*Capítulo 16: La Resaca del Incidente*
INT. APARTAMENTO DE VALENTINA - NOCHE
Valentina entra en su apartamento, aún temblando de rabia y de una excitación inconfesable. La bofetada ha resonado no solo en la mejilla de Alessandro, sino en su propia alma. Se mira al espejo. ¿Qué acaba de pasar? ¿Qué era esa chispa que sintió por un instante, antes de que la furia la dominara?
Se ducha con agua fría, intentando lavar la sensación de los labios de Alessandro en los suyos. El recuerdo es vívido, intrusivo. Odia que él haya sido capaz de provocarle algo, incluso por un microsegundo.
Su teléfono vibra. Un mensaje de Sofía.
SOFÍA > ¿Todo bien? No me contestaste la llamada y estoy preocupada. ¿Cómo fue la exposición? ¿Y el psicópata ese?
Valentina duda. No puede contarle lo del beso. ¿Cómo explicarlo? "Tuve un momento de pasión innegable con el psicópata que me acosa, y luego le di una bofetada". No, no suena bien.
VALENTINA (MENSAJE) > Todo bien. Larga historia. Mañana te cuento en la universidad. Nos vemos.
Miente. No está bien. Y no sabe si podrá contarlo mañana. Se acuesta, pero el sueño no llega. La mejilla enrojecida de Alessandro y esa sonrisa de satisfacción lo persiguen.
INT. OFICINA DE VALENTINA - LUNES POR LA MAÑANA
Valentina entra en su oficina. El aire está cargado. Se sienta en su silla, y de inmediato, su mirada se dirige al cajón donde guardó la pulsera. La saca. La mira. Una pulsera que ahora representa no solo un regalo intrusivo, sino el campo de batalla de un beso robado y una bofetada.
En ese momento, la puerta se abre. No es Alessandro. Es Leo.
LEO > Buenos días, señorita Rojas. El señor Alessandro está en una reunión importante. Me ha pedido que le informe que la joyería ha enviado las muestras de las piedras para su selección. Están en el archivo de diseño, en la mesa auxiliar.
Leo la mira, su expresión impasible, pero hay una ligera curvatura en sus labios. Él lo sabe.
VALENTINA > No voy a elegir nada, Leo. Y no voy a usar esa pulsera.
LEO > El señor Alessandro no le ha pedido que la use, señorita. Solo que elija la piedra. Ha dicho que es un "detalle importante" para su proyecto. Considera que una arquitecta de su talla debe involucrarse en la elección de cada elemento.
La manipulación es sutil pero efectiva. Él sabe cómo picar su orgullo profesional.
Valentina suspira, exasperada. Va a la mesa auxiliar. Hay una caja de terciopelo con varias piedras preciosas, cada una con un brillo diferente. Una esmeralda de un verde profundo, un zafiro de un azul intenso, un rubí que parece sangre solidificada. Son exquisitas.
Leo, antes de irse, se detiene en el umbral.
LEO > Y otra cosa, señorita. El señor Alessandro me ha dicho que le gustaría que le mostrara los avances del proyecto esta tarde, en su oficina. A las cinco.
VALENTINA > ¿Y a usted no le ha dicho nada de... lo de ayer?
Leo sonríe, una sonrisa aún más enigmática.
LEO > El señor Alessandro es un hombre que valora la... convicción, señorita Rojas. Y el coraje. Le aseguro que está más... intrigado que molesto.
Y se va, dejando a Valentina con las piedras preciosas y la incertidumbre. Intrigado. Él estaba intrigado.
INT. OFICINA DE ALESSANDRO - TARDE
A las cinco en punto, Valentina se dirige a la oficina de Alessandro. La puerta está abierta. Él está sentado detrás de su imponente escritorio de madera oscura, con la vista de la ciudad como telón de fondo. La oficina es aún más grande que la suya, con una decoración minimalista y obras de arte moderno.
Cuando ella entra, él levanta la mirada de unos documentos. No hay rastro de la bofetada en su mejilla. Su rostro es una máscara de calma.
ALESSANDRO > Adelante, Valentina.
Ella se acerca al escritorio, con su tableta en mano.
VALENTINA > He traído los avances de la residencia ecológica. He incorporado el sistema de aguas grises y estoy trabajando en la integración de las nuevas aleaciones.
Ella comienza a explicar, su tono profesional. Alessandro escucha, su mirada fija en ella, no en la tableta.
ALESSANDRO > ¿Eligió la piedra para la pulsera?
La pregunta la toma por sorpresa.
VALENTINA > No. Vine a hablar de trabajo. No de regalos.
ALESSANDRO > Todo es parte del trabajo, Valentina. La atención al detalle. La elección de los materiales. Los símbolos. La pulsera es un símbolo de nuestro... acuerdo.
Se levanta y se acerca a ella, la distancia entre ellos se reduce peligrosamente.
ALESSANDRO > Y hablando de símbolos... el de ayer fue bastante... elocuente.
La ironía en su voz es afilada como un cuchillo. Valentina siente que la sangre le hierve de nuevo.
VALENTINA > Fue una reacción a su atrevimiento. Y le advierto que no se repetirá. Ni el atrevimiento, ni la reacción.
ALESSANDRO > ¿Ah, sí? ¿Y qué pasa si quiero volver a sentir esa chispa? Esa pasión innegable que tienes.
Se detiene frente a ella, su mirada penetrante. La tensión es palpable.
ALESSANDRO > Dime, Valentina. ¿Realmente no sentiste nada cuando te besé? ¿O es que te asusta sentir algo por alguien que no puedes controlar?
La pregunta la golpea como una ráfaga de viento. Es la verdad incómoda que ha estado intentando enterrar.
VALENTINA > Usted confunde el miedo con el asco. No me atrevo a cruzar una línea con un hombre que juega con la vida de los demás, que manipula, que cree que puede controlar todo y a todos.
ALESSANDRO > ¿Y crees que eres diferente, Valentina? Tú también buscas controlar. Tus edificios son una extensión de tu necesidad de ordenar el caos. De imponer tu visión.
Se acerca un paso más, su mano se eleva y roza suavemente la mejilla que ella le abofeteó. El toque es suave, casi imperceptible, pero deja un rastro de fuego.
ALESSANDRO > Somos más parecidos de lo que crees, Valentina. Ambos queremos construir. Y ambos estamos dispuestos a derribar lo que se interponga en nuestro camino.
Valentina se estremece. Él está en lo cierto, hasta cierto punto. Su ambición, su pasión por el diseño, es tan poderosa como la suya por el control. La verdad de sus palabras, aunque dolorosa, es innegable.
ALESSANDRO > Muéstrame tus planos, Valentina. Muéstrame tu visión. Y déjame mostrarte lo que podemos construir juntos. En este proyecto. Y, quizás, en algo más.
Sus ojos brillan con una promesa peligrosa. Valentina, con el corazón latiéndole a mil por hora, abre su tableta. La línea entre lo profesional y lo personal se ha borrado por completo.
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Editado: 17.04.2026