La mañana siguiente llegó demasiado pronto.
Charlie se despertó antes de que sonara la alarma, con esa sensación rara de no saber exactamente en qué punto estaba su vida. Durante unos segundos se quedó mirando el techo, con la mente en blanco… hasta que todo volvió de golpe.
La fuente.
El frío.
Las manos entrelazadas.
El beso.
Su cuerpo reaccionó antes que su cabeza: una mezcla de calor en el pecho y una presión leve en el estómago, como si estuviera a punto de pasar algo importante otra vez.
—Vale… —murmuró para sí mismo.
No era un sueño.
No había sido un momento aislado.
Había pasado.
Y lo habían elegido.
Se sentó en la cama, pasándose una mano por la cara, intentando ordenar lo que venía ahora. Porque el beso había sido fácil comparado con esto.
¿Qué se hace al día siguiente?
¿Se escribe?
¿Se actúa normal?
¿Se busca a la otra persona?
¿Se espera?
Charlie cogió el móvil.
Ningún mensaje.
No supo si eso le tranquilizó o le puso más nervioso.
Abrió la conversación con Lily.
Escribió: “Buenos días”.
Lo borró.
Escribió: “¿Has dormido?”.
Lo borró también.
Suspiró.
—Eres ridículo —murmuró, dejando el móvil a un lado.
Se levantó.
Ducha rápida.
Ropa cualquiera.
Intento fallido de parecer alguien que no había besado a la chica en la que llevaba semanas pensando.
Lily llevaba despierta desde hacía más tiempo del que quería admitir.
No había dormido mal.
Había dormido poco.
Cada vez que cerraba los ojos, volvía al mismo sitio: la mano de Charlie en su mejilla, la forma en la que la había besado sin prisa, como si no tuviera que demostrar nada.
Eso era lo que más le había descolocado.
No había urgencia.
No había necesidad de impresionar.
No había prisa.
Solo… decisión.
Se sentó en la cama, abrazándose las rodillas.
¿Y ahora qué?
No tenía miedo al beso.
Tenía miedo a lo que venía después.
Porque ahora ya no podía esconderse detrás de la excusa de “no sé qué está pasando”.
Ahora lo sabía.
Y eso implicaba elegir cada día.
Se levantó, se preparó más despacio de lo habitual, como si alargar la rutina fuera a retrasar el momento de verlo.
Spoiler: no lo hizo.
El conservatorio estaba lleno otra vez.
Ruidos, pasos, conversaciones cruzadas, puertas que se abrían y se cerraban sin parar. Todo parecía igual… pero para ellos no lo era.
Charlie llegó antes de lo habitual.
Error.
Eso solo le dio más tiempo para pensar.
Se apoyó en una pared cerca del aula, fingiendo mirar el móvil. En realidad, estaba pendiente de cada persona que giraba el pasillo.
Cuando la vio, lo supo antes de reconocerla del todo.
Lily caminaba con paso firme, pero había algo en su forma de moverse—una ligera tensión en los hombros, una respiración más contenida—que él ya sabía leer.
Ella también lo vio.
Y ese momento—ese segundo exacto en el que sus miradas se encontraron—fue más intenso que el beso de la noche anterior.
Porque ahora no había oscuridad.
No había intimidad.
Había luz.
Gente.
Realidad.
Lily se acercó.
No demasiado rápido.
No demasiado despacio.
—Hola —dijo.
—Hola.
Silencio.
Un silencio distinto al de antes.
No incómodo… pero tampoco resuelto.
Charlie no sabía si acercarse más.
Si tocarla.
Si actuar como siempre.
Lily tampoco.
—¿Has dormido? —preguntó él al final, arrepintiéndose al instante de lo típico que sonaba.
Ella dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Lo justo.
—Yo también.
Otro silencio.
Un grupo de estudiantes pasó a su lado riendo.
La vida seguía sin esperarles.
Lily bajó la mirada un segundo, luego volvió a él.
—Ayer fue real, ¿no? —preguntó, muy bajito.
Charlie no dudó.
—Sí.
Ni una explicación más.
No hacía falta.
Lily asintió, como si necesitara escuchar esa confirmación en voz alta.
—Vale.
Eso cambió algo.
Pequeño.
Pero suficiente.
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Editado: 22.03.2026