La distancia entre nosotros

Capítulo 2

Me despierto unos minutos antes de que suene la alarma y, por un instante, tengo la sensación de que algo no va bien. Abro los ojos, miro el techo y trato de recordar que tenía que hacer hoy. No tardo demasiado en acordarme de que es martes, tengo varias citas en el estudio y una lista de pendientes que, por alguna razón, parece crecer cada vez que consigo tachar algo.

Giro la cabeza hacia la mesilla y miro la hora en el móvil. Todavía me quedan diez minutos antes de que suene la alarma.

Diez minutos.

Podría levantarme, aprovecharlos y empezar el día con buen pie. También podría cerrar los ojos un momento y fingir que no he visto la hora.

Creo que todos sabemos cuál de las dos opciones gana.

Cuando vuelvo a abrir los ojos, la alarma está sonando y yo sigo exactamente en la misma posición. Suelto un suspiro, alargo el brazo para apagarla y me incorporo con la dignidad de alguien que acaba de perder una batalla contra su propia cama.

—Buenos días a ti también —murmuro, mirando el móvil como si tuviera la culpa.

Me levanto antes de que mi cerebro empiece a negociar otros cinco minutos, voy directa al baño y me preparo para el día. Esta mañana no tengo intención de repetir el espectáculo de ayer. Me he propuesto desayunar con calma, salir a mi hora y llegar al estudio sin que Sara tenga motivos para hacer comentarios sobre mi puntualidad.

No parece un objetivo demasiado ambicioso, aunque conociéndome tampoco me atrevería a darlo por hecho.

Mientras preparo el desayuno, pongo música y dejo que la cocina se llene de una melodía que conozco de memoria. Me gusta empezar las mañanas así, con algo que me acompañe mientras termino de despertarme. No necesito ponerme a cantar a pleno pulmón ni organizar una coreografía en mitad del salón, aunque admito que alguna vez ha ocurrido. Vivo sola y, mientras no moleste a los vecinos, considero que tengo derecho a disfrutar de mis pequeños conciertos privados.

Termino de desayunar, recojo lo que he utilizado y reviso el bolso antes de salir. Llaves, cartera, móvil, auriculares. Todo está en su sitio. Me detengo un momento frente al espejo de la entrada para colocarme bien el pelo y sonrío al darme cuenta de que, por una vez, no voy a salir corriendo de casa.

Quizá todavía haya esperanza para mí.

El trayecto hasta el estudio transcurre sin incidentes. El tráfico es bastante llevadero y consigo llegar con tiempo suficiente para aparcar, recoger mis cosas y entrar sin tener que inventarme una excusa. Cuando abro la puerta, Sara levanta la mirada desde el mostrador. Primero mira el reloj y después me mira a mí.

—No puede ser.

Dejo el bolso sobre el mostrador y frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Has llegado pronto.

—Buenos días, Sara. Yo también me alegro de verte.

—No, espera. Necesito asimilarlo. ¿Te encuentras bien? ¿Te ha pasado algo? ¿Quieres que llame a alguien?

Me llevo una mano al pecho, fingiendo estar ofendida.

—Vengo a trabajar y así me recibes. Qué bonito todo.

—Perdona, es que no todos los días se presencia un acontecimiento histórico.

No consigo mantener la seriedad y termino riéndome con ella. Sara tiene esa facilidad para convertir cualquier cosa en una broma, incluso cuando estamos hasta arriba de trabajo. A veces me pregunto cómo consigue tener tanta energía desde primera hora de la mañana, especialmente teniendo en cuenta que yo necesito al menos un café y unos minutos de silencio antes de poder mantener una conversación coherente.

—Por cierto —añade mientras vuelve a mirar la pantalla—, tienes una clienta que ha escrito para confirmar la cita y otra que quiere cambiar la suya. También ha llegado un correo sobre las reservas del mes que viene.

—¿Algo urgente?

—Nada que no pueda esperar a que dejes el bolso y te tomes el café que llevas mirando desde que has entrado.

Miro la taza que ha dejado junto al ordenador y después vuelvo a mirarla.

—¿Ese café es mío?

—No. Es mío. Pero puedo hacerte otro si prometes no volver a llegar tarde mañana.

—No voy a firmar nada sin leer la letra pequeña.

Sara se ríe y yo me dirijo a la pequeña zona que tenemos para descansar. Dejo mis cosas, preparo otro café y aprovecho para revisar mentalmente las citas del día. Tengo una sesión por la mañana, una consulta para un diseño personalizado y dos tatuajes por la tarde. Nada especialmente complicado, aunque he aprendido que los días más tranquilos pueden torcerse en cuestión de minutos.

Cuando regreso a la zona de trabajo, Cristina ya está preparando su estación. Tiene el pelo recogido y está revisando unas referencias en su tableta. Me acerco para saludarla y dejo mi taza en un lugar seguro, lejos de cualquier cosa que pueda acabar manchada.

—Buenos días.

Levanta la vista y me observa con una expresión extraña.

—¿Qué ha pasado?

—¿Por qué todo el mundo me pregunta eso hoy?

—Porque Sara acaba de anunciar que has llegado antes de tu hora. Pensaba que era una broma.




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