La división fantasma

El fin del infierno de arcilla

La nave se elevó sin un solo temblor. Para Mei Ling, acostumbrada a la brusquedad de las carretillas de mano y al traqueteo de los camiones de carbón, la ascensión fue casi irreal. Si no fuera por la enorme ventana de visualización frente a ella, habría jurado que seguían estáticos en el suelo.
Apoyó las manos desnutridas contra el frío cristal transparente, contemplando cómo la fábrica de ladrillos de Shanxi, el único universo que había conocido desde los tres años, se encogía bajo sus pies. El patio de tierra batida, las chimeneas agrietadas y los techos de chapa oxidada parecían ahora un juguete roto olvidado en mitad de la nieve.
De pronto, la oscuridad de la noche se rasgó.
Un destello de energía de un naranja incandescente y furioso brotó de la parte inferior de la nave gemela. El rayo golpeó el cobertizo principal con una precisión quirúrgica.
¡BOOM!
Una enorme explosión sacudió el horizonte, levantando una columna de fuego que tiñó las nubes bajas de un color dorado. Mei Ling dio un paso atrás, asustada por el fulgor, pero no pudo apartar la mirada.
Un segundo disparo. Otra explosión ensordecedora desintegró los hornos de cocción, aquellos donde tantas noches había tiritado de frío. Un tercero redujo a escombros el almacén donde se amontonaban los camastros de paja húmeda. Un cuarto. Y un quinto.
Cinco disparos en total. Cinco explosiones colosales que borraron del mapa la fábrica ilegal de ladrillos. La tierra misma pareció tragarse el hollín, la miseria y el dolor de las trescientas sesenta y tres niñas. Ya no quedaba nada. Solo un cráter humeante y purificador.
En mitad del caos, el calor de las explosiones obligó a los dos capataces a salir de su escondite detrás del muro de adobe. Corrían despavoridos, tropezando entre sí, con los rostros desencajados por el pánico absoluto, creyendo que el fin del mundo había llegado a Shanxi.
A través de los comunicadores de la cabina, Mei Ling escuchó la voz divertida del piloto de la nave, hablando en ese idioma extraño que compartían los soldados. Viktor, que seguía al lado de la niña, sonrió y tradujo con un guiño:
—El piloto pregunta si puede darles una lección de despedida.
Mei Ling asintió con la cabeza, sin apartar los ojos de la ventana.
La inmensa nave descendió a una velocidad de vértigo, deteniéndose a apenas diez metros sobre las cabezas de los dos hombres que huían. El gigantesco motor de propulsión gravitatoria emitió un soplido de aire a alta presión y un zumbido sónico de baja frecuencia.
La onda de choque no los hirió, pero la fuerza del viento y la vibración los levantó del suelo y los hizo dar vueltas por el aire antes de aterrizar de cabeza en un profundo pozo de lodo helado y estiércol de cerdo que había al límite de la propiedad. Los dos hombres quedaron atrapados allí, empapados de fango pestilente, temblando de terror y cubiertos de hollín de pies a cabeza, agitando los brazos como escarabajos boca arriba.
Al verlos en ese estado, tan indefensos y patéticos comparados con los monstruos crueles que habían sido horas antes, Mei Ling sonrió. Fue una sonrisa pequeña, la primera en muchos años.
—Ven, Mei Ling —dijo Viktor con suavidad, poniéndole una mano en la espalda para guiarla por los impecables pasillos de la nave—. Hay alguien que quiere verte.
Caminaron hasta el área médica, un santuario de luz blanca y tecnología que a Mei Ling le parecía sacado de un cuento de dioses. En una de las camillas de recuperación descansaba Xiu Lan. La bebé ya no tenía el vientre hinchado por los parásitos, ni la piel grisácea de la muerte inminente. Sus mejillas estaban sonrosadas, respiraba con un ritmo constante y tranquilo, e incluso balbuceaba un poco mientras dormía bajo una suave cúpula de luz protectora.
—No te preocupes —le aseguró Viktor, mirándola a los ojos—. Está curada del todo. Nadie volverá a pasar hambre aquí. Y hablando de eso... ven.
Viktor la condujo a una estancia contigua, una especie de comedor donde el aire olía a pan recién horneado y a vegetación fresca. Le indicó que se sentara en una de las camillas acolchadas y, un momento después, regresó con una bandeja de metal brillante.
Sobre ella había un plátano de un amarillo perfecto y dos manzanas rojas, tan brillantes que parecían de cera.
—Sé que no es mucho —dijo Viktor, empujando la bandeja hacia ella con un gesto suave—, pero tu estómago no soportaría una comida pesada de golpe. Esto calmará un poco tu hambre por ahora.
Viktor la ayudó a recostarse en la camilla, acomodándole una almohada que se ajustaba a la forma de su cabeza, tan blanda que a Mei Ling se le llenaron los ojos de lágrimas otra vez solo por el contacto.
—Cómetelo y duerme —le instruyó él, arropándola con una manta térmica que emanaba un calor constante y acogedor.
—¿A dónde vamos? —preguntó la niña en un susurro, con la voz apagada por el cansancio que empezaba a pasarle factura.
Viktor le apartó un mechón de pelo sucio de la frente y sonrió.
—A Bir Tawil —respondió—. Tu nueva casa. Ahora come y duerme un poco, Mei Ling. Ya estás a salvo.
Mei Ling se recostó por completo en la camilla. El plátano y las manzanas quedaron sobre la bandeja, intactos. A pesar del rugido de su estómago vacío, la fatiga de toda una vida de esclavitud cayó sobre ella como un telón pesado. Estaba demasiado agotada para masticar, demasiado abrumada para hacer otra cosa que no fuera cerrar los ojos.
Sin embargo, su mente seguía despierta, repitiendo las palabras de Viktor en bucle: Bir Tawil.
No sabía qué significaba ese nombre. En su mente de diez años, que jamás había visto un mapa ni un libro de geografía, comenzó a tejer su propia versión de aquella "nueva casa".
Se imaginó un lugar donde el suelo no fuera de arcilla roja y barro helado, sino de una arena dorada y cálida que no te agrietara los pies al caminar. Se imaginó grandes palacios de cristal, tan limpios como el interior de esta nave, donde ninguna niña tuviera que trabajar de sol a sol cargando ladrillos pesados. En su mente, Bir Tawil era un santuario sin invierno, un lugar lleno de árboles frutales donde las manzanas y los plátanos crecían al alcance de cualquiera, y donde Xiu Lan y las otras trescientas sesenta y dos niñas corrían riendo, vestidas con ropas limpias y suaves, sin el miedo constante a que la noche se las llevara para siempre.
Con esa fantasía dorada pintada en el lienzo de sus párpados, Mei Ling se sumergió, por primera vez en su vida, en un sueño profundo y sin pesadillas.
Cuando Mei Ling se despertó, la manzana que había dejado sobre la bandeja seguía allí, pero el cansancio de su cuerpo se había disipado un poco. Lo primero que hizo fue buscar con la mirada a Xiu Lan; la bebé descansaba tranquila en su cápsula médica, con el pecho subiendo y bajando con un ritmo sano y natural que a Mei Ling le pareció el espectáculo más hermoso del mundo.
Se puso en pie con torpeza, el suelo metálico y cálido bajo sus pies descalzos, y se acercó a la gran ventana de la nave. Al mirar hacia fuera, la desilusión la golpeó como un bofetón de aire helado. Su fantasía de palacios de cristal y árboles frutales se desmoronó en un segundo.
Solo había arena.
Una extensión infinita, desolada y monótona de dunas amarillas y rocas desgastadas por el viento bajo un sol abrasador. No había árboles, ni ríos, ni rastro de vida. Parecía un lugar tan muerto y estéril como los hornos apagados de la fábrica de ladrillos, solo que más seco y caluroso. Algo se le encogió en el pecho. ¿La habían sacado de una prisión de barro para abandonarla en un desierto baldío?
—Tranquila, niña —la voz de Viktor, profunda y serena, llegó desde detrás de ella. El soldado se acercó a la ventana, miró el mar de dunas y sonrió con confianza—. Sí, es un desierto. Pero pronto vendrá lo bueno. No juzgues un libro por su portada, Mei Ling.
La pequeña tragó saliva, tratando de asimilar sus palabras. Decidió desviar la mirada de la ventana y observar el interior de la gigantesca estancia de tránsito de la nave. Filas y filas de camillas albergaban a las trescientas sesenta y dos niñas restantes. Muchas de ellas ya estaban despiertas; ya no lloraban, envueltas en esas mantas térmicas que las mantenían calientes y seguras. Algunas miraban a su alrededor con los mismos ojos abiertos de par en par que Mei Ling había tenido horas antes, asombradas por la limpieza y la luz del lugar.
—¿Qué pasará con ellas? —preguntó Mei Ling, girándose hacia Viktor con una seriedad impropia de sus diez años—. ¿Quién nos va a querer? En mi tierra decían que no servimos para nada. Que somos demasiadas.
Viktor soltó un largo suspiro, el suspiro de quien está a punto de emprender algo enorme.
—Conociendo a Alex... serán adoptadas todas por él —respondió Viktor con una leve sonrisa.
Mei Ling frunció el ceño.
—¿Alex? —preguntó, saboreando el nombre extranjero, que le sonaba extraño e imponente—. ¿Quién es Alex?
—Es quien manda aquí. El jefe de todo esto —explicó Viktor, haciendo un gesto amplio con la mano para abarcar la majestuosa tecnología de la nave—. El jefe gordo, como a veces le decimos cariñosamente.
—¿Y cómo va a adoptar a trescientas sesenta y tres niñas? —Mei Ling abrió mucho los ojos, intentando hacer cálculos mentales que superaban su entendimiento—. ¿Es millonario? Para alimentar y vestir a tantas... se necesita todo el dinero de una provincia entera.
Viktor soltó una carcajada suave que aflojó algo en el pecho de Mei Ling.
—No, no es millonario en el sentido en que tú lo entiendes. Pero no necesita serlo. Él es el creador de estas naves. Su mente construyó todo lo que ves aquí. Y tiene una regla muy simple, Mei Ling: ama a los niños por encima de todo. Si un adulto se atreviera a hacer daño a un niño delante de él... bueno, puede darse por muerto. Alex no tiene piedad con quienes lastiman a los pequeños. Para él, ustedes son el futuro. Su verdadera riqueza.
Mei Ling guardó silencio, procesando la información. Un hombre que creaba naves mágicas, que no necesitaba dinero y que castigaba a los que hacían daño a los niños. Sonaba como un dios de las leyendas que los ancianos susurraban en los pueblos lejanos de Shanxi, pero Viktor hablaba de él como si fuera alguien real, alguien de carne y hueso que las estaba esperando.
Un silencio tranquilo se instaló entre ellos, roto solo por el zumbido parejo de los motores. Entonces, la voz del piloto resonó en la cabina con un tono más agudo y emocionado. Las luces de la nave parpadearon levemente y el zumbido de los motores cambió de frecuencia.
Viktor se tensó un momento, pero de inmediato se volvió hacia Mei Ling con una chispa de entusiasmo en los ojos grises.
—Mei Ling, prepárate —le advirtió, dándole un suave toque en el hombro.
—¿Para qué? —preguntó la niña, aferrándose al borde metálico de la ventana.
—Para esto. Mira al frente.
La nave comenzó a descender en picado hacia lo que parecía una duna de arena gigantesca y sin interés. Mei Ling contuvo el aliento, esperando el impacto, pero en lugar de chocar, la nave atravesó lo que pareció una gigantesca onda de agua invisible en el aire. Fue un segundo de distorsión lumínica, un destello de energía azulada que camuflaba el sector ante el resto del mundo. Un escudo de camuflaje activo.
Y entonces, el desierto desapareció.
Ante los ojos de la niña se abrió un abismo de belleza que la dejó sin respiración. Las lágrimas, esta vez de pura incredulidad, brotaron de sus ojos y resbalaron por sus mejillas limpias.
Allí abajo, donde solo debería haber arena muerta, se alzaba una enorme y espectacular ciudad. Grandes edificios de formas curvas y materiales translúcidos brillaban bajo el sol como si estuvieran hechos de nácar y diamantes. No había chimeneas escupiendo humo negro ni el lodo gris de Shanxi; en su lugar, la urbe estaba rodeada y entrelazada por inmensos parques verdes, repletos de árboles de hojas brillantes, lagos de agua azul y cristalina, y senderos donde flotaban pequeños vehículos silenciosos. Era un oasis tecnológico de proporciones colosales, un trozo de cielo plantado en mitad del desierto más inhóspito de la Tierra.
—Es... es hermoso —logró articular Mei Ling, con la frente pegada al cristal, sin querer parpadear por miedo a que todo se desvaneciera como un sueño de hambre.
En ese momento, el piloto volvió a hablar por el intercomunicador de la nave. Viktor se llevó la mano al pinganillo que llevaba en la oreja, escuchando con atención mientras su sonrisa se ensanchaba. Miró a Mei Ling de arriba abajo.
—El piloto dice... que si te gusta el chocolate —dijo Viktor, con una media sonrisa.
Mei Ling ladeó la cabeza, confundida de nuevo.
—¿Cho-co-la-te? —repitió. Había oído hablar de ese dulce a los capataces en la fábrica, que a veces lo comían a escondidas, pero ella jamás había probado algo que no fuera gachas de mijo rancio y agua sucia—. No sé qué es.
—Oh, te va a encantar —aseguró Viktor con complicidad—. Según parece, Alex ya sabe que estamos aquí. Y ha organizado una fiesta enorme abajo. Una fiesta para todas las niñas mayores... y especialmente para ti.
—¿Para mí? —Mei Ling se señaló el pecho con un dedo tembloroso—. ¿Por qué para mí?
Viktor dio un paso adelante, se agachó para quedar a su altura una vez más y le tendió la mano.
—Porque Alex dice que hoy es tu cumpleaños. Cumples once años a partir de hoy, Mei Ling. Tu nueva vida empieza hoy, y en Bir Tawil, cada vida se celebra. Feliz cumpleaños, pequeña.
A Mei Ling el pecho le dio un vuelco. En la fábrica de ladrillos, los días se medían por el dolor y las palizas; nadie sabía cuándo había nacido, nadie llevaba la cuenta de los años más que para saber cuándo una niña era lo suficientemente fuerte como para cargar más peso. Que alguien hubiera decidido que hoy era su día, que hoy cumplía once años y que un hombre llamado Alex la esperaba con una fiesta, era el milagro más grande que jamás hubiera podido imaginar.
Mirando hacia la inmensa ciudad verde y plateada que se abría ante ellas, Mei Ling respiró hondo, y por primera vez en años, el aire no supo a polvo de ladrillo.




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