave, casi tímida, como si temiera romper la burbuja en la que ella estaba.
—¿Puedo? —preguntó.
Lily se pasó una mano por la sien, intentando controlar la sorpresa… o lo que fuera que le había recorrido el pecho al verlo.
—Sí. Claro.
Él entró despacio, cerrando la puerta con cuidado.
—No quería interrumpir —dijo, metiendo las manos en los bolsillos—.
Solo… pensé que quizá estaría bien verte un momento.
La frase quedó flotando entre ellos, cálida, pequeña y peligrosamente sincera.
Ella respiró hondo, intentando ordenar el temblor que le había subido por la espalda.
—No interrumpes —murmuró.
Él se quedó a un lado, apoyado en la pared, como si estuviera en un museo observando una obra demasiado valiosa.
Sus ojos recorrieron la sala y se detuvieron en ella.
Parecía mirarla distinto.
Como si ya supiera cómo se movía antes incluso de que ella lo hiciera.
—¿Estabas bailando eso? —preguntó él, señalando el altavoz.
—Sí —dijo ella, retirando un mechón del rostro—. La necesitaba.
Él sonrió suave.
—Yo también.
Había algo peligroso en esa frase.
Algo bonito.
Lily volvió al centro de la sala.
—Voy a repetir una secuencia.
¿Te importa si…?
—Hazlo —respondió Charlie, y su voz tenía ese tono tranquilo que hacía que todo pareciera más fácil de lo que realmente era—. Estoy bien aquí.
La música volvió a sonar.
Y ella volvió a moverse.
Pero esta vez lo hacía con él mirándola.
Y eso cambiaba todo.
Sentía su atención atravesarla como calor.
Era como bailar al borde de algo nuevo, algo que podía romperla o reconstruirla.
En un giro, perdió un segundo el equilibrio.
Solo un segundo.
Pero suficiente para que él se moviera instintivamente.
—Cuidado —dijo, acercándose sin pensarlo.
Ella se tambaleó hacia atrás.
Él la sostuvo por la cintura.
Sus dedos, cálidos, firmes, quedaron apoyados sobre la lycra de sus mallas.
Ella sintió el contacto como una descarga.
No se apartó inmediatamente.
Y él tampoco.
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Editado: 01.01.2026