La división fantasma

17

Escuchaba el sonido de las explosiones y de la lucha. Louise comenzó a abrir los ojos poco a poco mientras un dolor punzante le recorría la cabeza. Lo último que recordaba era a un ser enorme con garras y dientes afilados a punto de matarla.

Se apoyó sobre la puerta de la patrulla. No sabía cuánto tiempo había pasado. Miró su reloj: las 6:45. El ataque había comenzado a las seis y media; llevaba quince minutos inconsciente.

Miró a su alrededor e intentó ponerse de pie, pero una mano enorme cubierta de escamas la hizo caer de nuevo al suelo. Uno de los reptiles —tal vez el que estuvo a punto de matarla— yacía a su lado con la cabeza reventada y dos agujeros de quemadura en el cuerpo. Podía ver su cerebro y sus entrañas humeantes, como si algo abrasador hubiera penetrado en su cuerpo cauterizando las heridas al instante.

Los sonidos de las explosiones continuaban. Se recompuso y, sin tocar a la criatura, logró ponerse en pie. Lo que vio a continuación la dejó paralizada.

A unos sesenta metros se encontraba el autobús que había traído a los turistas. Acurrucados contra él estaban los habitantes del pueblo y los viajeros, intentando esconderse. Pero había algo extraño.

Junto a ellos había cinco soldados con un equipamiento inusual: armaduras avanzadas y armas desconocidas. Louise supo de inmediato que no eran soldados estadounidenses. En sus hombros lucían un parche con el dibujo de la Tierra y cuatro estrellas sobre el planeta. Agudizó la vista: los civiles estaban rodeados por una especie de escudo de energía azul.

Una explosión se produjo a escasos veinte metros, levantando una cortina de metralla, tierra y piedras. El escudo protegió tanto a los soldados como a los civiles.

De repente, el estruendo del combate resonó más cerca. Vio cómo uno de los reptiles salía volando por encima de su cabeza, estrellándose y reventándose contra la fachada de la cafetería.

Entonces sus ojos lo vieron: diez de esos monstruos peleaban a vida o muerte contra otro ser tres veces más grande que ellos. Y no se parecía a las demás criaturas: su fisonomía era la de un dragón.

Louise no podía apartar la vista, ni recordaba cómo respirar. Una de las criaturas cayó al suelo y el dragón, con una de sus patas delanteras, le pisó la cabeza hasta destrozarle el cráneo. Una sangre verde y oscura empapó el asfalto.

Otro de los reptiles intentó morderle el cuello, pero el ser redujo su tamaño y cayó al suelo junto a los otros ocho. Acto seguido, volvió a crecer. Por un instante, su silueta pareció casi humana. Este agarró a una de las criaturas por el cuello con sus garras y le abrió la boca hasta romperle la mandíbula. El ser cayó muerto y los demás retrocedieron.

Los contrincantes se miraban fijamente, esperando el siguiente movimiento. Ninguno avanzaba. De pronto, uno de los soldados que Louise creía alienígenas habló en un perfecto inglés:

—Comandante, ¿necesita ayuda?

El dragón miró de reojo hacia el autobús. Un escalofrío recorrió la espalda de los civiles.

—No hace falta. Estos asesinos son míos. Vosotros proteged a los civiles y no permitáis que sufran daño.

Uno de los reptiles se lanzó hacia el dragón, pero este desató un rayo —no de fuego como los dragones de las leyendas, sino de luz verde— que atravesó el cuerpo de la criatura.

Quedaban siete.

En ese momento, Louise vio en el rostro del dragón algo que la dejó helada: una expresión parecida a una sonrisa. *El muy hijo de puta lo está disfrutando.*

Con las manos temblando, abrió despacio y con cuidado la puerta delantera de la patrulla y se deslizó en el interior.

La calefacción de la central del condado de Custer llevaba encendida desde las cinco de la mañana, pero aun así hacía frío.

Marty estaba de turno. Marty Doyle, de cincuenta y dos años, era el dispatcher del condado desde antes de que Fairburn tuviera asfalto en las calles. Conocía a todos los deputies por la voz. Y conocía la voz de Louise Weiss mejor que nadie, porque era su sobrina.

A las 06:47, la radio crujió.

No fue una llamada normal. Fue un grito grabado con el botón de emisión apretado a medias:

—¡Central de Custer, aquí 304, 304! ¡Emergencia, emergencia!

Marty bajó de golpe los pies de la mesa. El 304 era el indicativo de Louise; el 305 era el de Ray Hart. Siempre patrullaban juntos los domingos por la Ruta 79 para desayunar en Fairburn. Era su tradición.

Marty pulsó el pedal del suelo y contestó con la voz automatizada por veinte años de oficio:

—Aquí Custer, te escucho, 304. Adelante con la emergencia.

Lo que vino después no tuvo ningún sentido.

—¡Estamos en Fairburn, en la cafetería de la 79! ¡Que vengan todos, que vengan ya! ¡Han matado a Ray, han matado a Ray! ¡No son personas, son bichos enormes! ¡Les hemos vaciado los cargadores y no les hace nada! ¡Hay muchos muertos!

En la oficina contigua, el ayudante del sheriff, Bill Kline, y la periodista local, Lucy Lane, levantaron la cabeza. El ayudante se quedó con un donut a medio camino de la boca.

Marty frunció el ceño y volvió a pulsar el botón.

—304, repite. No te copio bien. ¿Qué dices de Ray?

Louise, al otro lado, ya no sonaba como una policía. Era una chica de veintiséis años llorando, con la voz quebrada, entre estampidos de armas extrañas de fondo y gritos de pánico.

—¡Que lo han matado, joder! ¡Que le han arrancado el corazón delante de mí! ¡Esas cosas son enormes!

Bill y Lucy se levantaron y se acercaron a la emisora. Bill le hizo un gesto con las manos a Marty preguntando qué demonios pasaba.

Marty cubrió el micrófono con la mano.

—Es Louise. Dice que han matado a Ray —susurró—. Que son... bichos.

Bill puso los ojos en blanco y Lucy se tapó la boca. Eran las seis y cincuenta de la mañana de un sábado.

—Dile que se deje de bromas. Es demasiado temprano para Halloween.

Marty dudó. Ray y Louise eran muy amigos y solían gastar bromas por radio. Una vez, Ray radió que había detenido a un búfalo por exceso de velocidad y todo el condado se rió.




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