La distracción del mafioso

Capitulo 1

El rugido constante de la ciudad era la banda sonora habitual para ALESSANDRO MORETTI (30). Sentado en el asiento trasero de su sedán blindado, los informes financieros en su mano parecían insignificantes. No había distracciones; solo cifras, tratos y el próximo movimiento en su tablero de ajedrez personal. Su chófer, LEO, conducía con la precisión de quien conoce la rutina al milímetro.
El coche avanzaba lentamente entre el tráfico denso. Alessandro, con su traje impecable y una expresión que pocas veces se relajaba, ni siquiera miraba por la ventana. Las calles de la ciudad eran un lienzo repetitivo de asfalto y hormigón.
Hasta que…
Un golpe seco. No un choque, sino la vibración repentina de un freno de emergencia. El sedán se detuvo en seco, lanzando los informes de Alessandro sobre el asiento.
Alessandro levantó la vista, una mueca de fastidio cruzando su rostro. Un retraso era un lujo que no se podía permitir.
A través del parabrisas, la vio.
VALENTINA (19). Una universitaria con unos jeans desgastados, una camiseta ancha y una melena oscura que atrapaba la luz del sol. Llevaba unos cascos grandes que cubrían sus orejas, y sus ojos estaban pegados a un libro de texto que casi besaba su nariz. Estaba cruzando la calle, pero no caminando, sino flotando, absorta en su propio universo, completamente ajena al peligro que acababa de esquivar por un milagro de milisegundos.
Leo, el chófer, se giró, con el rostro pálido.

LEO > ¡Lo siento, señor! No la vi... Salió de la nada.

Alessandro no respondió. Su mirada, que hasta hace un momento analizaba beneficios, ahora estaba congelada en la figura de la chica. No había enojo. Solo… una pausa. Un silencio que no había sentido en años, tal vez nunca.
Valentina, con la punta de un zapato aún a milímetros del parachoques del coche, finalmente levantó la vista. No era la mirada asustada que cualquier otra persona le hubiera ofrecido. No. Era una mirada de leve inconveniencia, como si un mosquito acabara de interrumpir su lectura. Sus labios se movieron, posiblemente en un "¿Disculpe?" o un "¿Qué ha pasado?". Era imposible saberlo con los cascos puestos.
Se encogió de hombros, con un gesto tan despreocupado que rozaba lo insolente. Luego, sin esperar una respuesta, ni una disculpa, ni un reproche, simplemente siguió su camino. Los hombros ligeramente encorvados por el peso de la mochila, las páginas de su libro meciéndose con el aire. Se perdió entre la gente, como si la vida diaria de un mafioso y el peligro de un atropello fueran solo parte del telón de fondo de su universo estudiantil.
Alessandro observó cómo desaparecía por la entrada de un campus universitario cercano. No había miedo en ella. No había reconocimiento. Solo la inocencia de quien no sabe con qué tipo de fuego acaba de jugar.
Su mano se dirigió a un botón en el reposabrazos. El cristal tintado de su ventanilla bajó silenciosamente. El aire de la calle, que solía considerar contaminado, ahora parecía llevar un rastro de algo, una chispa que lo había golpeado.

ALESSANDRO > Encuéntrenla.

La voz de Alessandro era baja, casi un susurro. No había pregunta, solo una orden que no admitía objeciones.

LEO > ¿A quién, señor?

ALESSANDRO > A la chica. La que acaba de cruzar. Quiero su nombre, su carrera, su expediente, sus padres, hasta su bebida favorita. Quiero todo. Y lo quiero para esta noche.

Leo tragó saliva. Sabía que cuando Alessandro usaba ese tono, no había vuelta atrás. Aquello no era una simple curiosidad; era el inicio de algo. Algo peligroso.
Alessandro se recostó en el asiento. Los informes seguían en el suelo. Su mirada, ahora fija en el punto donde ella había desaparecido, estaba teñida de una obsesión naciente. No entendía por qué, no entendía cómo, pero su mundo, el mundo meticulosamente construido de un hombre de 30 años que lo controlaba todo, acababa de detenerse. Y ella, una universitaria de 19, era la razón.
El semáforo cambió a verde. El tráfico comenzó a moverse. Pero para Alessandro, el tiempo se había detenido con el chirrido de esos frenos.




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