La distancia de una nota

La distancia minima

El estudio estaba más cálido de lo habitual, quizá por el aire que salía de los ordenadores, o quizá porque Charlie llevaba allí encerrado una hora más de lo que había planeado. El sonido repetido de una misma pista llenaba el espacio, como si intentara tallarla a fuerza de insistencia.

Lily dudó frente a la puerta.

No debería venir dos veces el mismo día.
No debería necesitar estar cerca de él tan a menudo.
No debería sentir este tirón extraño, como si sus pies supieran exactamente dónde ir sin que ella decidiera nada.

Pero, aun así, tocó.

Suavemente.

Charlie levantó la cabeza, sorprendido, y después sonrió. Una sonrisa pequeña, involuntaria, de esas que aparecen antes de que el cerebro dé permiso.

—Pasa —dijo.

Ella entró.
Él bajó un poco el volumen.
El estudio se quedó en un murmullo cálido, íntimo.

—No sabía si seguirías aquí —dijo ella.

—No sabía si vendrías —respondió él.

Se quedaron así un segundo.
Mirándose.
Demasiado conscientes del beso que no habían repetido.
Demasiado conscientes de que, si se acercaban un centímetro más, podría volver a ocurrir.

Lily se aclaró la garganta y dejó el bolso en el sofá.

—Quería… —mordió el labio, frustrada consigo misma— entender mejor la parte del final. La secuencia de pasos que hicimos hoy no me termina de encajar con tu ritmo.

Charlie ladeó la cabeza.

—¿Quieres que te lo enseñe?

Ella asintió.

Él respiró hondo, como si se preparara para entrar en terreno peligroso.

—Ven —dijo suavemente.

Lily dio un paso.
Charlie giró ligeramente la silla, abriendo espacio entre él y la mesa.

—Si te inclinas por aquí puedes ver la forma de onda —explicó, señalando la pantalla—. Esta parte es donde empieza el cambio de pulso.

Lily se inclinó hacia la pantalla.

Demasiado.

Lo suficiente como para que su mano resbalara en el borde de la mesa.
Lo suficiente para perder el equilibrio.
Lo suficiente para que su cuerpo cayera justo hacia él.

Charlie apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Ella cayó sobre su regazo.
Ni un golpe fuerte, ni una torpeza exagerada.
Solo el peso suave de su cuerpo encontrando el suyo.

Ambos se quedaron congelados.

Ella con las manos apoyadas a cada lado de sus hombros.
Sus caderas sobre sus muslos.
El calor atravesando la tela de ambos.

Él con las manos levantadas instintivamente, como si no supiera dónde ponerlas.

Sus respiraciones chocaron.

Un silencio espeso llenó el estudio.

—Perdón —susurró ella, roja hasta las orejas.

—No pasa nada —dijo él, demasiado rápido.
Y luego bajó la voz—.
De verdad.
No pasa nada.

Ella intentó incorporarse… pero él, sin querer, movió una mano para sostenerla y la colocó justo en su cintura.

La yema de sus dedos tocó la piel a través de la lycra.
Ella tembló.
Literalmente tembló.

Charlie apretó la mandíbula.
Su respiración se volvió irregular.

—Espera —dijo él con voz grave, como si cada palabra le costara—.
Te ayudo.

Ella alzó la vista.
Sus caras estaban demasiado cerca.
Sus labios también.

Charlie apartó la mirada un segundo, controlándose.
Se obligó a retirar la mano de su cintura, aun cuando su cuerpo le suplicaba que no lo hiciera.

Lily se sentó al borde de la mesa, intentando recuperar la dignidad y el equilibrio emocional.
Fail.

Charlie se pasó una mano por el pelo.

—Vale —dijo, respirando hondo—.
Veamos esa secuencia.

Ella asintió, aunque su corazón seguía golpeando en su pecho.

Charlie se levantó.
Ella también.
La sala parecía más estrecha, como si el aire hubiese cambiado de densidad.

—La parte complicada —explicó él, moviendo la pista— es cuando entras medio segundo antes del beat. Lo haces bien, pero creo que puedo mostrarte cómo se siente en el cuerpo.

Ella lo miró.

—¿Cómo… vas a mostrarme algo de danza?

Él sonrió, avergonzado.

—No voy a bailar —dijo—.
Pero sí puedo decirte dónde está el eje.
Si quieres.

Ella no sabía si lo quería.
Sabía que lo necesitaba.

Asintió.

Charlie dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Hasta quedar tan cerca que ella pudo oler el jabón de su sudadera.

Levantó una mano, despacio.
Buscando permiso en su mirada.

Ella lo dio sin hablar.




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