A quince kilómetros de distancia, en la órbita, Alex observaba con preocupación lo que estaba sucediendo abajo. Apretaba los dedos hasta clavarse las uñas y hacerse sangre. Una mezcla de fluido rojo y azul —lo único humano y lo otro, lo que nunca había sabido nombrar— brotaba de sus manos.
—Alex, Alex —le llamaba Viktor—. Alex, ¿estás bien?
No hubo respuesta. Simplemente desapareció del lado de Viktor, dejándolo solo, flotando junto a la Quimera.
—Grov, ¿estás ahí, amigo mío? —llamó Viktor.
—Adelante, Viktor —sonó la voz del Draconarii.
—Necesito que monitorees al resto de tus parientes. Su situación y hacia dónde se mueven.
—Tengo más de cien refugiados lakotas a mi cuidado; no puedo dejarlos solos.
—Yeon está herida de gravedad —soltó Viktor.
Un enorme silencio se apoderó de las comunicaciones.
—Grov, ¿estás ahí? Responde —le apremió Viktor.
—No está aquí —respondió la voz de un hombre.
—Identifíquese.
—Teniente MacLeod. El comandante Grov ha salido de la zona de seguridad y ha bajado a la Tierra.
El teniente pudo oír el suspiro de exasperación de Viktor a través del intercomunicador.
—¿Es que en esta maldita organización todo el mundo hace lo que le sale de las pelotas, o qué? —gritó Viktor, enfurecido—. Teniente, dirija los sensores de la Estrella Negra hacia la Tierra e infórmeme de la situación de los Draconarii.
—A sus órdenes, coronel.
Pasaron unos minutos de silencio.
—Ehh... Coronel...
—¿Y bien? Informe.
—Tenemos un problema.
—Explíquese, teniente.
—Señor... tenemos a sesenta Draconarii dirigiéndose a paso acelerado hacia la ciudad de Rapid City. A esa velocidad llegarán en menos de treinta minutos.
—Mierda —exclamó Viktor, llevándose la mano a la cara—. Alerta a nuestras fuerzas más cercanas en la zona...
—Señor —le interrumpió el teniente—, las fuerzas más cercanas son la División 03, el gran almirante Grov y usted. Espere... y la comandante Alara, pero ella está en Nueva York.
—De acuerdo —suspiró Viktor—. Alerta máxima. Que todas las fuerzas se movilicen y se dirijan a la Tierra, a Rapid City. Y avisa a Alara para que vaya lo más rápido posible a la zona. Vamos a tener un lío enorme.
—A sus órdenes.
***
En la reserva, Yeon y Mei habían sido llevadas con urgencia a la enfermería de la nave de la División 03. Sora mantenía estable a la niña de once años mientras revisaba el brazo amputado de Mei.
De pronto, los monitores comenzaron a pitar descontroladamente. Sora centró toda su atención en la pequeña. El cuchillo Draconarii había causado estragos y los intestinos se le salían por la herida abdominal.
—Mierda... no me hagas esto, Yeon. Por favor, quédate con nosotros —suplicó Sora.
Mei y Tariq miraban en silencio, con los puños cerrados.
—Sálvala, Sora —alcanzó a decir Mei con voz débil.
—¡Mierda, mierda! ¡Su corazón se ha parado!
Sora comenzó a despejar las vías respiratorias y a aplicar compresiones torácicas con desesperación. Inyectó una dosis de adrenalina directamente en la línea central y utilizó el desfibrilador. Una carga. Nada. Dos cargas. La línea en el monitor permaneció plana con un pitido continuo e inclemente. Sora se dejó caer hacia atrás, jadeando, con las manos temblorosas cubiertas de sangre.
—La hemos perdido... —susurró.
Mei ahogó un grito y rompió a llorar, ocultando el rostro. Tariq apretaba los puños, con la mandíbula tensa.
En ese preciso instante, la realidad comenzó a distorsionarse. El aire vibró con un chasquido magnético y Alex apareció en medio de la sala.
—Almirante... —dijo Sora con la voz quebrada—. No pude salvarla.
Alex no dijo nada. Se acercó en silencio al cuerpo inerte de su hija. Colocó su mano derecha sobre la frente de la niña y, de inmediato, la severa laceración de su estómago comenzó a cerrarse sola, tejiendo tejido y piel. Varios minutos después, Yeon dio una boqueada profunda y volvió a la vida.
Sora se abalanzó hacia los monitores y tomó su pulso. Las constantes vitales habían regresado a la normalidad por completo. Tariq cerró los ojos y murmuró algo en voz baja, un agradecimiento silencioso, mientras Mei observaba la escena petrificada.
Alex se giró hacia la camilla donde yacía Mei. Puso su mano sobre el tocón de su hombro y un brazo nuevo comenzó a regenerarse ante la vista de todos.
—Descansa, es una orden —le dijo Alex con suavidad.
Mei cerró los ojos, dispuesta a obedecer y procesar lo ocurrido, pero un grito ahogado de Sora le hizo abrirlos de nuevo.
En la entrada de la enfermería se erguía una imponente figura reptiloide. Era un Draconarii, y fijaba sus ojos amarillos en la pequeña Yeon. Luego, desplazó la mirada hacia Alex.
—¿Me los dejas? —preguntó la criatura.
—Todos tuyos —respondió Alex con frialdad.
El Draconarii dio media vuelta para salir.
—Grov —le detuvo Alex—. No te contengas con ellos.
El reptil esbozó en su rostro lo que parecía una mueca salvaje, similar a una sonrisa.
—No tengo piedad contra los que hacen daño a mi niña —exclamó, echando una última mirada a Yeon—. Van a sufrir. Y mucho.
Sin decir más, la bestia abandonó la nave hacia el exterior.