La distancia de una nota

Lo que ya no se puede deshacer

El campus tenía un tipo de silencio que no era paz; era cansancio.
Los edificios seguían encendidos como si aún esperaran gente, pero las ventanas reflejaban pasillos vacíos y aulas apagadas. La nieve de días anteriores quedaba en manchas grises en las esquinas, apretada contra las aceras por botas y ruedas de maletas. Nueva York rugía al fondo, constante, pero allí dentro todo parecía amortiguado, como si el conservatorio respirara más despacio cuando la mayoría se iba.

Charlie salió del edificio de música con la mochila colgándole de un solo hombro, la bufanda mal colocada y los dedos helados. Había pasado la última hora dando vueltas a una mezcla que no terminaba de encajar, no por falta de técnica, sino por otra cosa más incómoda: cada vez que movía un sonido, pensaba en Lily.

La melodía no era solo melodía.
Era ella. Era su cuello cuando inclinaba la cabeza. Era la manera en que apretaba la mandíbula cuando algo no le salía. Era ese gesto mínimo—casi invisible—cuando se mordía el labio y fingía que no estaba nerviosa.

Se había prometido no exagerar.
Se había prometido que podía seguir a lo suyo, que el beso había sido un momento, que lo de mirarse demasiado en los pasillos era un efecto secundario.

Mentira.

No era solo el beso. Era todo lo que vino después: lo torpe, lo bonito, lo insoportable. Lo que había empezado a ocurrir en su cuerpo cada vez que Lily estaba a menos de dos metros. Lo que se le rompía por dentro cuando ella se ponía los auriculares como escudo y se aislaba del mundo, como si él pudiera desaparecer con solo dejar de existir para ella.

Habían pasado días evitando nombrar las cosas.
Y, sin embargo, todo el mundo alrededor parecía nombrarlas por ellos. Una mirada de Leo aquí, una sonrisa de Nina allá, compañeros del conservatorio mirando dos segundos de más, ese tipo de atención que no pregunta, pero ya sabe.

Charlie bajó las escaleras exteriores y cruzó el patio central sin rumbo fijo. La noche le mordía las orejas. Pensó en irse a casa, en meterse en la cama y poner ruido blanco en los auriculares para acallar la cabeza.

Entonces la vio.

Lily estaba sentada en el borde de la fuente—apagada en invierno—con el abrigo a su lado, el pelo recogido a medias y el cuaderno apoyado en las rodillas. Pero no dibujaba. Y lo más raro: no llevaba auriculares. Tenía la mirada clavada en el agua inmóvil del interior de la fuente, como si allí hubiera una respuesta.

Charlie se detuvo.

Durante un segundo pensó que quizá no debía acercarse.
Que quizá era mejor dejarla en su burbuja, respetar el silencio que ella usaba como armadura.

Pero ya estaba cansado de vivir en quizás.
Y estaba más cansado aún de salir de los momentos importantes por miedo a arruinarlos.

Se obligó a caminar.

—Hey —dijo, cuando estuvo lo bastante cerca como para que su voz no pareciera una invasión.

Lily levantó la cabeza. Parpadeó una vez. Luego sonrió… pero no fue esa sonrisa automática que Lily usaba con el resto del mundo. Fue una que llegó tarde, como si hubiera tenido que decidir si tenía fuerzas para sonreír.

—Hola.

Charlie se sentó a su lado, dejando una distancia prudente. No tan lejos como para parecer indiferente, no tan cerca como para hacer que ella se cerrara. El borde de piedra estaba frío. El frío se coló por la tela del pantalón, pero a Charlie le pareció irrelevante.

Se quedaron mirando hacia adelante. La ciudad al fondo. El campus casi vacío. El aire cortando.

Charlie pensó en lo absurdo que era sentir que su vida podía cambiar en un banco junto a una fuente apagada.

Lily se removió. Sus dedos apretaron el cuaderno.

—He estado evitándote —dijo de pronto, sin mirarlo.

Charlie soltó una exhalación que parecía una risa, pero no llegó a serlo.

—Pensé que era cosa mía —respondió.

—No lo es.

Lily se pasó una mano por el pelo, y Charlie notó el temblor mínimo en su muñeca. No era miedo exactamente. Era… tensión contenida. Como una bailarina antes de salir a escena.

—No sabía qué hacer después de… —Lily se detuvo, y Charlie sintió que esa pausa era una cuerda tensa— después de todo.

Charlie no la presionó. No le pidió que repitiera la palabra beso. No quería ponerle una etiqueta a lo que aún dolía un poco por lo bonito.

—Yo tampoco —admitió—. Pero creo que ya no me gusta hacer como si no pasa nada.

Lily lo miró entonces, por fin. De verdad.

En sus ojos no había drama. Había honestidad.

—A mí tampoco.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue un puente.

Charlie se dio cuenta de que estaba respirando más despacio.
De que su cuerpo estaba atento a cada movimiento de Lily, como si temiera que ella se levantara y se marchara.

Lily bajó la mirada a sus manos.

—No quiero que esto se convierta en algo raro —dijo—. Ni en algo que tengamos que analizar todo el tiempo.




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