La rampa de la nave descendió con un siseo hidráulico casi imperceptible. Cuando el aire de Bir Tawil entró en los pulmones de Mei Ling, la niña se estremeció. No olía a carbón quemado, ni a la tierra yerma del norte de China, ni al fango pestilente donde habían quedado los capataces. Olía a césped recién cortado, a flores silvestres y a una frescura limpia y pura, como el viento de alta montaña tras una tormenta de verano.
Mei Ling y las demás niñas mayores caminaron por la rampa con pasos vacilantes. Sus rostros, aún marcados por el hollín y el miedo, se iluminaron bajo la luz cálida y perfecta del domo que cubría la ciudad. A su alrededor, enormes estructuras de cristal curvo se elevaban hacia un cielo artificialmente azul, rodeadas de cascadas de agua cristalina y senderos de un material blanco que parecía absorber los impactos de sus pies cansados.
—¿Cómo es Alex? —preguntó Mei Ling, buscando la mano de Viktor con timidez—. ¿Le gustaré? ¿Y si piensa que soy fea... o que no sirvo para nada? En la fábrica decían que...
Viktor se detuvo y se arrodilló frente a ella, mirándola con una seriedad absoluta pero llena de cariño.
—Claro que le gustarás, Mei Ling. Alex no ve a las personas por su utilidad o por lo limpia que esté su ropa. Él ve el corazón. Y el tuyo ha mantenido vivas a cientos de niñas en mitad del infierno. Ya verás cuando le conozcas.
—¡Ya era hora, viejo! —gritó una voz infantil, aguda pero clara y firme, cortando el aire.
—¡Yeon! —exclamó Viktor, con el rostro iluminándose por completo.
Una niña pequeña, con rasgos coreanos, cabello lacio y oscuro cortado en un flequillo perfecto y un vestido de un tejido suave y futurista, corrió hacia ellos. Con una agilidad sorprendente, dio un salto directo hacia el pecho del soldado. Viktor la atrapó en el aire, haciéndola girar entre risas antes de estrecharla en un abrazo protector.
—¿Cómo está mi niña? —le preguntó él, dándole un beso en la mejilla.
—Aburrida de esperarte —respondió la pequeña, mirándolo con fingida severidad antes de desviar sus ojos oscuros e inteligentes hacia Mei Ling.
Viktor bajó a la niña con cuidado y se giró hacia Mei Ling.
—Mei Ling, te presento a mi ahijada, Yeon Seo. Es la hija adoptiva de Alex. Es de Corea.
—Hola —saludó Mei Ling, retrocediendo un paso, intimidada por la ropa impecable de la pequeña y su postura segura.
Yeon no esperó invitaciones. Dio dos pasos rápidos hacia Mei Ling y la envolvió en un abrazo cálido y sincero. A pesar de su tamaño, el abrazo tenía una fuerza reconfortante que desarmó por completo a la niña china.
—¿Cuántos años tienes? —preguntó Yeon, mirándola de frente al romper el abrazo.
—Diez... bueno, hoy cumplo once —respondió Mei Ling, recordando las palabras de Viktor en la nave.
Yeon soltó una risa cantarina, limpia y madura.
—¡Entonces eres ocho años mayor que yo! —dijo con total naturalidad—. Yo tengo tres.
Mei Ling se quedó helada, parpadeando con incredulidad. Miró a la pequeña Yeon de arriba abajo. Su forma de hablar, la estructura de sus frases, la absoluta falta de timidez y la mirada penetrante e inteligente... parecía la mente de una persona adulta de veinte años atrapada en el frágil cuerpo de una pequeña de tres.
—¿Tres años? —balbuceó Mei Ling, buscando a Viktor con la mirada, convencida de que se trataba de una broma—. Pero habla como... como un maestro de escuela.
—Es una larga historia —intervino Viktor, esbozando una sonrisa misteriosa y dándole una palmadita en la espalda a su ahijada—. Algún día Yeon te la contará con calma. Ahora, tenemos que ir a la fiesta con las mayores. A las más pequeñas se las llevará a la zona médica y residencial; allí les darán de comer alimentos suaves, las vestirán y las dejarán descansar. Tienen que recuperarse.
Al ver que la preocupación volvía a nublar los ojos de Mei Ling, Viktor se apresuró a añadir:
—No te preocupes por Xiu Lan. Tu amiga estará en las mejores manos, con los mejores médicos y robots de la ciudad. Cuando despiertes mañana, podrás ir a verla. Ahora, hoy es tu día. Vamos.
Yeon tomó a Mei Ling de la mano y, con un entusiasmo contagioso, la guió a través de un arco de vegetación luminosa que se abría hacia un inmenso jardín interior.
Lo que vio allí dentro hizo que a Mei Ling se le hiciera agua la boca y se le acelerara el corazón. Enormes mesas flotantes de madera pulida estaban dispuestas por todo el parque. Sobre ellas se amontonaban banquetes con los que Mei Ling ni siquiera habría sabido soñar: montañas de frutas de colores vibrantes, panes esponjosos que aún desprendían vapor, fuentes con carnes asadas en salsas dulces y, en el centro, fuentes fluyentes de un líquido espeso, oscuro y brillante que desprendía un aroma dulce y celestial.
—¡Es chocolate! —exclamó Yeon, señalando las fuentes—. ¡Pruébalo!
Mei Ling se acercó con timidez a una de las mesas. Tomó una fresa enorme y, imitando a Yeon, la sumergió en la fuente de chocolate caliente. Al morderla, la explosión de sabor dulce, un poco amargo y frutal en su boca fue tan intensa que cerró los ojos, soltando un gemido de pura felicidad. El hambre acumulada de años parecía evaporarse con cada bocado.
Las otras niñas mayores de la fábrica de ladrillos, ya limpias y vestidas con túnicas suaves, reían y comían a su alrededor. Por primera vez en sus vidas, no había gritos de capataces, no había trabajo forzado, no había frío. Había música suave flotando en el aire, interpretada por pequeños dispositivos esféricos que cambiaban de color según el ritmo.
—¡Alex! —gritó Yeon de repente, soltando la mano de Mei Ling y corriendo hacia el otro extremo del jardín.
Mei Ling se limpió deprisa los restos de chocolate de la comisura de los labios con el dorso de la mano y se giró, esperando ver aparecer a un hombre imponente, un científico anciano de barba blanca, o quizás a un militar robusto cubierto de medallas y con un vientre prominente que justificara el apodo de "el jefe gordo".