La división fantasma

Ecos de la unión

01:25 AM. Asentamiento Lakota, Pine Ridge.
El silencio que siguió a la fuga de los Draconarii era pesado, cargado de humo, azufre y el inconfundible olor metálico de la sangre.
Los supervivientes que quedaban en pie o arrastrándose por el suelo miraban a la figura que acababa de salvarles la vida. Su armadura, de un negro mate e imponente, apenas reflejaba la escasa luz de los incendios que consumían las casas de madera. El desconocido se mantenía erguido en medio del barro, una mole de tecnología letal que acababa de atravesar el cráneo de un monstruo de tres metros sin un solo temblor en el pulso. Nadie se atrevía a respirar. Un hombre sostenía un hacha con manos temblorosas; otro, en el suelo, se presionaba el muñón ensangrentado donde minutos antes estaba su brazo derecho, ahogando los gemidos de dolor para no llamar la atención del recién llegado. Entre ellos, Ray yacía apoyado contra la rueda de un camión volcado con las piernas rotas extendidas en un ángulo que no era el suyo y la mirada fija en la figura de negro.
La figura no los atacó. En su lugar, alzó el brazo derecho y pulsó un comando en una pulsera integrada en su antebrazo.
En el cielo, la estilizada nave de la Unión que había permanecido flotando en un silencio gravitatorio perfecto comenzó a descender de manera controlada. El aire alrededor del módulo temblaba por la distorsión del campo de fuerza, haciendo ondear el polvo y la hierba seca. Cuando la nave aterrizó sobre el suelo congelado con un suspiro hidráulico casi imperceptible, una rampa de acceso se abrió en el lateral. La figura negra se giró y entró en el interior del navío.
Los pocos nativos se miraron entre sí, exhaustos. Lentamente, se fueron acercando paso a paso hacia la nave que emitía un suave fulgor azulado.
Apenas unos segundos después, la criatura descendió de nuevo por la rampa. Esta vez no llevaba la espada monofilar. Portaba entre sus manos una caja metálica de diseño compacto y se dirigió directamente hacia el grupo de heridos.
Al caminar, el diseño de la armadura dejaba ver por primera vez las proporciones de su anatomía: era una figura de complexión femenina, mucho más esbelta y pequeña de lo que su presencia en combate sugería.
La mujer de negro se detuvo frente al cazador que había perdido el brazo derecho. El hombre se llamaba Delmar, y llevaba veinte años cazando ciervos en esas mismas colinas con el brazo que acababa de perder. Se encogió contra la pared del camión, con el único brazo que le quedaba levantado a modo de escudo inútil, pero la figura simplemente abrió la caja. Con movimientos precisos y fríos, extrajo una especie de parches de tejido sintético traslúcido y los aplicó directamente sobre la carne viva y cauterizada del muñón.
Lo que ocurrió a continuación desafió cualquier lógica o medicina terrestre.
Delmar soltó un grito ahogado cuando los parches comenzaron a emitir destellos micro-celulares. Las fibras musculares, los vasos sanguíneos y las conexiones nerviosas empezaron a tejerse a una velocidad vertiginosa, extendiéndose en tiempo real ante los ojos de los testigos. Tejido, hueso y piel se regeneraron paso a paso hasta que el brazo quedó totalmente formado, intacto, como si jamás hubiera sido cercenado.
Los supervivientes dejaron escapar murmullos entrecortados. Alguien se persignó; otro cayó de rodillas. Delmar se quedó mirando su mano nueva sin moverla, como si moverla primero fuera a romper lo que acababa de pasar. Cuando por fin cerró el puño, lo abrió despacio otra vez, dedo por dedo, y se lo llevó al pecho, presionándolo contra el esternón un momento antes de dejarlo caer.
Sin decir una sola palabra, la figura de la Unión repitió el proceso con cada uno de los nativos que presentaban heridas abiertas, fracturas o quemaduras, estabilizando sus cuerpos en cuestión de segundos. Cuando llegó junto a Ray, colocó los parches sobre sus piernas destrozadas; él apretó la mandíbula y clavó los dedos en la tierra mientras el hueso volvía a encontrar su forma bajo la piel.
De pronto, un sollozo infantil rompió la atmósfera.
—¡Por favor! ¡Ayuden a mi abuela Kimimela, está herida! —gritó Wachiwi.
La niña de diez años acababa de salir temblando del hueco bajo el edificio social, llorando y señalando hacia la estructura derruida.
El ser de la armadura se giró hacia la pequeña. La guerrera llevó una mano a la base de su cuello y apretó un mecanismo en su casco. Con un leve siseo neumático, el casco protector comenzó a desaparecer de manera automática, replegándose y las placas de metal adaptativo dividiéndose hasta esconderse por completo dentro del cuello de la armadura.
Los supervivientes se quedaron sin aliento. Un jadeo colectivo recorrió la plaza.
Detrás del traje de combate capaz de descuartizar alienígenas no había un soldado veterano ni un monstruo intergaláctico. Era una niña de no más de once años, de rasgos faciales marcadamente coreanos, cabello oscuro y una mirada extrañamente sobria. Era Yeon.
Los adultos de la tribu se miraron entre sí. ¿Una niña? ¿Aquel demonio negro que había reducido a cenizas a un Draconarii era una niña? Delmar bajó la vista hacia su propio brazo, todavía sin apartar la mano del pecho, y luego volvió a mirar a la pequeña figura que lo había curado, como si las dos imágenes no terminaran de encajar en la misma cabeza.
Sin dar explicaciones, Yeon caminó a paso firme hacia el interior del edificio social. Vio a la anciana Kimimela tendida en el suelo sobre un charco de sangre, con la respiración agónica y el tórax aplastado. Yeon activó un dispositivo holográfico desde su muñeca que proyectó un haz de luz escáner sobre el cuerpo de la mujer. Un holograma azul analizó los daños internos en cuestión de milisegundos.
[DIAGNÓSTICO MÉDICO: ESTADO DE LA PACIENTE CRÍTICO. DAÑO MULTIORGÁNICO SEVERO. ES POSIBLE QUE LOS PARCHES CURATIVOS NO LA SALVEN.]
Yeon se quedó mirando el holograma más tiempo del que necesitaba para leerlo. Sus dedos, suspendidos sobre la interfaz, tardaron un segundo de más en moverse hacia los parches. Cuando por fin los sacó de la caja, sus manos —tan firmes segundos antes con Delmar— se movieron más despacio de lo estrictamente necesario, colocando cada parche con un cuidado que no tenía nada de clínico. Cerró la interfaz con un gesto seco, casi violento, como si quisiera borrar el número que acababa de leer.
Se giró lentamente y se acercó a Wachiwi, que la miraba con los ojos anegados en lágrimas. Yeon extendió su mano con armadura y la puso suavemente sobre el hombro de la niña.
—Tranquila —le dijo. Su voz brotó en un lakota perfecto, fluido y sin acento alguno—. Se recuperará.
Wachiwi la miró fijamente a los ojos. Yeon sostuvo la mirada sin parpadear, pero su mano se cerró sobre el hombro de la niña con más fuerza de la que un gesto de consuelo necesita, y la mantuvo así un instante antes de soltarla, como si necesitara sujetar algo antes de poder soltarlo.
En ese preciso instante, un pitido agudo y urgente resonó en la pulsera táctica de Yeon.
[ALERTA: VECTOR DE APROXIMACIÓN NO AUTORIZADO. TRAYECTORIA ATMOSFÉRICA LOCAL.]
Yeon alzó la vista hacia el cielo nocturno justo cuando la cobertura de nubes se abría. Una nueva nave de la Unión, más pequeña y ligera, rompió la barrera del sonido y comenzó a descender rápidamente sobre el asentamiento destruido.
La mandíbula de Yeon se tensó. Apretó el mando de su pulsera y abrió un canal de comunicación de alta frecuencia.
—Nave de la Unión —exclamó, perdiendo todo rastro de docilidad infantil—. ¡Identifíquese inmediatamente!
Pasaron varios segundos de un silencio tenso a través del canal de radio. La estática chisporroteó antes de que una voz joven y familiar respondiera al otro lado.
—Yeon... soy Izzy. Y la unidad Fantasma número 3.
Yeon se quedó inmóvil un segundo, la mano suspendida sobre el mando de su pulsera.
—¿Se puede saber qué demonios hacéis aquí? —espetó, apretando los puños mientras la armadura reaccionaba a su pulso acelerado—. ¡Volved a la base ahora mismo! ¡Es una orden directa!
Hubo un breve silencio en la frecuencia. Al otro lado, en la cabina de la nave, Izzy tenía la mano apoyada sobre el panel de mando sin llegar a tocarlo, esperando a que Mei hablara primero.
—Negativo —intervino la voz firme de Mei—. Estamos aquí para cazar a los lagartos.
—¡No estáis preparados! —Yeon elevó el tono, la voz quebrándose apenas en el filo de cada palabra—. ¡No sabéis a lo que os enfrentáis! ¡Volved a la base ahora!
—Vimos las lecturas de tu armadura hace diez minutos, Yeon —dijo Mei, más bajo—. Se dispararon y luego casi desaparecieron. Nadie nos iba a mandar a buscarte a tiempo.
Esta vez no hubo más respuesta que un silencio distinto al anterior, uno que Yeon no llenó con ninguna orden.
—Aterrizamos —fue la única e inapelable transmisión que llegó a la pantalla de interfaz.
La nave de la unidad Fantasma encendió sus retropropulsores y comenzó a posarse sobre la tierra ensangrentada de Pine Ridge, extendiendo sus patas de aterrizaje justo en medio del caos.




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