La división fantasma

El silencio de la arcilla

El aire en la fábrica de ladrillos de Shanxi no se respiraba; se masticaba. Era un polvo denso, rojo y frío que se colaba en los pulmones y teñía las lágrimas de color óxido. En 1985, el invierno del norte de China no tenía piedad, pero el silencio de aquella noche era aún más hostil. Era un silencio denso, solo roto por el eco quebrado de decenas de llantos débiles.

Trescientos sesenta y tres.

Mei Ling se sabía el número de memoria. No necesitaba escribirlo en un papel para llevar la cuenta en su cabeza; cada número era una boca, un par de ojos asustados, un cuerpo helado. A sus diez años, con las manos agrietadas por el trabajo y el rostro curtido por el hollín, Mei Ling cargaba el peso de un adulto centenario. Llevaba siete años en aquel orfanato ilegal, que no era más que una vieja fábrica de ladrillos abandonada donde dos hombres sin escrúpulos amontonaban lo que la "Ley del Hijo Único" y la milenaria obsesión por los herederos varones desechaban como basura.

Para el gobierno de Pekín, aquellas niñas no existían. Para sus familias, eran una desgracia o una multa que no podían pagar. Para Mei Ling, las tradiciones chinas —el respeto al linaje, el honor familiar, el culto a los ancestros— eran una soberana mierda. ¿De qué servía el honor de una familia si el precio era tirar a su propia sangre al suelo de tierra de un horno apagado? Lo único que importaba era respirar un día más. Sobrevivir. Y asegurarse de que, en la medida de lo posible, las más pequeñas no murieran solas en la oscuridad.

Mei Ling terminó de ajustar un trozo de arpillera áspera alrededor de las piernas de Xiu Lan. La recién nacida apenas pesaba lo que un gato desnutrido. Al cambiarle el pañal improvisado, el estómago se le contrajo de golpe: en los excrementos de la pequeña Xiu Lan se retorcían pequeños gusanos blancos.

Tres días, pensó Mei Ling, con una frialdad clínica que le heló la sangre. Había visto morir a demasiadas. Sabía reconocer la mirada opaca, el aliento con olor a fruta podrida y la debilidad extrema. A Xiu Lan le quedaban tres días, a lo sumo.

—Tranquila, pequeña —susurró Mei Ling, acariciando la frente húmeda de la bebé con un dedo áspero. Su propia voz le sonó extraña, ronca por el polvo.

De repente, la tierra vibró.

No fue un terremoto ordinario. No hubo el crujido seco de las vigas de madera vieja ni el desprendimiento de los ladrillos apilados. Fue una vibración profunda, un zumbido sordo que resonó directamente en los dientes de Mei Ling y en los huesos de su pecho. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad estática que erizó los pocos cabellos limpios que le quedaban en la nuca.

Al instante, los gritos de pánico de los dos cuidadores —los capataces que las golpeaban si no trabajaban lo suficientemente rápido— rompieron la penumbra. Mei Ling escuchó sus pasos apresurados y pesados correr hacia la salida.

La adrenalina le disparó las piernas antes de que pudiera pensarlo. Salió corriendo del cobertizo, persiguiendo las sombras de los dos hombres.

—¡No se vayan! —les gritó, con la voz quebrada por la desesperación—. ¡No las dejen solas! ¡Hay que mover a las bebés! ¡El techo se va a caer!

Los hombres ni siquiera se giraron. La empujaron a un lado, haciéndola caer sobre el barro helado. Mei Ling se levantó de inmediato, limpiándose la cara con la manga rasgada, y los siguió hasta el exterior de la fábrica.

Los dos capataces estaban agachados detrás de un grueso muro de adobe, temblando como perros asustados. Tenían los ojos fijos en el cielo nocturno sobre el páramo de Shanxi.

Mei Ling miró hacia arriba y se le cortó la respiración.

Dos esferas de una luz blanca, pura y cegadora, descendían sin hacer un solo ruido. No eran estrellas fugaces; su caída era controlada, casi majestuosa. Al tocar el suelo, la nieve y el barro del patio de la fábrica no salpicaron; simplemente parecieron evaporarse bajo un calor invisible. Las naves —si es que aquello eran naves— se asentaron con un suspiro de aire caliente que golpeó el rostro de Mei Ling.

El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que le dolía. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra de los hornos de carbón, luchaban por procesar la silueta de aquellos objetos. No tenían costuras, ni remaches, ni el metal tosco de los camiones militares que a veces pasaban por la carretera. Eran perfectas.

De los costados de las estructuras se abrieron rampas sin que mediara un solo engranaje. Y de ellas comenzaron a bajar siluetas humanas. Unas treinta de cada una.

Llevaban uniformes oscuros, de un material que parecía absorber la poca luz de la noche, y cascos cerrados que ocultaban por completo sus rostros. No llevaban las estrellas rojas del Ejército Popular de Liberación. No se movían como los soldados que Mei Ling había visto de lejos. Sus movimientos eran rápidos, precisos, casi felinos.

Se dirigieron hacia la entrada de la fábrica de ladrillos. Hacia donde estaba ella.

El pánico primitivo le gritó a Mei Ling que corriera, que se escondiera con los hombres detrás del muro. Pero el recuerdo del llanto de Xiu Lan y de las otras 362 niñas atrapadas en el interior la clavó al suelo como un ancla. ¿Quién las defendería si ella huía? ¿Quién les pondría un cuerpo delante si estos demonios venían a hacerles daño?

Con las piernas temblando tanto que apenas la sostenían, Mei Ling dio tres pasos al frente y se plantó en mitad del camino. Extendió los brazos delgados y esqueléticos a ambos lados, abriendo las manos en un gesto desesperado de barrera. Su pequeño cuerpo, envuelto en harapos mugrientos, parecía una brizna de paja frente a la marea de soldados que se aproximaba.

—¡No! —gritó, aunque su voz sonó pequeña frente al zumbido de la noche—. ¡Atrás! ¡No les hagan daño! ¡No entren!

La columna de soldados se detuvo. El que iba a la cabeza, una figura imponente que le sacaba tres cabezas, dio un paso adelante. Mei Ling apretó los dientes, esperando un golpe, un disparo, la muerte.




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