La división fantasma

Sombras, Escamas y Desobediencia

.La lanzadera volaba a toda velocidad hacia Aeterna. Mei estaba sentada, observando cómo los médicos revisaban a la madre y a las hijas que, hacía menos de una hora, estuvieron a punto de morir por las balas de un asesino.
—¿Están bien? (Jeste li dobro?) —tradujo el traductor de Mei.
La mujer miró a la joven. Tenía las manos entrelazadas sobre el regazo, apretadas hasta blanquear los nudillos, y no dejaba de mirar de reojo hacia la puerta.
—Gracias (Hvala)... gracias por salvar a mis hijas (hvala vam što ste spasili moje kćeri).
Mei se levantó y se acercó a una de las niñas. Se quitó el guante de la mano derecha y le acarició la cabeza.
—No tiene que darme las gracias. Me alegra que estén bien. (Ne morate mi zahvaljivati. Drago mi je da ste dobro.)
—Si no es mucha indiscreción, ¿puedo preguntarles quiénes son ustedes? (Ako nije previše nepristojno, mogu li pitati ko ste vi?)
Mei sonrió:
—Somos amigos. (Mi smo prijatelji.)
Una de las niñas miró a los hombres esposados que estaban al otro lado de la habitación.
—¿Qué va a ser de ellos? (Šta će biti s njima?) —preguntó.
La mandíbula de Mei se tensó al mirarlos.
—Serán juzgados y castigados por sus crímenes (Biće im suđeno i biće kažnjeni za svoje zločine).
Mei miró a uno de los guardias y lo llamó:
—¿Es esto necesario?
—¿Señora?
Soltó un suspiro:
—Con todo lo que han pasado, ¿tienen que estar en el mismo lugar que esta basura?
El soldado miró a los prisioneros y después a la mujer y a sus hijas.
—Entiendo, señora. Me encargaré personalmente de que las trasladen a una zona más acogedora y donde no estén... ellos —dijo el soldado, sin apartar la vista de los prisioneros.
El soldado se acercó a la madre y a las niñas:
—Señora, su revisión indica que está bien. Mientras llegamos a nuestro destino, ¿qué les parecería comer algo y que sus hijas tomen un helado? (Gospođo, vaš pregled pokazuje da ste dobro. Dok ne stignemo na naše odredište, šta kažete na to da pojedete nešto, a da vaše kćeri pojedu sladoled?)
—¡Helado! —dijeron las dos niñas—. Sí, queremos helado. Hace mucho que no comemos helado. (Sladoled! Da, želimo sladoled. Dugo nismo jele sladoled.)
El soldado indicó a la madre que lo siguiera y miró a Mei. Esta le guiñó un ojo.
Mei se dirigió al puente de mando de la lanzadera en busca de Izzy. La encontró sentada frente a una consola, con los dedos deslizándose sobre los mandos. Se acercó a ella en silencio y se apoyó a su lado.
—¿Y bien? —preguntó Mei.
—¿Y bien, qué? —respondió Izzy sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Me vas a denunciar ante Viktor por no cumplir las órdenes?
Izzy se giró para mirarla y sonrió.
—No —respondió con calma—. Eres buena, Mei. Lo único que tienes que hacer es corregir tu temperamento.
Mei dejó ir una corta carcajada.
—¿Y tú no tienes nada que corregir?
Izzy la miró, fingiendo sorpresa.
—Tienes razón, pero lo mío no es malo.
—¿Que no es malo? Metes las narices donde no debes. Un día de estos te las van a arrancar.
Izzy se rió tan fuerte que varios tripulantes del puente se giraron a mirarlas, antes de disimular y volver a sus puestos.
—Puede ser —dijo Izzy recuperando el aliento—, pero hoy no. Por cierto, Viktor quiere vernos nada más aterrizar.
Izzy miró a Mei a los ojos; la mención de Viktor trajo una sombra que cubrió la expresión de ambas. Mei iba a replicar, pero un pequeño y cálido tirón le llamó la mano.
Al bajar la mirada, vio a una de las niñas rescatadas agarrándose a sus dedos. Con una sonrisa suave, Mei la levantó en brazos para que pudiera ver mejor.
—¿A dónde vamos? (Gdje idemo?) —preguntó la pequeña con curiosidad.
—A un lugar donde estarás segura (Na mjesto gdje ćeš biti sigurna) —le respondió Mei con ternura.
La niña pegó la carita al cristal de la parte delantera de la lanzadera. Fuera solo se veía un desierto árido e infinito. Mei la miraba divertida, sabiendo perfectamente lo que estaba a punto de pasar.
De pronto, la nave atravesó la barrera azulada que protegía la zona.
El desierto desapareció de golpe y, ante los ojos desorbitados de la niña, emergió una enorme y verde ciudad. Sus edificios se alzaban hasta alturas imposibles, rozando las nubes, mientras que en las avenidas inferiores se podía ver a multitud de personas de diferentes aspectos y etnias caminando en total serenidad.
En ese momento, la madre entró al puente agarrando de la mano a su hija más pequeña. Mei volvió a poner a la niña en el suelo, y esta corrió de inmediato a refugiarse junto a su familia.
La mujer miró a Mei directamente a los ojos. La comandante no necesitó palabras: en la mirada de aquella madre solo había un profundo y puro agradecimiento. El agradecimiento de saber que, al fin, estaban vivas.
La lanzadera tocó tierra suavemente en la plataforma de aterrizaje. La rampa de acceso se desplegó y las dos comandantes descendieron a paso firme, dirigiéndose hacia el edificio de control.
Mientras avanzaban por los pasillos, los ojos de Izzy no dejaban de escanear el entorno. Había algo raro en el ambiente: pequeñas desviaciones en los movimientos del personal, detalles imperceptibles que un soldado común como Mei pasaría por alto, pero que para un miembro de las Sombras como ella resultaban alarmantes. Había demasiada tensión contenida.
Llegaron a la puerta del despacho de Viktor.
—Adelante —ordenó la voz del coronel desde el interior tras el aviso.
Las dos mujeres entraron. Viktor estaba sentado tras su imponente escritorio de madera y metal; a su lado, de pie, se encontraba Yeon. En cuanto las vio cruzar el umbral, Yeon se apartó de la mesa y cerró una carpeta de golpe, ocultando su contenido con el brazo.
—Ah, sois vosotras —murmuró Viktor, dedicándoles apenas una mirada de reojo—. En este momento tengo asuntos mucho más importantes que atender, así que vuestro castigo por desobedecer las órdenes será confinamiento en vuestros dormitorios durante una semana. Podéis iros.
Mei e Izzy se cruzaron una mirada de auténtica sorpresa. ¿Una simple semana de encierro por lo sucedido? Era ridículamente leve para el estándar de Viktor.
—¿Queréis algo más? —preguntó el coronel sin levantar la vista de los documentos sobre su mesa.
Ambas se pusieron firmes de inmediato.
—No, señor.
Se dieron la vuelta para dirigirse a la salida. Mientras caminaban, Izzy observó con atención a Yeon. La niña de once años solía ser un torbellino de alegría, pero al pasar a su lado, bajó la vista hacia el suelo, evitando el contacto visual como si guardase un secreto pesado.
Justo antes de cruzar la puerta, con la habilidad rápida e invisible de una Sombra, Izzy adhirió con disimulo una minicámara espía en el marco de uno de los cuadros de la entrada. Nadie en la habitación lo notó.
La puerta se cerró tras ellas.
—Bueno —dijo Mei, rompiendo el silencio del pasillo—, mi equipo está en el comedor. Te veo luego.
—Espera, voy contigo —dijo Izzy de pronto.
Mei la miró con extrañeza, frenando sus pasos.
—¿No vas a la sección de las Sombras?
—No —respondió Izzy, pasándole por al lado con una sonrisa despreocupada—. Tengo hambre.
Mei se le quedó mirando unos segundos, con una ceja levantada. Conocía a Izzy demasiado bien como para saber que rara vez hacía las cosas "solo por hambre".
Las dos comandantes caminaron hacia el comedor. Al cruzar la puerta, la atmósfera cambió por completo: Tariq, Mateo, Ren, Sora y Dimitri hablaban de manera relajada, disfrutando del descanso tras la misión.
En cuanto Mei se acomodó en la mesa, descubrió una bandeja que la esperaba con una hamburguesa repleta de bacón y una generosa ración de patatas fritas. Sonrió para sus adentros; conocía bien a sus chicos. Se habían tomado la molestia de pedir su comida favorita.
Tomó un trago de su bebida e inclinó la cabeza hacia la Shadow, observándola de reojo.
—Bueno, Sombrita... ¿me vas a decir qué te pasa? Te noto rara.
Izzy no respondió con palabras. Se sentó a su lado, sacó el microportátil plegable que todo miembro de las Sombras llevaba consigo y presionó el botón lateral. El dispositivo se desplegó en sus manos aumentando de tamaño hasta convertirse en una estación de trabajo táctica. Lo encendió en silencio y, tras teclear un par de comandos rápidos, una transmisión en directo de la oficina de Viktor empezó a reproducirse en la pantalla.
Mei abrió los ojos como platos y estuvo a punto de atragantarse con el bocado de hamburguesa que acababa de tragar.
—¡Tía! ¿Pero tú estás loca? —susurró-gritó, echándose hacia adelante.
Izzy se llevó el dedo índice a los labios, pidiéndole silencio antes de apuntar con la barbilla hacia la pantalla. La voz del coronel salía limpia a través de los altavoces amortiguados del portátil.
—¿Estás segura de que quieres ir sola? —preguntaba Viktor a Yeon—. Deberías llevar refuerzos.
—Lo sé —contestó la niña con voz tranquila—, pero todas las unidades capacitadas están ocupadas en misiones fuera del planeta.
—¿Y la unidad de Mei? —sugirió el coronel.
Yeon dejó escapar una ligera sonrisa de superioridad.
—No están listos. Sí, son buenos... pero frente a los Draconarii acabarían muertos. Mejor voy sola.
En la mesa, el ambiente se congeló de golpe. Tariq dejó caer su cubierto, Sora entornó los ojos y Mateo soltó un juramento entre dientes. ¿Draconarii? ¿Misiones fuera del planeta? El grupo se apretó alrededor del dispositivo para no perderse nada. Mei se acercó aún más a la pantalla, con la mandíbula apretada y el cuello caliente.
—Te sorprendería lo que la Unidad 3 es capaz de hacer —insistió Viktor—. Son buenos.
—Ser buenos no significa que estén preparados —sentenció Yeon con frialdad.
Mei se echó hacia atrás en la silla, apretando los puños. Había dejado la piel, la sangre y ocho años de su vida entrenando ese equipo, ¿y ahora una mocosa de once años venía a decir que no estaban listos? Resopló, conteniendo un taco, y volvió a clavar la mirada en el holograma que Yeon acababa de desplegar.
—Según los informes de la Protector, se enfrentaron cerca de Marte contra una nave Draconarii clase Kagur —explicó Yeon.
La proyección tridimensional mostró una nave colosal y retorcida. Tenía la silueta implacable de un dragón, pero lo que hizo que Dimitri y Ren se tensaran fue su textura: no parecía metal escupido por un astillero, sino materia orgánica pura. Escamas, nervios expuestos, una estructura que casi parecía respirar.
Un segundo holograma se activó a su lado, mostrando la figura de un Draconarii. Una criatura imponente, cubierta por una coraza natural, con rasgos alienígenas que helaban la sangre.
—¡Madre mía! —murmuró Mateo, abriendo la boca de par en par—. ¿Eso es... un alienígena?
—Nos han estado ocultando esto todo este tiempo —gruñó Tariq, cruzándose de brazos, mientras sus ojos reflejaban la luz azulada de la proyección—. Nos tienen jugando a los soldaditos mientras ahí fuera hay monstruos de verdad.
—Su tripulación es de setenta individuos —continuó la voz de Yeon desde la oficina—: diez en activo para el pilotaje mínimo y sesenta en hibernación. En el enfrentamiento con la Protector la nave sufrió graves daños y puso rumbo a la Tierra. Los rastros de energía marcan su trayectoria de caída en una reserva india en Dakota del Sur.
—¿Cuál es su patrón de actuación? —preguntó Viktor.
—Aterrizar, reparar la nave y...
—¿Y qué, Yeon? —insistió el coronel.
—Obtener comida —concluyó la niña con un tono lúgubre—. Cazarán a los humanos de la reserva.
Un frío recorrió la mesa del comedor.
—¿Cazar personas? ¿Como si fueran ganado? —saltó Mateo, apretando los dientes.
Sora apoyó las manos en la mesa, echándose hacia adelante, pálida.
—Hay familias enteras en esa reserva... no van a tener ninguna oportunidad si esa cosa aterriza ahí —dijo en un susurro.
Dimitri dejó escapar un gruñido sordo, crujiéndose los nudillos con tanta fuerza que las articulaciones sonaron por encima del bullicio del comedor, mientras Ren simplemente negó con la cabeza, mirando a Mei con una expresión seria que lo decía todo: no podemos quedarnos de brazos cruzados.
En la pantalla, Yeon suspiró y comenzó a recoger sus cosas.
—Bueno, me voy a preparar. Saldré en veinte minutos.
Izzy cortó la transmisión y la pantalla se volvió negra. El grupo completo se quedó en silencio, masticando cada uno su propia rabia: la Unión prefería enviar a una sola persona por orgullo antes que movilizar a un equipo entero para proteger vidas inocentes.
Mei se giró hacia la Sombra.
—¿Tú sabías algo de esto?
Izzy se encogió de hombros con una sonrisa enigmática.
—Tenía una vaga idea, pero no lo he confirmado del todo hasta hace cinco minutos.
Las dos se miraron fijamente durante un instante tenso, hasta que Izzy le guiñó un ojo con complicidad. Esa simple chispa fue suficiente. Mei se levantó de la mesa, mirando a sus chicos con una expresión seria, cargada de determinación.
—Chicos... —dijo en voz baja pero lo suficientemente firme para que todos la escucharan—. Sé que me voy a arrepentir de esto, pero... ¿qué os parece un viaje rápido a Dakota del Sur?
Mateo esbozó una sonrisa salvaje, Dimitri asintió despacio y Tariq simplemente miró a su comandante y levantó el pulgar.
—Aceptamos —dijo Ren por todos.
—Bien —ordenó Mei, apoyando las manos sobre la mesa—. Preparadlo todo en absoluto secreto. Que nadie se entere, y mucho menos el coronel. Vamos a demostrarle a esa mocosa que estamos más que listos.




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