INT. CAFETERÍA UNIVERSITARIA - DÍA
El bullicio de la cafetería universitaria es el sonido de la vida estudiantil. VALENTINA está inmersa en su mundo, su portátil abierto, rodeada de libros y hojas garabateadas. Un pequeño boceto a mano alzada de una fachada moderna descansa junto a su teclado. Muerde la punta de su lápiz, el ceño ligeramente fruncido en concentración.
Una sombra, profunda y repentina, se proyecta sobre su mesa.
ALESSANDRO > Buenos días, Valentina.
La voz es grave, resonante, con un deje de autoridad innata. Valentina levanta la cabeza de sus apuntes, sus ojos buscando la fuente. Es ÉL. El hombre del coche. El hombre del choque. La molestia de sus dos encuentros anteriores resurge, pero esta vez, acompañada de una pregunta molesta que hace arder sus mejillas.
VALENTINA > ¿Usted otra vez?
Su tono es cortante, sin ningún atisbo de amabilidad. Se cruza de brazos, una clara señal de "no me moleste". Pero un detalle la golpea de inmediato.
VALENTINA > Y... ¿cómo sabe mi nombre?
La pregunta flota en el aire, cargada de una mezcla de sorpresa, incredulidad y una creciente desconfianza. Ella no le ha dicho su nombre.
Alessandro sonríe. Es una sonrisa que no llega a sus ojos, una expresión calculada. Extiende una mano, y en ella sostiene un pequeño fragmento de papel rasgado.
ALESSANDRO > Esto es suyo. Se le desprendió esta mañana. Parte de un... puente, si no me equivoco. En cuanto a su nombre... digamos que tengo mis maneras de enterarme de las cosas.
Valentina mira el trozo de plano. Es una sección minúscula de la estructura del puente peatonal que está diseñando para su proyecto final. La vergüenza de su despiste es instantánea, pero la intriga por su comentario sobre su nombre la hace estar más alerta que nunca.
VALENTINA > Oh. Eh... sí. Gracias.
Toma el fragmento con rapidez, como si le quemara la mano. Lo examina, luego clava sus ojos en los de Alessandro, la desconfianza ya evidente.
VALENTINA > "Sus maneras"... ¿Qué significa eso? No me hace ninguna gracia que me investigue. Y le pido, por favor, que no lo vuelva a hacer.
Sus palabras son directas, su voz firme, aunque un ligero temblor apenas perceptible la delata. Es una amenaza velada, una advertencia.
Alessandro inclina ligeramente la cabeza. Sus ojos se oscurecen. El desafío. Esto era nuevo. Esto le gustaba. No era la huida, sino el enfrentamiento.
ALESSANDRO > Digamos que cuando algo me llama la atención, me gusta saber con quién trato. Y usted, señorita Rojas, es bastante... singular.
ALESSANDRO > Digamos que cuando algo me llama la atención, me gusta saber con quién trato. Y usted, señorita Rojas, es bastante... singular.
VALENTINA > No me interesa su interés, ni su "singularidad", ni sus "maneras". Y no soy un objeto para su investigación. Ya me ha devuelto mi papel. Ahora, si me disculpa, tengo trabajo. Y le repito: no quiero que me investigue. Ni que se acerque a mí.
Ella hace un movimiento claro para volver a sus apuntes, cerrando el portátil como si quisiera poner una barrera física entre ellos.
Alessandro la observa. Su expresión es impasible, pero por dentro, una corriente eléctrica de emoción recorre su cuerpo. La Valentina que se defendía, que ponía límites, que le miraba a los ojos sin miedo... ¡era aún más fascinante! Su negativa no lo echa para atrás, lo anima.
ALESSANDRO > ¿Siempre es tan... directa, Valentina?
VALENTINA > Siempre es tan... invasivo, usted.
La réplica de Valentina sale rápida, sin mencionar su nombre, sino usando "usted". El tono es claro: no hay familiaridad.
ALESSANDRO > Digamos que cuando algo me atrae, no me rindo fácilmente. Y usted, con todo su fuego, con toda su honestidad, me atrae.
Valentina abre los ojos un poco más, sorprendida por la franqueza de sus palabras. Luego, su enfado regresa con más fuerza.
VALENTINA > ¡Pues no debería! Tengo una vida, unos estudios, un futuro que no incluye a gente... como usted. No sé qué quiere, pero no lo va a conseguir de mí.
Ella se levanta, metiendo a toda prisa sus libros en la mochila, claramente dispuesta a irse.
ALESSANDRO > Mi línea de trabajo consiste en asegurar lo que es mío. En construir imperios. Y en eso, soy muy bueno.
Sus ojos se posan en el boceto a mano alzada de su mesa, el que ella estaba dibujando antes de que él llegara.
ALESSANDRO > Veo que usted también construye. Pero sus cimientos, ¿serán lo suficientemente fuertes para lo que viene?
Valentina se congela. El tono de sus palabras era más una advertencia que una pregunta. ¿Lo que viene? ¿Qué significaba eso?
VALENTINA > Mis cimientos son el trabajo duro y la honestidad. Y créame, son más fuertes de lo que imagina. Y son inquebrantables.
Termina de cargar su mochila y se la echa al hombro. Lo mira por última vez, una mirada de desafío puro.
Sin esperar respuesta, se da la vuelta y se aleja a paso rápido, desapareciendo entre la multitud de estudiantes.
Alessandro se queda de pie junto a la mesa vacía. Una sonrisa lenta y peligrosa se dibuja en sus labios. El eco de sus palabras, su desafío, resonaba en él. Era un reto, una promesa velada.
ALESSANDRO (V.O.)
Inquebrantables, dice. Ya lo veremos, Valentina. Ya lo veremos.
Se sienta en la silla que ella acaba de dejar, su mirada fija en el lugar por donde ella se ha ido. El juego apenas ha comenzado. Y el desafío de Valentina solo lo hace más interesante. Saca un móvil y con una sonrisa en sus labios, redacta un breve mensaje.
INT. COCHE DE ALESSANDRO - DÍA
Alessandro está en el asiento trasero. Leo conduce. Alessandro tiene el teléfono en la mano, leyendo la respuesta.
LEO > Señor, ¿algún problema?
ALESSANDRO > Ninguno, Leo. Solo que esta chica me ha obligado a presentarme correctamente.
Alessandro se vuelve hacia la ventana, la sonrisa aún en su rostro. Sus labios se mueven, casi sin sonido.
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Editado: 17.04.2026