La primavera aún no había llegado del todo, pero ya estaba en todas partes.
En la forma en que la luz entraba por los ventanales del conservatorio, más limpia, menos blanca.
En el murmullo de los estudiantes que se quedaban sentados fuera entre clases en lugar de encerrarse enseguida en las aulas.
En las chaquetas abiertas, en los cuellos despejados, en las ventanas entreabiertas que dejaban entrar un aire fresco que ya no cortaba la piel.
También estaba en Lily.
No de forma evidente.
No como una transformación repentina.
Pero sí como algo que se iba notando poco a poco, incluso en la manera en que se movía por los pasillos: más ligera, más distraída, más viva por dentro.
Y Charlie lo notaba todo.
Lo notaba cuando ella se recogía el pelo con una goma en mitad del vestuario antes de entrar a danza.
Lo notaba cuando se reía con Nina y luego, sin darse cuenta, lo buscaba con los ojos al final del pasillo.
Lo notaba, sobre todo, en la forma en que ya no se alejaba de él como antes.
Eso debería haberlo calmado.
No lo hacía.
Porque ahora que Lily no huía, Charlie tenía otro problema mucho peor:
cada vez le costaba más controlar lo que sentía cuando la tenía cerca.
Ese día lo entendió en el momento exacto en que la vio entrar en el aula vacía de ensayo.
El estudio pequeño del fondo, el que usaban los músicos para probar cosas o los bailarines para trabajar solos cuando el resto del edificio estaba demasiado lleno.
Él ya estaba allí, con el portátil abierto y los auriculares colgando del cuello, terminando de ajustar un arreglo para Leo, cuando la puerta se abrió con suavidad.
No levantó la cabeza enseguida.
Pensó que sería cualquiera.
Luego escuchó su voz.
—¿Molesto?
Charlie alzó la mirada.
Y durante un segundo se quedó completamente quieto.
Lily llevaba una camiseta fina de manga larga, color crema, ajustada al cuerpo de una forma simple pero peligrosa, y unas mallas negras. No venía de clase todavía; debía de haber salido antes de tiempo de otro ensayo o haber decidido aprovechar el hueco entre dos horas. El pelo lo llevaba recogido de cualquier manera, con algunos mechones cayéndole por la cara, y traía esa expresión suya de concentración suave que lo volvía idiota.
—No —dijo él, demasiado rápido—.
No molestas.
Ella sonrió un poco, como si ya supiera que él iba a responder así.
—Necesitaba una sala un rato.
Las otras están ocupadas.
—Puedes quedarte —respondió él—.
Yo ya casi termino.
Lily entró y dejó la bolsa junto al espejo.
El estudio era pequeño, demasiado para dos personas que estaban empezando a acostumbrarse a tocarse, a besarse, a mirarse de una forma que ya no tenía nada de inocente.
Charlie volvió al portátil.
O lo intentó.
Porque Lily empezó a estirar.
Y él dejó de ser un chico delante de una pantalla para convertirse en un imbécil completamente atento al sonido de su respiración.
No era solo que fuera hermosa.
Eso ya lo sabía.
Era la forma en que el cuerpo de Lily decía cosas incluso cuando ella no hablaba.
La línea tensa de su espalda cuando levantó los brazos por encima de la cabeza.
La curva breve de su cintura cuando se inclinó hacia un lado.
La precisión con la que sus piernas marcaban cada estiramiento.
El movimiento mínimo de su pecho cuando respiraba más hondo.
Charlie bajó la vista a la pantalla.
Demasiado tarde.
Su cuerpo ya había registrado todo.
Se obligó a concentrarse en los faders, en los niveles, en la reverberación de una pista que Leo había grabado mal la noche anterior.
Duró treinta segundos.
—¿Puedo escucharlo? —preguntó Lily.
Él levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Lo que estás haciendo.
—Ah.
Charlie cerró el proyecto de Leo casi con alivio y abrió otra sesión.
No una de trabajo.
Una de las suyas.
Lily se acercó despacio, descalza sobre el suelo de madera, y se apoyó con una mano en la mesa para mirar la pantalla.
Volvió a pasar.
Demasiado cerca.
Él podía oler su perfume, limpio, casi imperceptible.
Podía notar el calor de su cuerpo junto al suyo.
Podía ver, de reojo, la piel de su cuello donde el cabello no la cubría.
Y lo peor era que ya no quería fingir que eso no le afectaba.
—Esta no la conozco —murmuró Lily.
—No —dijo él—.
La empecé ayer por la noche.
—¿Por qué no me la has enseñado?
Charlie soltó una pequeña risa por la nariz.
—Porque no todo lo que hago está listo para ser escuchado.
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Editado: 22.03.2026