El aire dentro de la furgoneta de la GNN olía a baquelita recalentada, sudor rancio y el ozono residual que se filtraba por las juntas del chasis. A doscientos metros, las dos mujeres estaban paradas en el lugar hablando entre ellas.
Steven, que hasta ese momento había permanecido en silencio contra la pared de la furgoneta, se inclinó hacia el monitor Betacam. Tenía los nudillos blancos de apretar la consola.
—¿No os parece rara la cosa? —preguntó Steven, rompiendo el murmullo continuo de las cintas que giraban en los reproductores analógicos.
—¿Rara? —Sarah no apartó la mirada del visor de la cámara—. Steven, acabamos de ver a una mujer romperle la tráquea a un mercenario con las manos desnudas y a otra salir de la nada después de disparar un rayo azul que ha dejado inconsciente al dueño de la mayor siderúrgica de Europa. ¿Qué parte de todo esto no es rara?
—No me refiero a eso —Steven señaló hacia la ventanilla trasera, cubierta por la mugre de los caminos de la antigua Yugoslavia—. Sarajevo está cercada, sí. Francotiradores, fuego de mortero a diario. Pero esta es una ciudad de miles de personas. Tendría que haber patrullas, civiles escondidos en los sótanos, ecos de explosiones al otro lado del río. Desde que esa mujer apareció, no hay nada. Ni un perro ladrar. ¿Dónde está la gente?
Gary ajustó el potenciómetro de la mesa de sonido. Las agujas de los vúmetros analógicos estaban completamente inmóviles, clavadas en el cero absoluto.
—Es como si la ciudad se hubiera apagado —Steven miró a sus compañeros—. Estamos en medio de una guerra, y parece que nos hubieran metido en un bolsillo aparte.
Gary se frotó la barbilla, donde la barba de tres días le pinchaba las manos. Miró el contador de tiempo de la máquina de vídeo, que parpadeaba con un ligero desfase.
—Tiempo perdido —dijo Gary.
—¿Perdón? —Sarah giró la cabeza hacia él.
—Lo de los abducidos. —Gary apuntó con el bolígrafo hacia el monitor cargado de estática—. Las crónicas de los setenta y ochenta. Siempre el mismo silencio antes de que se los lleven. El reloj que no cuadra después. Si tienen camuflaje óptico y fusiles de plasma, bien pueden distorsionar el espacio local. Hacer que la gente vea lo que ellos quieran. O que no vea nada.
Steven se cruzó de brazos.
—Es decir, que ahora mismo esto está pasando aquí, y nosotros, por estar dentro del perímetro, lo vemos tal cual es. Pero para cualquiera fuera de este sector, este edificio es solo una ruina en silencio.
Sarah los miró a ambos. Algo en su expresión se endureció.
—Entonces, cuando esto acabe y se marchen, pueden hacer que todos los que estén dentro de la zona olviden lo que han visto. No habría testigos.
—Salvo en las cintas —Steven miró el chasis de la cámara—. Si las cintas sobreviven.
—Voy fuera —dijo Gary de golpe, desabrochándose el chaleco de prensa.
—¿Qué? —Sarah le agarró de la manga—. ¿Te has vuelto loco? ¿Y si te pillan?
—No me pillarán —Gary agarró el mango de la Betacam secundaria con una mano y el micrófono de cañón Sennheiser con la otra—. Si nos quedamos aquí dentro, la chapa de acero actúa como una jaula de Faraday para el audio ambiental. Necesito el sonido directo. Si traen naves, quiero el motor, quiero las órdenes que den. Quiero algo que confirme que esto no ha sido una alucinación colectiva.
—Gary... —empezó Steven.
—Pon la señal en recepción local, Sarah. Graba todo lo que entre por la línea dos.
Antes de que sus compañeros pudieran añadir nada más, Gary destrabó el pestillo de la puerta trasera. El pestillo emitió un clac seco que resonó como un disparo en la cabina. Desplazó la puerta corredera lo justo para deslizarse hacia el exterior y la cerró a sus espaldas.
El choque térmico y acústico fue instantáneo.
El aire de fuera no olía a Bosnia; olía a metal fundido, a azufre de pólvora quemada. El silencio del que hablaban dentro pesaba sobre los tímpanos como una mano abierta.
Gary se agazapó tras la rueda trasera de la furgoneta. El barro frío del suelo de Sarajevo le caló la rodilla del pantalón. Levantó la cámara al hombro, encendió el LED del visor y apuntó la lente hacia la explanada. Con la otra mano extendió el micrófono, cubierto por la espuma negra antiviento, hacia la figura inmóvil de Izzy y el cuerpo del magnate en el suelo.
Entonces ocurrió.
Mientras enfocaba a la mujer de la malla térmica, Mei giró la cabeza. Sus ojos, enmarcados por el hollín del combate, se clavaron en el espacio entre la rueda y la carrocería. Directamente en la lente de Gary.
A Gary se le heló la sangre. El corazón le dio un vuelco contra las costillas. Contuvo el aire, esperando la ráfaga de plasma o el salto hacia su posición. Mei no se movió. No apretó los puños ni dio la alarma. Sostuvo la mirada durante dos segundos y desvió los ojos hacia Izzy, como si no hubiera visto nada.
Me ha visto. Sabe que estamos aquí y no ha dicho nada.
El cielo cambió sobre sus cabezas. El aire sobre el edificio en ruinas se rasgó con una ondulación térmica, como el asfalto caliente en verano.
Tres naves de evacuación de la Unión desactivaron su camuflaje óptico y descendieron en formación triangular. Diseño anguloso, un material negro mate que parecía tragarse la luz. Los propulsores no emitían fuego, sino un halo de radiación azul violácea que ionizaba el aire.
—Grabando, cinta tres, canal uno directo —susurró Gary, con la mano temblando por la adrenalina.
Las naves quedaron suspendidas a medio metro de la grava. De la barriga del primer vehículo bajó una rampa hidráulica que se abrió con un siseo de aire a presión —Psssssh-klink.
Salieron cuatro figuras con armaduras pesadas de despliegue táctico, gris industrial. Cada movimiento venía con el silbido agudo de los servomotores.
—Atención al perímetro —resonó una voz sintetizada por los altavoces de la nave—. Unidades de la Guardia de la Unión en posición. Procedan a la extracción de heridos y contención de daños. Protocolo de limpieza código Siete.