La división fantasma

18

La unidad 12 del Departamento de Policía de Rapid City patrullaba las calles del barrio residencial de Murphy Ranch. Era una mañana tranquila para los agentes Jayce Roberson y Brayan Juárez, pero eso iba a cambiar pronto.

Jayce frenó el coche en seco y el café de su compañero acabó sobre su camisa.

—Jayce... ¿qué coño haces? ¿Por qué frenas así? —preguntó Brayan, sacudiéndose la tela empapada.

—Lío a la vista —indicó Jayce, señalando con el dedo.

Una mujer mayor, de unos sesenta años, se acercaba a la patrulla haciéndoles señales desesperadas con las manos.

—Mierda, ¿esa es la señora Floyd? —Brayan miró a su compañero y le hizo un gesto para que arrancara.

—¿Y si es algo importante? —preguntó Jayce.

—¿Importante? Vamos, Jayce. ¿Quieres pasarte toda la mañana redactando informes porque unos gatos se comieron a su canario, como la semana pasada? Otro turno más escuchando sus historias y me pego un tiro. Arranca.

Jayce metió la marcha, pero antes de que pudiera acelerar, la señora Floyd ya había llegado a su ventana y empezó a golpear el cristal con las palmas.

Brayan suspiró.

—Hoy escuchas tú sus historias y yo me quedo en el coche durmiendo.

Jayce lo fulminó con la mirada y salió del vehículo.

—Señora Floyd, ¿en qué puedo ayudarla?

La mujer no habló; solo señaló al cielo con un dedo tembloroso. Jayce alzó la vista hacia donde apuntaba: un objeto se acercaba a la ciudad, creciendo a cada segundo.

—Brayan, sal —ordenó sin quitar los ojos del aire.

—¿Qué pasa?

—¡Que salgas, coño! —gritó Jayce.

Brayan abrió su puerta y salió de la patrulla. Miró hacia donde su compañero señalaba y se quedó helado.

El objeto medía unos veinte metros, lo justo para maniobrar entre las casas del vecindario. Era anguloso, de fuselaje gris oscuro, como una lanzadera blindada de transporte militar. Los propulsores laterales escupían una ráfaga de calor contra el suelo, y en la parte posterior se distinguía una compuerta reforzada, de las que se diseñan para desplegar tropas. Descendió despacio a su lado, ocupando casi toda la calzada, levantando polvo y una onda de aire que hizo temblar los cristales de las casas.

Por toda la calle de Murphy Ranch se abrieron puertas de golpe. Decenas de vecinos salieron a los porches en pijama, con el rugido de los motores retumbándoles en el pecho. Algunos niños rompieron a llorar mientras sus madres los arrastraban adentro; un hombre corrió al garaje y volvió con una videocámara VHS al hombro; otro apareció con una Réflex de carrete. Los gritos y murmullos rebotaban de porche en porche mientras la sombra del fuselaje cubría los tejados.

Jayce se metió de un salto en la patrulla y arrancó el micrófono del salpicadero. Presionó el botón lateral y habló por la frecuencia de emergencia con la voz entrecortada:

—¡Central, aquí Unidad 12! ¡Tenemos un código rojo en Murphy Ranch! Una nave no identificada está tomando tierra en mitad de la calle. Repito, ¡posible nave OVNI aterrizando, necesitamos refuerzos inmediatos!

Al otro lado, la voz del radiooperador sonó pausada, casi aburrida.

—Unidad 12, aquí Central. Eric al habla. Jayce, ¿están jugando otra vez con la frecuencia de emergencias? Si esto es una broma por lo de la bolera, les recuerdo que la línea está grabada.

—¡No es ninguna puta broma, Eric! —Jayce apretó el micrófono—. ¡Hay un OVNI aterrizando en mitad de la calle! ¡Ocupa toda la calzada! La gente del barrio está saliendo a los porches... Veo a varios vecinos con cámaras y videocámaras grabando desde sus ventanas. ¡Eric, esto es real, envía unidades ya!

Junto a Eric, en la mesa de control de la central, estaba la supervisora de turno, la sargento Sarah Miller. Escuchaba por el altavoz con una taza de café humeante en la mano. Negó con la cabeza y le hizo una seña a Eric para que cortara el tono de guasa.

—Pásame el micro —ordenó, tomando el control de la emisora—. Unidad 12, aquí la sargento Miller. Déjense de historias de platillos volantes, Roberson. Si tienen una emergencia real, enuncien el código correcto o despejen la línea.

De pronto, un grito ahogó el sonido de los motores a través de la radio.

—¡Mierda, Jayce! ¡La puerta trasera se está abriendo! —bramó Brayan desde fuera, golpeando el capó para llamar la atención de su compañero.

Jayce asomó la cabeza por la ventanilla. La pesada rampa hidráulica impactó contra el asfalto con un chasquido metálico y soltó una nube densa de vapor blanco. Entre la multitud alguien ahogó un grito y varios retrocedieron con la mano en la boca. De la nave comenzaron a marchar en formación unos veinticinco seres humanoides, cubiertos por trajes de combate de un material rígido e iridiscente. Empuñaban armas pesadas, angulosas, de diseño desconocido, que emitían un zumbido eléctrico de baja frecuencia.

—¡Jayce! ¡Diles a los de la central que vienen hacia nosotros! —Brayan desenfundó su revólver reglamentario con manos temblorosas.

—¡Miller! ¡Están saliendo! —chilló Jayce al micrófono—. ¡Veinticinco tíos armados con trajes raros! ¡Vienen directos hacia la patrulla! ¡Nos van a...!

En la central, la sargento Miller estuvo a punto de soltar una risotada y sancionar a ambos agentes por conducta impropia, pero antes de que pudiera responder, la primera línea telefónica del panel empezó a sonar.

Eric contestó:

—Policía de Rapid City, ¿cuál es su emergencia?

—¡Oigan! ¡Hay algo enorme aterrizado en Murphy Ranch! —gritó una voz al otro lado del hilo—. ¡Está tapando mi casa y hay hombres con armas saliendo de ahí!

Antes de que Eric pudiera asimilar la llamada, sonó una segunda llamada. Luego una tercera. En quince segundos, todas las luces de la centralita parpadeaban como un árbol de Navidad. Más de un centenar de llamadas de vecinos que decían exactamente lo mismo desde distintos puntos del barrio.

El aire de la sala se congeló. Eric miró a la sargento Miller con el auricular temblando en la mano.




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