El metal frío de la nave crujía suavemente mientras la Fantasma 3 surcaba los cielos a toda velocidad en dirección a Rapid City. En el interior de la armería, el ambiente estaba cargado de una tensión casi tangible. Mei revisaba por tercera vez las placas de su armadura, ajustando los cierres del pecho y comprobando los niveles de energía de sus armas con dedos firmes pero inquietos.
Izzy se acercó despacio, apoyando una mano sobre el banco de armas.
—¿Seguro que estás bien? —buscó la mirada de su compañera—. Deberías haberte ido en la nave de Yeon. Nosotros nos ocupamos de esto.
—No —Mei alzó la cabeza, la determinación tensándole la mandíbula—. Tengo que hacerlo. He de cazar a esos malditos reptiles y hacerles pagar.
Guardó silencio un segundo y la dureza de su rostro se suavizó. Miró fijamente a Izzy.
—Gracias... Gracias por salvarme antes.
Izzy sonrió con calidez y le dio una palmadita en el hombro.
—No tienes nada que agradecer. Somos amigas, y las amigas hacen eso, ¿verdad?
Mei asintió, aceptando las palabras de su compañera con una ligera inclinación de cabeza. Dejó las manos quietas sobre el peto un momento antes de volver a hablar.
—¿Se sabe a dónde vamos?
—Alex ha ordenado que vayamos a Rapid City y creemos un sistema de seguridad para evitar la entrada de los draconarii a la ciudad —dijo Izzy—. Se han dividido en cuatro grupos: dos van directos a la ciudad, los otros dos a dos pueblos pequeños. Fairburn y Hermosa.
—¿Cuánta gente hay ahí?
—Poca. Por eso Grov se encarga de uno y la Estrella Negra del otro —Izzy borró la sonrisa y su expresión se endureció—. Pero debemos tener mucho cuidado con las unidades que vienen a Rapid City.
—¿Por?
—Llevan encima una ATM.
Mei la miró sin entender, deteniendo el ajuste de sus guanteletes.
—Una bomba de antimateria —explicó Izzy—. Si detona en la Tierra, nos podemos despedir de la vida.
Mei abrió la boca, a punto de replicar, pero la voz de Sora resonó con claridad por los altavoces de la armería:
—Chicas, deberíais venir al puente. Estamos llegando a la zona asignada.
—Activa la ocultación —ordenó Mei de inmediato al intercomunicador.
—No es necesaria.
—Explícate —Izzy frunció el ceño hacia el altavoz.
—Tenemos autorización del Gran Almirante para visibilidad total.
Silencio. Mei fue la primera en hablar.
—Eso es una locura. Nos van a ver llegar desde kilómetros.
—Esa es la idea —respondió Sora, sin más.
Izzy y Mei se miraron, y ninguna de las dos volvió a decir nada. Dejaron atrás la armería y avanzaron a paso firme por los pasillos metálicos de la nave, listas para lo que se avecinaba.
Los 86 habitantes de Fairburn se habían levantado tranquilos aquella mañana.
La SD-79 estaba muy transitada aquel 6 de noviembre de 1993. Numerosos coches se habían detenido para desayunar en la pequeña cafetería del pueblo. El deputy sheriff Ray Hart y su compañera, Louise Weiss, habían hecho lo mismo.
Poco después, a las 6:15, el flujo de clientes no dejaba de crecer. Un autobús con destino a las Black Hills se detuvo frente al establecimiento y sus 49 ocupantes bajaron para estirar las piernas.
Louise estaba comiéndose los últimos trozos de su tarta de manzana cuando comenzaron a producirse movimientos extraños en el exterior.
El pequeño Jamie entró corriendo en la cafetería y se dirigió directamente hacia la mesa de los dos agentes.
—Ray, Louise, tenéis que salir. Hay algo raro acercándose al pueblo.
Los dos agentes rieron.
—¿Otra de tus fantasías, Jamie?
—No. Esta vez es verdad. Algo se está acercando.
Louise fue a replicar al niño, pero no pudo.
Un hombre atravesó las ventanas de la cafetería y cayó violentamente sobre varias mesas. El cristal se hizo añicos y salpicó las tazas de café.
Un gran tumulto de gritos comenzó a extenderse por el exterior. Los dos agentes salieron rápidamente.
Lo que vieron los dejó paralizados.
Una criatura enorme, de aspecto reptiliano, estaba devorando a un hombre a mordiscos. Le arrancó los brazos y se los metió en la boca. Después introdujo la cabeza de su víctima entre sus enormes fauces y la arrancó de cuajo. El crujido resonó por encima de los gritos.
La sangre cubrió el suelo mientras la gente comenzaba a correr desesperadamente para salvarse.
Los agentes, aterrados, sacaron sus armas y comenzaron a disparar hasta vaciar los cargadores.
—¡No le hace nada! —gritó Louise.
El reptil fijó la mirada en ellos.
Se abalanzó velozmente sobre la mujer, pero Ray consiguió apartarla.
La criatura atravesó el pecho del agente y le sacó el corazón por la espalda.
—¡Ray! —gritó Louise.
El ser retrajo el brazo y el agente cayó al suelo, muerto.
Después llevó el corazón hasta su boca y se lo tragó sin siquiera masticarlo.
La criatura volvió a fijar la mirada en la agente, que permanecía tendida en el suelo.
Louise levantó lentamente la cabeza.
Estaba mirando algo situado detrás del reptil.
Catorce nuevas criaturas habían aparecido en la distancia y se acercaban rápidamente al pueblo.