La división fantasma

Lo que el viento trajo

Noviembre de 1993. Reserva Lakota de Pine Ridge, Dakota del Sur.

El viento helado de finales de otoño soplaba sobre las colinas onduladas y los cañones secos de las Badlands. Para los miembros de la tribu Lakota, noviembre era un mes de preparación, de fuego en las chimeneas y de historias compartidas frente a la crudeza del invierno que se avecinaba. Sin embargo, en la quietud de una noche sin luna, el cielo no trajo nieve, sino un rastro de fuego verde que rasgó la atmósfera sin emitir un solo sonido convencional.

A varios kilómetros del asentamiento principal, en un valle inaccesible bordeado por crestas de piedra caliza, un impacto sordo sacudió la tierra. No hubo una explosión masiva, sino un golpe pesado y denso, seguido por el silbido de metal incandescente enfriándose contra la hierba congelada.

La nave que yacía en el fondo de la hondonada no se parecía a nada fabricado por la tecnología humana. Tenía el aspecto de un coloso orgánico, una estructura monolítica de placas negras irisadas con vetas cobrizas que palpitaban débilmente. Era un buque de exploración y caza de la clase Kagur, perteneciente a la vanguardia de los Draconarii.

Dentro del fuselaje dañado por un fallo térmico en sus núcleos de salto, las compuertas neumáticas se abrieron con un siseo áspero.

Los Draconarii no descendían a los mundos como diplomáticos ni como exploradores científicos. Para su imperio, la galaxia se dividía en dos categorías: territorios soberanos y granjas de recursos biomásicos. El comandante de la incursión, Vrak-Zor, pisó el suelo helado de Dakota del Sur. El peso de su cuerpo de casi cuatrocientos kilos hizo crujir la capa de escarcha. Detrás de él, varios guerreros de su casta salieron a la intemperie armados con picas de descarga cinética y sus propias garras.

—Atmósfera rica en oxígeno. Nivel de vapor de agua aceptable —siseó Vrak-Zor en su idioma nativo, una combinación de chasquidos guturales y frecuencias subsónicas—. El núcleo de propulsión requerirá catorce ciclos lunares locales para autorrepararse.

Su subordinado, un rastreador de hocico ancho llamado Karn, olfateó el aire nocturno. Sus fosas nasales suplementarias captaron el rastro de lípidos, sudor y dióxido de carbono que viajaba con la brisa del norte.

—Hay un núcleo denso de biomasa inteligente cerca —siseó Karn, dejando ver una lengua bífida teñida de negro—. Carne blanda. Poca densidad ósea. Carentes de blindaje epidérmico.

—Caza masiva —ordenó Vrak-Zor—. Capturad especímenes vivos para las jaulas de transporte. Los que no sirvan para el procesamiento o muestren resistencia, consumidlos en el sitio.

Karn giró el hocico hacia el norte, hacia donde la brisa seguía trayendo el rastro. Sus fauces se entreabrieron, y una hebra de saliva negra cayó sobre la escarcha. En algún punto de esa dirección, a tres kilómetros, un anciano y su sobrino cortaban carne de ciervo junto a una fogata, sin saber que el viento ya llevaba noticias suyas.

*Horas antes de la caída de Pine Ridge.*

La noche caía sobre los pliegues más profundos de las Badlands con un frío que se metía directo en las coyunturas. En un claro protegido por formaciones de piedra caliza, a tres kilómetros del asentamiento principal, la fogata del campamento de caza crepitaba con chispas de madera de pino seco. El olor a grasa caliente, humo y sangre fresca llenaba el aire helado.

Tashunka, con los nudillos curtidos y marcados por años de trabajo pesado, trabajaba en silencio sobre el cuerpo de un gran ciervo macho cazado al atardecer. A su lado, su sobrino Ray, de tan solo diecinueve años, sostenía una linterna grande cuya luz amarilla temblaba levemente debido al viento. El crujido rítmico del acero del cuchillo cortando la piel y separando la carne de los tendones era el único sonido que rompía la quietud de la montaña.

De pronto, el cuchillo de Tashunka se detuvo en seco.

El viejo cazador no se movió. Se quedó inmóvil, con la hoja hundida a medias en el anca del animal. Su espalda se puso rígida, y los dedos que sujetaban el mango dejaron de temblar por el frío para quedar completamente quietos.

—Tío... ¿qué pasa? —murmuró Ray.

—Cállate y escucha —susurró el anciano.

Ray contuvo la respiración. En cuestión de segundos, la naturaleza pareció apagarse por completo. El murmullo constante de los grillos, el ulular lejano de un búho y el crujido de las ramas llevado por la brisa desaparecieron. El silencio que siguió no era la paz de la montaña; era un vacío espeso, antinatural, cargado de una pesadez metálica.

Entonces llegó el olor.

No olía a pino, ni a nieve cercana, ni a la tierra mojada habitual de noviembre. El aire se volvió rancio, saturado de un tufo a azufre, cobre fundido y algo podrido, como ozono quemado sobre carne en descomposición.

—El viento huele raro —dijo Ray, pasando la luz de la linterna hacia la espesura de las copas de los árboles—. Huele como cuando se quema un cable eléctrico en el taller.

—Apaga la luz y coge las armas —ordenó Tashunka con una calma helada, incorporándose a pesar del crujido de sus rodillas gastadas.

Antes de que Ray pudiera accionar el interruptor de la linterna, una vibración subterránea hizo temblar el suelo debajo de sus botas. No fue un terremoto, sino un impacto denso y pesado, seguido por un siseo áspero de vapor a alta presión.

Desde la penumbra de las rocas superiores, el aire pareció distorsionarse. Como si el tejido de la noche se rasgara, la luz de la fogata se refractó en una serie de paneles invisibles que se desactivaron en cadena.

Ocho moles descomunales emergieron de las sombras.

Ray dejó caer la linterna sobre el barro. La luz quedó enfocada hacia arriba, iluminando las siluetas de pesadilla: gigantes de más de tres metros, escamas verde oliva y bronce oscuro, fauces abiertas con hileras de dientes aserrados, ojos amarillos y sin párpados que barrían el claro como si contaran presas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.