La división fantasma

Fase cero

A quince mil metros de altura, en la estratosfera baja, dos figuras flotaban en la penumbra observando los movimientos del grupo de rescate a través de visores tácticos.
Cuando esto acabe voy a tener que hablar con ellos sobre lo que significa obedecer órdenes. Sobre todo cuando desobedecerlas supone acabar en el estómago de un alien de más de tres metros.
—¿Los sacamos de ahí y acabamos con esto de una vez? —preguntó Víktor, ajustando la frecuencia de su canal privado.
—No —respondió Alex—. Primero quiero ver cómo se desarrolla la situación sobre el terreno y cómo trabajan juntos bajo presión.
—Alex... Todavía no están preparados. La única que tiene el nivel para esto es Yeon, e incluso para ella es una misión de alto riesgo.
Alex giró la cabeza y miró al coronel fijamente.
—¿Tan poco crees en ellos? Tú mismo los entrenaste.
Víktor bajó la mirada por un segundo. Alex tenía razón, pero la carga sobre sus hombros era pesada. No podían protegerlos eternamente; tarde o temprano, la escuadra tendría que enfrentarse a la cruda realidad. La realidad de que la Unión Terrestre no había sido fundada para patrullar fronteras humanas, sino para defender a la Tierra de las oscuras potencias que acechaban en la galaxia.
El problema era que ese día había llegado demasiado pronto.
Alex presionó un comando en la interfaz lateral de su casco, abriendo una frecuencia directa codificada y restringida.
—Grov, Alera, me recibís —ordenó Alex con voz serena y tajante—. Tenéis luz verde para iniciar la Fase Cero. Proceded en modo fantasma. Camuflaje activo.
Víktor se giró bruscamente hacia Alex, parpadeando tras el visor.
—¿Fase Cero? ¿Qué demonios estás ordenando, Alex? Esos reptiles tienen a cien lakota como rehenes. Si los descubren mientras intentan sacarlos, los van a despedazar antes de que la unidad de ataque rompa el perímetro.
—Tranquilo, coronel —respondió Alex sin despeinarse—. Para eso envío a Grov y a Alera.
A través de la comunicación táctica, la voz impecable de Alera resonó en el oído de Alex:
—Entendido, Alex. Camuflaje termo-óptico desplegado. Grov y yo ya estamos en los conductos inferiores de la nave alienígena. Iniciando extracción de los nativos.
—Odio este sitio... —se escuchó refunfuñar de fondo a Grov, el enorme draconarii, ajustando su propio dispositivo de camuflaje mientras intentaba no oler los restos de carne que dejaban sus parientes salvajes—. Aromas repugnantes. Alera, calibra rápido los proyectores.
—Iniciando secuencia de sustitución —informó Alera desde la penumbra de la jaula, guiando a los primeros lakota en completo silencio hacia la vía de escape—. Desplegando unidades holográficas con masa.
Víktor escuchaba el canal con los ojos abiertos de par en par.
—¿Hologramas con masa real? —susurró, mirando a Alex como si se hubiera vuelto loco—. Vas a dejar réplicas físicas dentro de las celdas... Vas a usar a los lakota como cebo para probar a la escuadra.
—Cuando los reptiles intenten comerse a uno de los "prisioneros" y muerdan la masa sintética, el engaño saltará por los aires —dijo Alex, regresando la vista hacia el cañón mientras los sistemas ópticos de su casco procesaban la firma térmica de los draconarii a lo lejos—. Ahí es donde veremos si nuestro nuevo equipo es capaz de reaccionar cuando las cosas se pongan feas.
Víktor rompió el tono militar.
—Sí... ¿pero cómo lo haces? —preguntó, mirando a Alex.
Alex volvió a mirarlo, esbozando una sonrisa bajo el casco.
—¿Te refieres a flotar en el aire a esta altitud sin una armadura de combate ni equipo de vuelo? —dejó escapar una breve risotada—. Ya te lo contaré con más calma, coronel. Ahora, limitémonos a vigilar a nuestros pupilos.
La lanzadera terminó de aterrizar al lado de la de Yeon. La compuerta se abrió y, ante el miedo y el asombro de los supervivientes, descendieron el equipo de Mei y una Izzy sonriente. Yeon los observaba con los brazos cruzados, la mandíbula tensa. Iba a abrir la boca, pero Mei no la dejó:
—Bueno, capitana, ¿empezamos a cazar a esos bichos?
Yeon suspiró.
—No es tan fácil, Mei. Esos bichos, como tú los llamas, tienen rehenes: unos cien lakota. Y no voy a permitir que un gatillo fácil los ponga en peligro.
Mei bajó la cabeza. Yeon, aun teniendo solo once años, la conocía a la perfección.
—Vale —indicó Yeon, rodando los ojos—. Ya que estáis aquí, me serviréis de ayuda. Y tú, Izzy, deja de sonreír.
Izzy agachó la mirada, pero volvió a alzarla al instante con la misma mueca en el rostro. Yeon la miró, dándola ya por perdida. «Esta chica no tiene solución», se dijo para sus adentros.
—Bien. Sora, Ren, os quedáis aquí y vigiláis a los supervivientes. Revisad la zona y reforzadla para la defensa. Y... no quiero sorpresas, así que hacedlo bien. Podría costarnos la vida, ¿de acuerdo?
—¡Entendido! —respondieron ambos soldados.
—Izzy —la llamó Yeon mientras desplegaba un holograma del terreno—. Quiero que te elabores un reconocimiento completo de la zona. No quiero imprevistos; sé mis ojos y mis oídos.
—A la orden, capitana.
—¿Crees que habrá sorpresas? —preguntó Mei.
Yeon la miró fijamente.
—Escúchame bien, Mei. El combate contra alienígenas no es como enfrentarse a fuerzas humanas. En este tipo de lucha tienes que ir dos o diez pasos por delante de tu adversario; si no, supondrá tu muerte y la de los inocentes.
Echó una mirada a los doce supervivientes. Entre ellos, los lakota guardaban silencio: algunos padres abrazaban a sus hijos, cubriéndolos con el cuerpo; los ancianos, más atrás, no apartaban los ojos del grupo armado que acababa de llegar.
—Nuestra prioridad es que los civiles e inocentes sobrevivan, incluso si nos cuesta la vida. ¿Entendido?
Mei asintió en silencio. Conocía a Yeon desde hacía ocho años y jamás la había visto así.
Yeon se giró hacia el resto del grupo:
—Tariq, Mateo, Dmitri: preparaos. Hoy entráis en el juego de los mayores. Bienvenidos a las grandes ligas.
Los tres soldados se estremecieron, pero ninguno retrocedió; habían llegado demasiado lejos como para dar un paso atrás.
—Izzy, adelante, guíanos.
La joven italo-japonesa sonrió.
—¡De acuerdo, jefa! —exclamó antes de adentrarse en el bosque y activar su sistema de camuflaje óptico.
Cinco minutos después, los demás la siguieron, dejando a Sora y a Ren al cuidado de los civiles.




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