La distracción del mafioso

Capitulo 28

*Capítulo 28: El Ultimátum Silencioso*

INT. PISO EJECUTIVO - DÍA

La reunión de Valentina con Marco Antonio, aunque estrictamente profesional, ha tenido el efecto deseado. Las "perspectivas de inversión" se han traducido en una tarde de risas, discusiones apasionadas sobre arquitectura y una complicidad que a Alessandro, según los reportes de Leo, no le ha pasado desapercibida.

Alessandro está en su oficina, la pantalla de su ordenador mostrando un mapa de calor con los movimientos de Valentina por el edificio. No la ha dejado sola en ningún momento. Es su forma de proteger su "propiedad".

Leo entra en su despacho, su rostro impasible.
LEO > Señor, el señor Marco Antonio acaba de salir. Ha dejado un ramo de flores para la señorita Rojas. Y una invitación para cenar mañana.
Alessandro cierra los ojos por un instante. Las flores. La invitación. El desafío abierto.
ALESSANDRO > ¿Y ella? ¿Qué ha dicho?
LEO > Lo ha aceptado, señor. Con una sonrisa. Y le ha dicho que coordinaría con usted la hora de salida de mañana.
Alessandro se levanta, su rostro una máscara de furia contenida. "Coordinar con él". Una nueva forma de burla, de restregarle en la cara su "compromiso".
ALESSANDRO > Prepara el coche. Y no quiero que nadie nos moleste. Tenemos una reunión muy importante.
LEO > ¿Con quién, señor?
ALESSANDRO > Con Valentina.
INT. OFICINA DE VALENTINA - POCO DESPUÉS

Valentina está trabajando en su escritorio, el ramo de Marco Antonio a un lado, un toque de color que Alessandro seguramente notaría. Siente la adrenalina del juego. Ha logrado encender la chispa.

La puerta de su oficina se abre, y Alessandro entra. No hay saludo, no hay rodeos. Se acerca directamente a su escritorio, sus ojos oscuros fijos en ella. La intensidad de su mirada es tan palpable que el aire se vuelve denso.

Valentina levanta la vista, una ceja arqueada, su corazón late un poco más rápido.
VALENTINA > ¿Vienes a hablar de la fachada activa? He estado analizando...
ALESSANDRO > No. Vengo a hablar de nosotros. Y de tu... invitación para cenar con Marco Antonio.
Su voz es baja, cargada de una furia helada.
VALENTINA > ¿Y qué hay de ella? Es una cena de trabajo. Sobre el proyecto.
ALESSANDRO > No me mientas, Valentina. Sé cuándo te estás divirtiendo. Y anoche, con Marco Antonio, te estabas divirtiendo mucho. Demasiado.
Se inclina sobre su escritorio, su rostro a pocos centímetros del suyo. La cercanía es abrumadora.
ALESSANDRO > No me gusta que otros hombres te miren así. No me gusta que otros hombres te hagan reír así. No me gusta que otros hombres te inviten a cenar.
Su voz es un susurro peligroso, cada palabra una declaración de posesión.
VALENTINA > No puedes controlar con quién ceno, Alessandro. Soy una mujer libre.
ALESSANDRO > No. No lo eres. Y no lo serás. No mientras yo exista.
Extiende su mano y, con un movimiento brusco, le arranca la pulsera de plata de la muñeca. La rompe en dos, el sonido de los eslabones partiéndose resuena en la oficina.

Valentina se queda sin aliento, el dolor de la pulsera rompiéndose es un símbolo de la fractura que él está creando.
ALESSANDRO > Esa pulsera era un símbolo de un acuerdo. De un juego. Y ese juego... se acabó.
La mira con una intensidad que la estremece.
ALESSANDRO > Ahora, solo hay una opción. O eres mía. Completamente mía. O te vas. Ahora mismo. Y nunca, nunca, vuelves a pisar esta corporación. Ni esta ciudad. Porque si te vas, me aseguraré de que no encuentres trabajo en ninguna parte. De que tu carrera se acabe. De que tu nombre sea borrado.
La amenaza es brutal, total. La coacción. El ultimátum.
ALESSANDRO > Y no me mires así. Yo no juego. Yo gano. Y tú, Valentina, eres mi victoria.
Su mirada se clava en sus ojos, buscando una respuesta, una rendición.

Valentina, con el corazón latiéndole a mil por hora, lo mira. Sus ojos verdes arden con una mezcla de rabia, miedo y un desafío inquebrantable.
VALENTINA > No puedes hacerme esto.
ALESSANDRO > Oh, sí que puedo. Y lo haré. Cada mujer tiene un precio, Valentina. Y el tuyo... es muy alto. Porque no quiero tu dinero. Quiero tu voluntad. Quiero tu vida. Quiero tu alma.
Se inclina sobre ella, sus labios a centímetros de los suyos.
ALESSANDRO > Así que, decide. Ahora. ¿Te quedas y eres mía? ¿O te vas y lo pierdes todo?
El silencio en la oficina es ensordecedor. Valentina siente el peso de su decisión, el abismo de las consecuencias. Es un momento que lo cambiará todo. Él la ha acorralado.

Sus ojos se encuentran con los de él, una batalla de voluntades.
VALENTINA > Y si me quedo... ¿qué obtengo a cambio?
La pregunta es un hilo de esperanza, un intento desesperado de negociar, de encontrar una rendija en su control.

Alessandro sonríe, una sonrisa lenta y triunfante. Ha roto su resistencia.
ALESSANDRO > Lo obtienes todo. Mi imperio. Mi visión. Mi protección. Mi obsesión. Y... mi corazón. Que, aunque no lo creas, te pertenece.
Se acerca y, con la misma brusquedad con la que le había quitado la pulsera, la besa. Esta vez, el beso no es una declaración pública, sino una toma de posesión íntima, profunda. Es un beso que exige, que domina, que absorbe. Es un beso de un hombre que ha ganado.

Valentina se debate un instante, pero la fuerza de su beso, la intensidad de su posesión, la abruma. Se rinde, no por deseo, sino por la fuerza bruta de su voluntad. Sus manos se aferran a su traje, la cabeza dando vueltas.

Cuando Alessandro se separa, sus ojos oscuros la miran con una posesión absoluta.
ALESSANDRO > Buena elección, Valentina. Mañana mismo le dirás a Marco Antonio que no podrás cenar con él. Y le dejarás claro que estás fuera de su alcance.
Valentina asiente, incapaz de hablar. Ha tomado su decisión. Ha elegido la jaula dorada.




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