Rapid City quedaba a minutos. Alera forzó los propulsores hasta el 110% y el aire se volvió un muro que le golpeaba el casco. Abajo, Dakota del Sur pasaba como una mancha verde y dorada bajo el sol de la mañana. Detrás, su estela de plasma torcía el paisaje.
Tenía prisa y no sabía aún por qué le pesaba tanto.
El visor se tiñó de rojo. Un pitido seco le taladró los oídos.
> ¡ALERTA! Sistema de adquisición de blancos enemigo fijado en su posición.
Vio el destello entre los árboles. Un rayo violeta, limpio, sin ruido. Después ya no tuvo hombro derecho.
El brazo se alejó girando, con la manga de la armadura aún cerrada sobre el puño. Alera gritó. El traje la soltó de golpe, y el cielo y la tierra cambiaron de sitio varias veces antes de que el bosque la alcanzara. De la herida salía su sangre blanca, espesa como aceite, que humeaba al tocar el aire. Se partieron ramas. La tierra le entró por todas las juntas del casco.
Cuando el mundo dejó de dar vueltas, estaba boca abajo en un cráter y todo el sistema nervioso le chispeaba. Hincó el codo izquierdo en el suelo. Se levantó. Caminó arrastrando las botas, dejando tras de sí una línea blanca sobre la hierba, hasta tirarse detrás de un roble que habría necesitado cuatro personas para rodearlo.
Apretó la mano contra el muñón. El fluido se le escurrió entre los dedos.
—Eros. Analiza la zona.
—Desplegando sonda de exploración —dijo la IA, con la calma de quien lee un parte meteorológico.
Una esfera del tamaño de una nuez salió del hombro sano y subió entre las copas, lanzando pulsos en todas direcciones. Alera contó. Cuatro segundos. Cinco.
—Sin firmas biológicas ni mecánicas en el perímetro.
—Entonces están ocultos. Busca camuflaje activo y carga de armas de energía.
—Reiniciando escaneo.
No llegó a terminarlo. El segundo disparo atravesó el follaje con precisión de bisturí, y arriba, entre las hojas, la sonda se convirtió en una bola de fuego diminuta que escupió chispas sobre el casco.
Alera pegó la espalda a la corteza y dejó de respirar. En el borde del visor, el indicador de batería perdía un dígito cada pocos segundos.
—¿Llegó algo antes de que la destruyeran?
—Tres blancos con camuflaje termo-óptico. Y la firma de los disparos coincide con el armamento reglamentario de la Unión.
Sus dedos se cerraron sobre el hombro hasta que el blanco rebosó entre ellos.
—Repite eso.
—Armamento de la Unión. El nuestro.
Asomó medio casco por un lado del roble. El bosque seguía quieto, y las hojas se movían bajo la luz de la mañana como si nada hubiera pasado. Quien disparaba sabía esconderse mejor de lo que ella sabía buscar.
Y no había pensado, hasta ese momento, que pudiera ser de los suyos.
—Llama a Grov.
—Enlace con el General Grov fallido. Todas las bandas de largo alcance están interferidas.
—Entonces, una sonda de emergencia.
—Una de respuesta rápida. Un solo mensaje.
—Graba. —Apretó la mandíbula hasta que le crujió—. Grov, soy Alera. Necesito ayuda ya. Me han tendido una trampa. Alguien de los nuestros me quiere muerta. Mi posición es 43°52'14" N, 103°12'08" O. Repito: 43°52'14" N...
—ALERTA. Acumulación energética masiva en tres puntos. Disparo inminente.
—¡Lánzala!
La sonda salió despedida hacia el cielo con la cámara abierta. Un instante después, tres haces cruzados barrieron la arboleda. Los árboles se deshicieron en luz. Donde había estado el roble quedó un hueco negro y humeante.
******
Desde la colina, Fairburn parecía un dibujo a medio borrar. Louise vio muros sin techo, un hidrante que escupía agua sobre el asfalto y columnas de humo que el viento doblaba hacia el este. La luz de media mañana lo mostraba todo, hasta lo que habría preferido no ver.
Dos naves flotaban sobre las ruinas, sin ruido. La pequeña era un óvalo liso, sin alas, con unas toberas orientables bajo el casco como único rastro de motor. La otra era una mole gris titanio, con insignias militares en los flancos y un nombre pintado en negro, en letras que se leían desde allí arriba: *Rayo Negro*.
De la pequeña bajó un solo hombre, que pisó la tierra quemada sin levantar polvo y fue derecho hacia el ser al que los supervivientes llamaban "el Dragón". De la grande se soltaron dos lanzaderas que apoyaron sus patas hidráulicas en la calle. Bajaron médicos con trajes de contención y se repartieron entre los heridos.
Louise bajó la ladera agachada y se pegó a un coche volcado. La chapa estaba tibia por el sol.
—Grov, ¿cuántas bajas? —preguntó el hombre.
Ella movió los labios sin sonido, repitiendo el nombre.
—En el momento del ataque había 145 personas en la zona —respondió el Dragón, con una voz que hacía temblar los cristales rotos—. Cincuenta muertos. Quedan 95 supervivientes, Viktor.
Cincuenta muertos en un pueblo de ochenta y seis vecinos. Entre ellos, su compañero de patrulla. La cuenta no cuadraba, y ella necesitaba que cuadrase.
—Veintiocho draconarii van hacia Rapid City —dijo Viktor—, pero hay unidades de defensa desplegadas. Otros quince se dirigen a Hermosa.
Un soldado cruzó la calle a paso ligero y saludó.
—Coronel. General. El *Rayo Negro* informa de que sus sensores detectan una columna de vehículos que se acerca desde Custer. Llegan en veinte minutos.
Louise soltó el aire que llevaba guardando desde el ataque. Eran los refuerzos que había pedido. Luego miró las alas plegadas del Dragón, las lanzaderas, las naves en el cielo, y pensó en el primer soldado local que doblara la esquina de la calle mayor.
Algo brilló en la carretera. Una esfera plateada, pulida como un espejo, avanzaba a ras del asfalto. Frenó sobre ellos y se posó en la garra del Dragón.
De la esfera brotó un haz azulado. En el aire apareció una mujer sin brazo derecho, con la armadura empapada de un fluido blanco.
—Grov, soy Alera. Necesito ayuda ya. Me han tendido una trampa. Alguien de los nuestros me quiere muerta. Mi posición es 43°52'14" N, 103°12'08" O. Repito: 43°52'14" N...