La división fantasma

La cacería del fantasma

Mei cruzó el umbral del edificio en ruinas como un vendaval. En el interior de la torre abandonada, el aire era espeso, saturado de polvo de hormigón, humedad y el hedor a rancio del combate. En el visor de su casco, los marcadores térmicos parpadeaban en un rojo violento.

—Mei, ¡detente! No hay luz verde —el grito de Izzy resonó en su pinganillo, pero Mei desactivó el canal con un chasquido de dientes. Solo quería escuchar el ritmo acelerado de su propia respiración y el silbido hambriento de sus servomotores.

Subió las escaleras de tres en tres. Al llegar a la segunda planta, sobrecargó el núcleo de su rifle de plasma y disparó a quemarropa contra la pared de carga. El impacto reventó los tabiques en una marea de fuego azul térmico. Los escombros y cristales saltaron al exterior en una lluvia ardiente.

Fuera, en la penumbra de la furgoneta de la GNN, Gary Carter reajustó el trípode mientras Sarah operaba una consola secundaria conectada a la antena satelital.

—¿Qué coño está sucediendo ahí dentro? —preguntó Gary a sus compañeros.

—Ni puñetera idea —Sarah no le quitaba el ojo a la pantalla, los dedos tamborileando sobre la consola.

En el interior del edificio, ajena a que estaba siendo grabada, Mei avanzó entre el humo. Vio a los mercenarios arrastrarse tosiendo sangre y, al fondo, a los magnates armados con rifles de safari de monturas de oro.

Mei arrojó su rifle de plasma al suelo. El arma rebotó con un chasquido metálico. No iba a gastar munición en ellos.

El primer mercenario intentó alzar su fusil. Mei se proyectó hacia adelante con una aceleración inhumana. Le atrapó el arma con una mano y le asestó un golpe de guantelete en la tráquea. Antes de que el hombre cayera, le dobló el brazo armado en dirección contraria hasta que el codo estalló en una torsión grotesca.

Al segundo le esquivó la estocada de cuchillo y le plantó la bota blindada en la rótula, astillándole el fémur hacia afuera.

Avanzó con precisión implacable: rompía articulaciones, aplastaba costillas y partía piernas, dejando a los soldados de fortuna convertidos en una masa de huesos fracturados.

Acorraló a los cinco magnates entre los cascotes. Temblando, retrocedieron hasta chocar contra la pared.

Mei se detuvo a tres pasos de ellos. Miró sus armaduras de marca, sus rifles de lujo, la manera en que se encogían contra el hormigón. Querían jugar a ser depredadores en una zona de guerra.

—Bien —dijo Mei—. Juguemos.

Uno a uno, agarró a los millonarios y los lanzó por la ventana del segundo piso. No los mataría, pero les fracturaría algunos huesos, y a Mei se le escapó algo parecido a una sonrisa cada vez que lo hacía.

Fuera, los periodistas de la GNN, ocultos, grababan toda la escena. Vieron a Mei asomarse por una de las ventanas del segundo piso. La cámara se dirigió después a la puerta de salida del edificio, por donde salían los mercenarios que escoltaban a los millonarios. Se alejaron del edificio, pero sus heridas les impedían avanzar mucho sin retorcerse de dolor.

Mei saltó por la ventana y aterrizó en el suelo levantando una enorme polvareda. Pero no atacó a los cazadores. Todavía no. Antes quería que la vieran bien.

Se llevó los dedos al cuello. Los cierres magnéticos se liberaron con un siseo violento. Se despojó del peto pesado de la armadura y del casco, dejándolos caer al suelo con un estruendo metálico. Quedó vestida únicamente con la malla térmica gris, el rostro manchado de hollín. Una mujer desarmada, sin titanio ni escudos.

—¡Vamos, cabrones! —los desafió—. ¡A ver qué hacéis contra alguien que sí sabe defenderse!

Los cinco cazadores reaccionaron por puro pánico y abrieron fuego a bocajarro.

El estruendo fue ensordecedor. Pero sin el peso de la armadura pesada, Mei era pura fibra y reflejos. Leyó la tensión en sus hombros antes de cada disparo y se lanzó en un zigzag agresivo; las balas de caza reventaron el hormigón a sus pies, pero ninguna la tocó.

Se plantó sobre el primero en un parpadeo, le arrebató el rifle y le desencajó la mandíbula de un golpetazo. Giró sobre su talón y le partió las dos espinillas al segundo de una patada baja. Al tercero le rompió el esternón de un puñetazo al plexo solar, y al cuarto le sacó el hombro de la cavidad antes de estrellarlo contra el suelo.

En menos de diez segundos, los cuatro magnates yacían lesionados, gimiendo entre los escombros.

Mei se giró buscando al último, pero el esfuerzo físico le pasó factura por un instante: las piernas le pesaron, el aire le raspó la garganta.

El quinto cazador —un hombre con una cicatriz en la mejilla— había logrado ganar distancia entre las sombras. Tenía el rifle de gran calibre encarado, apuntando directamente al pecho de Mei. El dedo se cerraba sobre el gatillo.

En la furgoneta, Sarah abrió los ojos de par en par al verlo.

—Ese es Arthur Vance, el magnate británico del acero —dijo Sarah—. Ese maldito hijo de puta ha venido a cazar personas en Sarajevo.

—Espera —la interrumpió Gary, mirándola fijamente—. ¿Me estás diciendo que los rumores de millonarios yendo de cacería de humanos son ciertos?

Sarah asintió con la cabeza. Gary volvió la vista a la cámara. Tenían en sus manos la noticia del año. Y la estaban grabando.

Mei fijó la vista en la boca del cañón, preparando el cuerpo para el impacto.

Antes de que el martillo del rifle percutiera, un destello violeta cruzó el aire desde algún punto entre los escombros, silencioso, sin origen visible. El haz alcanzó a Vance en la nuca.

El hombre se quedó rígido a media respiración, los ojos abiertos, el arma aún en alto. Por un segundo pareció una estatua de sí mismo. Después las piernas le fallaron y cayó de bruces sobre los cascotes, inconsciente antes de tocar el suelo.

En el monitor de la furgoneta, la imagen tembló un instante, como si algo hubiera interferido la señal.

—¿Qué coño...? —susurró Sarah, inclinándose hacia la pantalla—. Se ha caído solo. Nadie lo ha tocado.




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