El viernes llegó casi sin darme cuenta.
La semana había sido bastante normal, dentro de lo que cabía en una vida en la que siempre había algo que hacer. Había tenido varios tatuajes, algunos diseños pendientes y más de una conversación con clientes que parecían necesitar hablar tanto como yo necesitaba concentrarme en mi trabajo. Nada fuera de lo habitual. Sin embargo, llevaba unos días con una sensación extraña, como si estuviera cansada incluso después de dormir y cualquier pequeña cosa me costara un poco más de lo normal.
No era algo que pudiera explicar con facilidad. Tampoco tenía ganas de ponerme a analizarlo demasiado. Había aprendido que no todos los días necesitaban una respuesta y que, en ocasiones, lo mejor era seguir adelante hasta que aquella sensación decidiera marcharse por su cuenta.
Aquella tarde estaba terminando de recoger mi puesto cuando Sara apareció junto a mi mesa con el bolso colgado del hombro y una expresión que conocía demasiado bien.
—Dime que no has olvidado que hoy tenemos planes.
Levanté la mirada del recipiente en el que estaba guardando las últimas cosas y sonreí.
—Buenas tardes a ti también.
—Buenas tardes. Ahora dime que te acuerdas.
—Me acuerdo.
—¿Y vas a venir?
Dejé el recipiente en su sitio y me quité los guantes.
—Sara, llevo toda la semana escuchándote hablar de esta salida. Creo que, aunque quisiera olvidarla, no podría.
—Perfecto. Entonces solo necesito confirmar una cosa: ¿vas a intentar cancelar cuando llegues a casa?
La miré con fingida indignación.
—¿Qué clase de persona crees que soy?
—Una que disfruta muchísimo de estar en su sofá con ropa cómoda, un libro y música de fondo.
—Eso suena bastante bien, la verdad.
—¡Elsa!
Me eché a reír justo cuando Cristina salió de la pequeña zona que utilizábamos para guardar nuestras cosas. Llevaba la chaqueta puesta y las llaves en la mano.
—¿Ya está intentando escaquearse? —preguntó.
—Estoy rodeada de gente que no confía en mí.
—No es falta de confianza —respondió Cristina—. Es experiencia.
Las dos se echaron a reír y yo negué con la cabeza, aunque no pude evitar sonreír. La verdad era que me venía bien tenerlas cerca.
—Está bien —dije, cogiendo mi bolso—. Voy a casa, me cambio y nos vemos allí.
Sara me señaló con un dedo.
—Eso ha sonado sospechosamente razonable.
—Disfruta de este momento. No suele ocurrir.
—Lo sé. Por eso estoy intentando memorizarlo.
Salimos juntas del estudio y nos despedimos en la puerta. Cada una tenía que pasar por casa antes de quedar en el centro, así que nos citamos una hora después en una calle peatonal llena de restaurantes y pequeños locales. Caminé hasta mi coche con una sonrisa todavía en los labios y, por primera vez en varios días, sentí que quizá aquella noche me vendría bien.
No necesitaba hacer nada especial. Solo salir un rato, comer algo rico y hablar de cualquier cosa que no tuviera que ver con el trabajo.
A veces, eso era suficiente.
Cuando llegué a casa, dejé las llaves en el cuenco de la entrada y fui directamente al dormitorio. Abrí el armario y me quedé mirando la ropa durante unos segundos, preguntándome por qué siempre parecía más complicado elegir qué ponerme cuando no tenía ningún motivo para hacerlo.
Terminé escogiendo unos vaqueros oscuros, una blusa negra y una chaqueta ligera. Me recogí el pelo durante un momento, pero volví a soltarlo casi enseguida. Después me maquillé un poco, lo justo para sentirme arreglada sin dejar de parecer yo.
Mientras me ponía los pendientes, el móvil vibró sobre la cómoda.
Era un mensaje de Lucas.
Lucas: ¿Qué planes tienes esta noche?
Le respondí mientras buscaba mis zapatos.
Yo: Salgo a cenar con Sara y Cristina.
Su respuesta llegó enseguida.
Lucas: ¿Tú? ¿Un viernes por la noche? ¿Quién eres y qué has hecho con mi hermana?
Sonreí y me senté en el borde de la cama para contestarle.
Yo: Muy gracioso.
Lucas: Disfruta. Y no hables de tatuajes durante toda la cena.
Yo: No prometo nada.
Lucas: Lo sabía. Eres incapaz de desconectar.
Dejé el móvil sobre la cama, todavía sonriendo. Mi hermano tenía esa capacidad de hacerme reír incluso cuando no me encontraba del todo bien. No necesitaba preguntarme diez veces cómo estaba ni insistir para que le contara cosas que todavía no sabía poner en palabras. Simplemente estaba ahí, con sus bromas de siempre y esa forma tan suya de demostrarme que se acordaba de mí.
Me calcé, cogí el bolso y salí de casa.