El tiempo tiene la extraña costumbre de moldear a las personas con la misma presión implacable con la que la tierra forma diamantes.
Ocho años habían pasado desde aquel banquete que olía a chocolate y césped recién cortado en la utopía de Bir Tawil. Corrían los primeros meses de 1993 y, mientras el mundo exterior continuaba con sus guerras estúpidas, dentro de la Unión la disciplina y los años habían forjado algo afilado.
Los seis avanzaban por el pasillo principal con el paso sincronizado de quien ya no necesita pensar en la formación. Mei Ling iba al frente. Ya no quedaba nada de la niña tímida que temía no servir para nada; ahora sus hombros se mantenían rectos y su mirada cortaba antes que cualquier palabra.
A su lado, Ren ajustaba los sensores de su muñequera con esa concentración obsesiva que lo hacía parecer ajeno a todo lo demás. Dmitri caminaba con las manos en los bolsillos, la sonrisa torcida de quien siempre está a punto de decir algo que no debe. Sora revisaba mentalmente su botiquín, los dedos tamborileando contra el muslo. Tariq estiraba los hombros como si ya estuviera cargando explosivos, y Mateo tarareaba bajito una copla flamenca mientras comprobaba el cierre de su equipo.
—Si en la simulación de ayer el algoritmo de Dmitri no se hubiera vuelto loco hackeando puertas que nadie le pidió, habríamos batido el récord —soltó Mateo de repente, lanzándole una mirada de reojo.
—O habríamos saltado por los aires por tu delicadeza con los explosivos, madrileño —replicó Dmitri sin perder la sonrisa.
—Ya basta —cortó Sora, empujando sus gafas con el dorso de la mano—. Tenemos edad para comportarnos como un equipo de élite y no como críos en el recreo. ¿O es que el café de esta mañana no os ha llegado todavía al cerebro?
Antes de que Dmitri pudiera contestar con otra pulla, la megafonía del complejo retumbó:
—Unidad 3, División Fantasma, preséntense de inmediato en la Sala de reuniones 12. Repito, Sala 12.
Mei Ling se detuvo en seco. Un brillo breve, afilado, cruzó por sus ojos.
—Por fin… —murmuró.
A su lado, una manita pequeña pero firme se aferró a la tela de su chaqueta. Xiu Lan, con sus ocho años, intentaba hacerse más grande de lo que era.
—¡Yo también voy! —exclamó, colándose entre Ren y Tariq—. Puedo llevar las cartas de ruta o vigilar la puerta. ¡Estoy fuerte!
Mei Ling se agachó, bloqueándole el paso con suavidad pero sin dejar espacio para la negociación. La niña tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes, al borde de las lágrimas.
—No, Xiu Lan. Es una reunión operativa. No puedes entrar.
—¡Por favor, Mei-Mei! Mis tripas ya no me duelen. ¡Te lo juro! —Tiró de la manga del uniforme mientras su voz se quebraba—. No haré ruido…
—He dicho que no. —Mei Ling endureció el tono, aunque su mano se posó un segundo más de lo necesario en la cabeza de la niña.
Vio a Yeon acercarse por el pasillo con paso tranquilo. Su cuerpo era el de una niña de once años, pero sus ojos pertenecían a alguien mucho mayor. Una mirada bastaba para que hasta los soldados más veteranos se cuadraran.
—Tranquila, Mei Ling. Yo me encargo —dijo con una voz calmada y precisa—. Vamos, Xiu Lan. La insistencia es admirable cuando se dirige a objetivos productivos. Tenemos un tratado de macroeconomía global pendiente.
—Pero Yeon… ¡es aburrido! —protestó la pequeña, aunque ya se dejaba arrastrar, lanzando una última mirada suplicante hacia Mei Ling.
—El conocimiento precede a la acción, querida —respondió Yeon sin mirar atrás.
Las pesadas puertas blindadas de la Sala 12 se cerraron con un siseo hidráulico tras el equipo, dejando fuera el mundo infantil.
Dentro, Viktor esperaba de pie frente a la mesa holográfica. El mapa tridimensional de Europa giraba lentamente, tiñendo su rostro arrugado de tonos azulados. Se frotó los ojos con el pulgar y el índice antes de hablar.
—Alex está ocupado con los sistemas del domo —dijo sin preámbulos—. Así que yo les daré la primera misión real. Destino: Sarajevo.
Ren se inclinó sobre la mesa y amplió la imagen de los Balcanes con un gesto rápido.
—¿Sarajevo? —Frunció el ceño—. En plena guerra civil y secesión. Un caos.
Viktor asintió, apoyando las palmas en el borde metálico.
—Llevamos operando allí en la sombra desde el principio. Pero esto no es un convoy humanitario más. Según Las Sombras, un grupo paramilitar local está cobrando fortunas a millonarios y aristócratas de todo el mundo. Los meten en la ciudad asediada, les dan armas de alta gama y… los dejan cazar personas. Civiles. Como si fuera un safari.
Sora apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Mateo soltó una maldición en voz baja, en castellano. Mei Ling no apartó la mirada del mapa, pero sus labios se curvaron en una sonrisa breve, fría, que Viktor no pasó por alto.
—Su misión es infiltrarse, localizarlos y convertir a los cazadores en presas —continuó el veterano—. Pero escúchenme bien: nada de ejecuciones sumarias. Los quieren vivos. La División Fantasma no es un escuadrón de la muerte. Los capturan, los sacan y los entregamos a los tribunales de la Unión. ¿Entendido?
Mei Ling cuadró los hombros. La sonrisa había desaparecido.
—Entendido. Nadie muere a menos que la vida de mi equipo esté en peligro inminente.
—¿Y si las milicias o el fuego cruzado complican la extracción? —preguntó Dmitri.
—Inutilización no letal, evasión por los puntos ciegos que marquen Las Sombras y cero enfrentamientos innecesarios —respondió Viktor—. Diríjanse al hangar secundario. El equipamiento ya está cargado en la lanzadera.
Los seis se pusieron firmes al unísono.
—Ok —respondieron a coro.
Viktor los observó un segundo más, como si estuviera midiendo si realmente estaban listos para lo que les esperaba fuera de los muros seguros de la Unión.
—Buena suerte, muchachos.