La distancia entre nosotros

Capítulo 1

Suena la alarma de mi móvil y lo primero que hago, casi por instinto, es intentar apagarla. Me quedo unos minutos más en la cama, luchando contra el sueño y buscando cualquier excusa para no levantarme. Debo ir a trabajar, me digo mentalmente. Vamos, levántate, tú puedes. Otro día más.

Me siento en el borde de la cama y me balanceo de un lado a otro, con una pereza que ni yo misma me aguanto. Finalmente, consigo ponerme en pie y me dirijo al baño. Me ducho, me lavo los dientes y después voy a vestirme, todavía con esa sensación de que mi cuerpo sigue dormido, aunque mi cabeza ya esté pensando en todo lo que tengo que hacer.

Mientras desayuno, miro la hora y casi me atraganto con el té. Las nueve y media. Genial. Voy tarde. Me termino la taza de un par de sorbos, dejo el plato en el lavavajillas y salgo de casa a toda prisa.

Subo al coche, dejo el bolso en el asiento del copiloto y enciendo el motor. En cuanto conecto el móvil, empiezan a sonar los primeros acordes de una canción de VNX. Sonrío sin poder evitarlo. De todas las maneras posibles de empezar la mañana, escuchar a mi grupo favorito es, sin duda, una de las mejores.

Los sigo desde hace años y su música tiene algo que siempre consigue transportarme a otro lugar, aunque solo sea durante los tres minutos que dura una canción. Me enamora su manera de transmitir emociones, las letras que parecen hablarte directamente y esas melodías que se te quedan dando vueltas en la cabeza durante todo el día. A veces basta con escuchar los primeros segundos para que se me olvide el estrés, el sueño o incluso el motivo por el que me había levantado de tan mal humor.

Empiezo a tararear el estribillo mientras salgo del aparcamiento.

We don't break, we rise again…

Me sé la frase de memoria. La he cantado tantas veces que ya no necesito pensar en las palabras; simplemente salen, acompañadas de una sonrisa que hace unos minutos parecía imposible.

Porque sí, todos pasamos por momentos en los que llegamos a cuestionarnos a nosotros mismos, en los que sentimos que no podemos más y que, por mucho que lo intentemos, seguimos atrapados en el mismo lugar. Yo también estuve ahí. Hubo una época en la que me costaba encontrar motivos para seguir adelante, en la que incluso los días más sencillos parecían demasiado difíciles. Y, aunque ellos nunca sabrán hasta qué punto su música llegó a significar algo para mí, VNX me ayudó a salir de aquel hoyo cuando más lo necesitaba.

Quizá por eso sigo escuchándolos después de tantos años. No son solamente un grupo de música para mí. Son recuerdos, emociones y una parte de mi vida que siempre llevaré conmigo. Sus canciones estuvieron ahí cuando yo sentía que no tenía a nadie a quien acudir, y todavía hoy consiguen recordarme que, incluso después de las épocas más oscuras, una puede volver a encontrar su propia luz.

Cuando llego al estudio, la canción está terminando. Aparco frente al local, recojo mi bolso y bajo del coche mientras repaso mentalmente las citas del día. Tengo dos tatuajes programados por la mañana, una consulta para un diseño personalizado y varias ilustraciones pendientes que llevo días intentando terminar. A eso hay que sumarle los mensajes que seguramente se han acumulado durante la noche y cualquier imprevisto que decida aparecer para recordarme que organizarse demasiado tampoco sirve de mucho.

Abro la puerta y el olor familiar del estudio me recibe de inmediato. Hay algo reconfortante en volver a un lugar que lleva tanto de ti. Las paredes oscuras, la iluminación cálida, las plantas repartidas por los rincones y las ilustraciones enmarcadas crean ese ambiente que buscaba cuando imaginé cómo quería que fuera mi propio espacio. No quería un local frío ni demasiado clínico, pero tampoco uno en el que la estética estuviera por encima de la higiene y la profesionalidad. Quería que quien entrara sintiera que estaba en un lugar donde el arte importaba tanto como la persona que iba a llevarlo en la piel.

Y, después de todo el tiempo que me ha costado construirlo, creo que lo he conseguido.

—Buenos días, jefa.

La voz de Sara, mi recepcionista, llega desde el mostrador antes de que pueda dejar el bolso.

Levanto la cabeza y la encuentro revisando la agenda en el ordenador, con una taza de café al lado y una expresión que me hace sospechar que está a punto de decir algo que no me va a gustar.

—Por esa sonrisa, diría que tienes algo que reprocharme.

—¿Yo? Jamás. Solo estaba pensando que hoy has llegado especialmente puntual.

Miro el reloj de la pared y después vuelvo a mirarla.

—Son las nueve y cincuenta y ocho.

—Y tu primera cita es a las diez.

—Por eso mismo.

—Claro. La puntualidad es relativa.

Dejo escapar una carcajada mientras paso detrás del mostrador para saludarla con un beso en la mejilla. No hay nada como llegar tarde y que alguien se encargue de recordártelo antes incluso de que te hayas quitado el abrigo.

—¿Ha venido ya la primera clienta?

—Todavía no. Pero ha escrito para avisar de que está de camino. También tienes tres consultas nuevas, dos personas preguntando por disponibilidad para el mes que viene y una chica que quiere que le respondas personalmente porque dice que lleva meses siguiendo tu trabajo.




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