La distancia de una nota

El estudio donde se aprende a escuchar

La tarde había ido cayendo sobre el campus como una manta pesada.
Las luces del conservatorio se encendían una a una, parpadeando antes de estabilizarse. Afuera, el aire tenía esa humedad fría de enero en Nueva York, y los estudiantes caminaban deprisa, encogidos en sus abrigos.

Lily había pasado las últimas dos horas en la sala de danza intentando pulir una secuencia para la actuación de primavera, pero no lograba concentrarse.
Su cuerpo respondía, sí.
Sus pies sabían lo que debían hacer.
Pero su mente volvía una y otra vez al mismo sitio:

Charlie.

Su mano en su cintura.
El sonido de su respiración cercana.
La forma en que la había mirado cuando dijo:
“Si sigo así voy a querer besarte otra vez.”

Lily se apoyó en la barra, respirando hondo.
El espejo le devolvió la imagen de alguien confundida, nerviosa y—lo odiaba admitir—feliz.

Guardó sus cosas y salió antes de tiempo.
Necesitaba aire.
O ruido.
O silencio.

No sabía qué necesitaba.

Caminó sin pensar demasiado, siguiendo pasillos que ya conocía de memoria, hasta que se encontró frente a una puerta que nunca había cruzado.

Estudio de Producción 3B.

El pequeño rectángulo de cristal enseñaba apenas una esquina de la mesa: cables, un teclado MIDI, dos altavoces medianos, una luz cálida encendida en el interior.

Y una silueta familiar, inclinada sobre la pantalla del portátil.

Su corazón dio un salto torpe.

Charlie.

Sin querer, levantó la mano para tocar la puerta.
La bajó.
Respiró.
La volvió a subir.

Antes de decidirse, él levantó la cabeza como si hubiese sentido algo.

Sus miradas chocaron a través del cristal.

Charlie parpadeó, sorprendido, y después su expresión se suavizó, como si estuviera viendo algo que le hacía bien.

Se levantó y abrió la puerta sin decir nada.

—Hola —dijo Lily, con una voz que no sabía que tenía.

—Hola —respondió él, con esa media sonrisa que siempre parecía escaparle sola.

Parecía cansado.
El cabello despeinado, las mangas de la sudadera subidas hasta los antebrazos, un auricular colgando del cuello.
Pero tenía un brillo en los ojos que ella reconoció inmediatamente:
estaba creando.

—¿Te… interrumpo? —preguntó ella.

—Si fueras a interrumpirme, no habría abierto la puerta —respondió él, ladeando la cabeza.

Lily rió muy suave.

Charlie se apartó para que pasara.

El estudio era pequeño, casi íntimo.
Apenas cabían la mesa, una silla, una estantería con cables enrollados y un pequeño sofá contra la pared.
Pero tenía algo acogedor, cálido, como si fuese un refugio más que un sitio de trabajo.

Lily entró despacio.
Miró alrededor con una mezcla de curiosidad y vértigo.

—Este es tu sitio —murmuró.

—Sí.
Donde me escondo de la vida —respondió él, cerrando la puerta.

Ella sonrió.

—Me gusta.

Charlie la observó un segundo, como si quisiera memorizar ese momento:
Lily de pie en su estudio, con la luz cálida sobre los hombros, mirando todo con asombro silencioso.

—¿Qué estabas haciendo? —preguntó ella.

—Una pista para… —se interrumpió, rascándose la nuca—. Bueno. Para nada en especial.

Lily frunció los labios.

—Mentira.

Charlie la miró, sorprendido.

—¿Cómo que mentira?

—La conocí ayer —dijo ella, acercándose a la mesa—. Esa melodía no era “nada en especial”.

Charlie abrió la boca.
La cerró.
Volvió a abrirla.

—Bueno… sí.
Vale.
No era nada en especial… pero tampoco estaba lista.

—¿Puedo escucharla? —preguntó Lily.

—¿Ahora?

—Ahora.

Charlie la miró un instante, dudando.
Era como mostrarle algo desnudo, sin pulir, sin proteger.

Pero ella estaba allí.
Y él quería que lo estuviera.

—Vale —dijo finalmente—. Ven.

Se sentó en la silla delante del ordenador.
Ella se inclinó por detrás para ver la pantalla.

Mal movimiento.

Su respiración rozó la nuca de Charlie.
Sus manos cayeron a ambos lados del respaldo.
Su pecho, muy cerca de su hombro.

Él tragó saliva con tanta fuerza que creyó que ella lo escucharía.

—¿Qué parte es esta? —murmuró ella, señalando un bloque azul en la pantalla.

Charlie se obligó a concentrarse.

—La base.
El cuerpo de la canción.




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